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La columna de Krúpskaya: El jeep de Martín


Un conductor atropella al atardecer a una persona que camina por la orilla de un camino. El conductor, un joven de poco más de veinte años, detiene el vehículo, desciende junto a sus acompañantes y se acercan a la víctima del atropello. Tendido en el suelo, medio inconciente, evidentemente herido y en mal estado, la víctima necesita ayuda, necesita que lo atiendan, que llamen a una ambulancia, que lo lleven a un centro de salud. Los acompañantes le dicen al conductor que se vaya, que no se meta en líos, que si se queda pondrá en problemas a su padre. En ese momento, la situación del herido que permanece semi inconciente pasa a segundo plano; lo importante no es lo que le pasa al herido sino lo que podría pasarle al conductor y a su padre. Así que vuelve a subir a su vehículo -un jeep deportivo, un vehículo especial para transitar por caminos rurales- y se aleja. Dicen que dos o tres de los acompañantes se quedan junto al atropellado, quien poco tiempo después muere como consecuencia de las heridas causadas por el jeep que lo arrolló.

Son los días de las fiestas patrias. El conductor del jeep y sus amigos se reúnen horas después como si no hubiera pasado nada. Y celebran, que a eso fueron a una casa en la costa. Beben, ríen, tal vez recuerdan el accidente y celebran las fiestas patrias. Porque son días de fiesta y esta es la patria. Desde que fueron niños les enseñaron y les dieron el ejemplo, y por eso aprendieron que hay cosas que no todos pueden hacer pero ellos sí; que la mayoría no puede pero ellos, unos pocos, siempre unos pocos, sí pueden. Es la patria clasista. La patria de la minoría que hace las leyes para controlar a la mayoría, que crea instituciones para organizar la sociedad que dominan, que crea y fortalece fuerzas policiales y armadas para obligar a la mayoría a respetar el orden que se ha impuesto; orden que permite y facilita que los que pueden, esos que tienen el poder, hagan lo que quieran.

Al día siguiente de los hechos narrados, el joven vuelve a circular en su jeep por los caminos de la zona del atropello. Es detenido en un control policial y resulta que el responsable de la muerte de un ciudadano como tantos, que nadie conocía hasta entonces, integrante de una familia como tantas, una familia de esas que son parte de la mayoría que no puede, que no tiene el poder; resulta que el responsable de esa muerte es nada menos que el hijo de un empresario de muchos millones de dólares, con hacienda en la Patagonia y negocios varios. Resulta que es el hijo del presidente de uno de los partidos políticos de Gobierno, el partido del Presidente de la República sin ir más lejos. Entonces, el padre del joven del jeep que atropelló y dio muerte a un chileno que a esa hora es llorado por su familia que pide en voz bajita por favor justicia; el padre del joven que huyó del lugar para no perderse las celebraciones de las fiestas patrias y porque el atropellado era un nadie que no le importaría a nadie; ese padre presidente de un partido político pide por la televisión que lo entrevista que, por favor, no se ensañen con su hijo. Hay un chileno atropellado y muerto, y una familia que no sabe qué hacer porque no puede hacer mucho, y ese padre pide que no se ensañen con su hijo.

Es la patria. La patria clasista. La patria falsa. La patria mentirosa, en la que hasta el propio hermano del Presidente de la República mueve y consume cocaína mientras la policía creada por los poderosos para obligar a la mayoría a respetar sus leyes, realiza operativos a toda pantalla en barrios populares. La patria impostora por la que beben hasta la inconciencia y manejan sus autos último modelo a toda velocidad atropellando y dando muerte a lo que osen cruzarse en su camino.

La patria de los poderosos que no solo hacen sus leyes y crean sus fuerzas coercitivas, sino que disponen de medios de comunicación y periodistas que no son otra cosa que voceros del clasismo y del abuso. Al hijo del presidente del partido de gobierno no lo acosan los micrófonos y las cámaras; los matinales de la televisión no hacen recreaciones del atropello, no cuentan la vida del joven conductor que huyó del lugar del accidente, no hacen reportajes sobre las fiestas de los hijos de los poderosos y sus consecuencias. Los medios de prensa y sus periodistas ignoran, reducen, silencian, no se ensañan, como pidió el hacendado de la Patagonia. Porque los medios y sus periodistas reproducen la perversa normalidad del clasismo, la indigna legitimidad de la desigualdad.

Imagínense por unos minutos que todo hubiera sido al revés; que el chileno atropellado y muerto por el hijo del político hacendado hubiera sido quien conducía un vehículo y hubiera atropellado al hijo del empresario político, y le hubiese causado la muerte y hubiese huido del lugar. Imagínenselo. Todo el ensañamiento de los medios, de la policía, de los periodistas, de los políticos, del Presidente de la República, hasta del hermano del Presidente de la República, y de los colegas senadores y de los amigos empresarios, y de los fiscales. Hasta de la Iglesia.

Pobre patria que haces fiestas y celebras. Patria clasista que se reproduce todos los días.

Por Krúpskaya

El Ciudadano

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