Izquierda revuelta

La genuina lucha de izquierda debe trastocar los códigos, cánones, estándares y parámetros morales que dan sentido al conglomerado social

Por Jorge Reyes Negrete

18/07/2023

Publicado en

Columnas / México / Puebla

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La génesis histórica de las ideologías políticas modernas se da en los albores de la revolución francesa, donde los simpatizantes (sí, en masculino, pues eran los únicos legitimados para la incursión público-política) del régimen monárquico, que se caracterizaba por la conservación del status quo estatal y los privilegios que de éste emanaban, se instalaban a la derecha del agora; al tiempo que en la izquierda se asentaban los revolucionarios, que pretendían reformar el sistema existente.

Político-cultural, por un lado, y económica, por otro, son las dimensiones básicas de aproximación en torno a la izquierda y la derecha políticas.

En términos político-culturales la izquierda se asume disruptiva, disidente y discrepante, lo que la dispone, por antonomasia, como creativa, innovadora y, sobre todo, dinámica.

En contraposición, la derecha como prosélita del conservadurismo se auto-retrata como estática y experta en la gestión social perezosa y pasiva. Sus únicos momentos activos se dan cuando la izquierda les perturba los intereses políticos, sociales, culturales y económicos.

La genuina lucha de izquierda -en clave político/cultural-, debe trastocar los códigos, cánones, estándares y parámetros morales que dan sentido individual/comunitario al conglomerado social.

La disputa por el reconocimiento y eficacia de los derechos de las mujeres, mediante el empuje feminista; la contienda sobre los derechos de los seres sintientes; la batalla al seno del pluralismo jurídico para instaurar un auténtico derecho a la autodeterminación de las comunidades indígenas, así como el tránsito para lograr el enfoque social de comprensión y asunción de la discapacidad son referentes empíricos -casi universales- de lo que la izquierda ha encauzado como sus logros.

Las causas de la comunidad LGTBIQ+, precisamente se anidan en las disposiciones de izquierda, puesto que resultan, por derivación natural, discrepantes ante las normalizaciones sociales; sobre todo de aquellas que se gestan y enuncian desde el argumento natural-biologicista, a la sazón de: “la identidad y orientación sexual en divergencia con el sexo biológico es anti-natura”.

Un argumento denostado, desde la crítica y con algunos bemoles, por las colectivas feministas. Pues asumir que el biologicismo es determinante en cuanto a los roles sociales, resulta una narrativa estratégica de subyugación patriarcal.

Falta de respeto a las instituciones son la pinta de bardas a edificios públicos por parte de las colectivas feministas ¡gritando justicia!, alega el puritanismo conservador; misma expresión que formula -este puritanismo- al ver a Ociel Baena, el magistrade y a Betuky Camacho en la máxima tribuna legislativa del Congreso estatal poblano, arguyendo la diversidad como la pluralidad de las manifestaciones culturales.

Edificios e instituciones públicas vejadas, eso dicen e intentan argumentar. Humillación a los poblanos, dicen e intentan argumentar, con mayor agudeza ante el último escenario planteado, el de Ociel y Betuki.

Recodemos que no existe algo más peligroso como la engañosa y tramposa inmovilidad de una estatua, dice mi amiga Celeste; su anquilosamiento es dinámico en cuanto al derrame de significados y significaciones. Así con las instituciones gubernamentales, su edificación material está llena de significados y significaciones, y éstas deben verse subversivamente reformadas cuando son marginadoras, clasistas, racistas, sexistas y especistas.

La deshonra de los espacios públicos, como la Tribuna del Congreso, no se da por la exigibilidad, poco ortodoxa para el conservadurismo, de tener espacios diversos y plurales; sino cuando las y los representantes democráticos que allí laboran carecen, por decir lo menos, de capacidades cognitivas y de abstracción para mantener un debate legislativo de nivel, cuando menos, promedio.

¿Qué hace escandalosa la reivindicación simbólica de la diversidad, como izquierda política profunda?, la insuficiencia discursiva por parte de la derecha, para contener su desarrollo, pues escapa de sus gramáticas discursivas de resistencia.

¿Qué convierte en locura la lucha por la diversidad y sus distintas formas y vías de llevarla a cabo, ante los ojos de quiénes se asumen de izquierda?, su inconciencia respecto a la reproductibilidad propia de las categorías conservadoras de derecha, que se oponen al progresismo.   

La posmodernidad, si se me permite la simplificación del vocablo, trae consigo un nuevo paradigma, que puede, potencialmente, volverse dogma: el excesivo relativismo. La legitimidad del orden justificó por muchos años el sometimiento ideológico y pragmático de la sociedad; la legitimidad, ahora, se barniza con otras categorías. Comprenderlas y gestionarlas constructivamente será la labor del pensamiento y la política.

Por Jorge Reyes Negrete

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