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Hijo, hija, no traten de parecerse a nosotros…

domingobazan

De vez en cuando, los adultos nos sentimos profundamente preocupados por el presente y el futuro de los jóvenes de hoy, nos inquieta de verdad el tipo de sociedad que les estamos dejando, nos desconcierta saber que nuestros esfuerzos como adultos, como padres, como pedagogos, pueden servir de poco o merecer el desprecio de las nuevas generaciones.

Si somos parte de esos adultos que desean lo mejor para sus hijos e hijas, probablemente compartamos que queremos jóvenes con autonomía para tomar sus propias decisiones, con libertad para explorar el mundo propio y el exterior, con alegría para saber sufrir y pararse una y otra vez, con inteligencia para aprender cada día más, con solidaridad para estar con los otros y construir futuro, con serenidad para hacer de las pausas el encuentro consigo mismo, en fin, todos aquellos valores que anhelamos idealmente heredar o incentivar en nuestros hijos. Pero, de tanto en tanto, nos baja la depresión de todo padre o madre que sospecha que las cosas no van por buen camino, un poco por lo que hacen las nuevas generaciones, pero sobre todo por lo que les dejamos.

En efecto, cuando estos sentimientos y estas reflexiones afloran recordamos lo que dicen los sociólogos y los psicólogos en términos de que, tarde o temprano, las nuevas generaciones asumen los mismos valores de los adultos, de la existencia de homogeneidad ética, social y política entre padres e hijos. Empero, este dato no basta para estar tranquilos, pues, de ser cierto, más preocupante se nos presenta el papel que estamos cumpliendo como adultos en la construcción del tipo de sociedad futura, encarnada en nuestros propios hijos e hijas. Claro, porque no es difícil apreciar que todo parece girar en torno a una sociedad individualista y asentada en la sospecha, basada en el negocio, la productividad y la eficiencia como criterios de calidad de las relaciones humanas. Entonces, si nuestros hijos nos cuestionan por un rato y luego se van a parecer a nosotros, hemos hecho mal la pega: la sociedad seguirá como está.

Aunque buena parte de la juventud y el mundo estudiantil actual nos ha dado ejemplos maravillosos de coherencia y energía revolucionaria, los adultos de hoy aún tenemos desesperanza. Cuarenta años transcurridos desde el año 1973 son un tiempo cronológico largo, pero un tiempo espiritual y moral todavía leve, agravado por la falta de arrepentimiento real y de justicia plena. Desde una cierta desesperanza adulta, pensamos:

a)    No deja de ser preocupante que los jóvenes de hoy no quieran casarse ni tener hijos. ¿Qué pasó que no hemos podido transmitirles la alegría de fundar una familia y de tener la responsabilidad ineludible de aportar nueva vida a la vida social?

b)   No deja de impresionarnos que las relaciones amorosas sean concebidas con criterios instrumentales y de compromiso fugaz. ¿Tan grande es el dolor de este país que dejamos de creer en el amor por el otro y del otro como el mayor sentimiento humano?

c)    No deja de llamar la atención que todavía uno de cada dos chilenos no entiende lo que lee, que los medios de comunicación se basen en contenidos breves, gruesos y superficiales, tales como periódicos de distribución gratuita o parte de las llamadas redes sociales. ¿En qué momento dejamos de conversar frente/con nuestros hijos a propósito de nosotros, de ellos, de leer la realidad social y política que nos rodea?

d)    No deja de ser alarmante tampoco que la mayor parte de los nuevos edificios ofrezcan departamentos unipersonales o que los conjuntos habitacionales más deseados se ubiquen fuera de Santiago y custodiados por rejas y guardias. ¿En qué parte del camino empezamos a sospechar de los otros y preferimos el aislamiento y la soledad?

e)    Nos preocupa también que los motivos para seguir una carrera profesional sean sólo trabajar, ganar dinero, comprarse un auto, viajar, invertir o emprender en buenos negocios. ¿Qué nos pasó que dejamos de darle un sentido solidario, ético y dignificante al trabajo?

f)     No deja de amargarnos el hecho de que muchos jóvenes son indiferentes a los problemas sociales, a la pobreza, a la marginalidad, a la opresión de las clases dominantes. ¿Tan profunda fue la marca opresora del gobierno cívico-militar que nos volvió pasivos, temerosos y resignados delante de nuestros propios hijos e hijas?

Si los jóvenes nos van imitar en la mediocridad que les heredamos, no me gusta, prefiero que nuestros hijos e hijas nos sigan cuestionando, más allá del afecto y respeto que espero mantengan, les pido que sigan sus propios pasos, que crean en lo que creen, que confíen en sus intuiciones de que una sociedad más justa y más alegre sí se puede construir, una sociedad en la que el trabajo es un medio y no un fin, una sociedad en la que reír y disfrutar son derechos humanos, una sociedad tan profundamente tolerante, inclusiva y liberadora en la que nadie sobra y todos hacen falta.

Prefiero que nuestros hijos e hijas se propongan ir más allá y vivan cotidianamente relaciones solidarias y coexistenciales, es decir, en y para los otros, desde el otro y hasta el otro, ese otro que tiene un rostro que al mirarlo a los ojos impide el abuso, la indiferencia, la violencia. Ese otro que grita porque nunca más haya odios ni atropello a los derechos humanos. Ese otro que la historia puso al frente –en la otra vereda- pero que el futuro pondrá del lado nuestro, aunque pensemos distinto.

Prefiero que nuestros hijos e hijas sean todo lo revolucionario que nosotros no fuimos o dejamos de ser, que mantengan la lucidez y la energía para cuestionar(nos) siempre. Porque los amamos profundamente, porque queremos un nuevo Chile para nuestros nietos, porque creemos que todavía es posible, hijo, hija, no traten de parecerse a nosotros…

Por Domingo Bazán Campos

Pedagogo, Universidad Academia de Humanismo Cristiano

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