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Columna de opinión

La jubilación con júbilo nunca llegó

Por Nicolás Núñez

Ha inundado el silencio, de la espera del sepelio, la totalidad de la casa, sólo se escucha el lamento metálico y altisonante del artefacto que hace artificiosa la inhalación y la exhalación del ejercicio natural de la respiración, minutos antes de que la luz del alba seduzca al desalojo a los esperpentos de la muerte, ésta se va… con su andrajoso vestido de azufre intenso, con las mangas de cenefas a crochet, ha sido una larga velada, de conversación, de noche de ronda, de complicidad, la calva sabia y melindrosa se va y la “Mami Teo” le ha ganado otra velada a la muerte…  

Tiene 85 años de edad, los recuerdos de por allá cuando empezó a trabajar como ayudante de cocina en un colegio de San Fernando, le son más cálidos que los falsos rayos de luz del sol de julio. Los niños corriendo, sus sonrisas amplias, las manos en las bandejas color beige estiradas a la altura del pecho pidiendo más comida, el ritual cómplice, fecundo y eterno de alimentar a los retoños de la sociedad. Varios han partido con la angustia de la espera que vive día a día, Rosamel Morales, Fresia Nilo y su amiga Georgina Donoso.

Recuerda en sus manos retorcidas y enmarañadas, la saeta del primer dolor de la vejez, ese que ataca ahí en la coyuntura de los huesos, el cucharón teñido de estaño cada vez más pesado, el rechinar de las bisagras de la espalda, de las caderas, de las rodillas inefables al momento de predecir la lluvia… la Mami Teo… ya era más bien la vieja Teo…era momento de jubilarse, de colgar los guantes, los cucharones, de tirar la esponja.

La jubilación con júbilo nunca llegó. Fueron los años de espera los que terminaron por llenarle de surcos y estrías, las comisuras de los ojos y de los labios. Fueron los años de espera los que le aportillaron los sacos de aire del pecho. Fueron los años de espera y de gravitante pesadez corpórea, el esfuerzo de arrastrar con dignidad todos los días su pila de huesos rechinantes y doloridos HASTA LA CORPORACIÓN MUNICIPAL DE SAN FERNANDO a “consultar” primero, a “exigir”, después y a “pedir” al final, su bono de incentivo de retiro que llegó en el primer decenio de éste milenio. Llegó, pero nunca a sus manos, nunca llegó al anhelado alivio de sus pulmones. Llegó a los bolsillos de los corruptos, llegó a la cuenta de algún ser retorcido como las manos de la Mami Teo. Los fondos de apoyo para la educación pública y la subvención escolar preferencial, desaparecieron debajo de algún colchón mágico y desconocido aún buscado por la Contraloría, el Consejo de Defensa del Estado y la Fiscalía. Pero aún le queda la posibilidad de desplazar su vejez errante hasta su caja de compensación y pedir un crédito, para eso la Corporación Municipal de San Fernando le ha descontado mes a mes y por años, las cuotas respectivas, está al día, la necesidad del oxígeno es implacable y una buena razón para “encalillarse”.

El hombre del mesón, con desasosiego incómodo, le cuenta que efectivamente sus cuotas fueron descontadas mes a mes, pero su empleador nunca pagó dichas cuotas a la Caja de Compensación. Se esfuma su posibilidad crediticia y con ella los remedios para su fibrosis pulmonar.  El administrador de finanzas, de la máquina de defraudar en que se convirtió la Corporación Municipal, reclina su asiento, ordena un whisky seco, como los mafiosos de antaño. No se sienten las turbinas, ni los remordimientos en primera clase a diez mil pies de altura. Nadie sabe que está ahí en ese momento, nadie sabe dónde arribará, quizás a alguna costa suprimida de conciencia. Ha dejado hijos y familia atrás, en el olvido, en la orilla de un desierto vacío, abandonados al escrutinio de la deshonra pública.

En la casa de Juan Soto, grasa de cerdo líquida rueda por la mejilla regordeta de la cara del Alcalde, esa mejilla que su religión le enseñó a poner para recibir con humildad la bofetada de la verdad, pero el Alcalde ya se ha olvidado de su religión, ha instrumentalizado el libro sagrado, con aguzada herejía, ha convertido salmos en populismo político. Le han dado ostentosidad, ha renunciado a la austeridad de la palabra de Jesús. En la misma hora antes de rayar el alba, diversos animales muertos rechinan y chispean al carbón, los destellos de la carne y sus quejidos son fiel reflejo del infierno que les espera, los comensales embriagados con vino, jamás convertido desde el agua, a carcajadas cuentan, cual lazarillo astuto, las artimañas utilizadas para defraudar al pueblo, todos sobre la bestia púrpura bailando rebosantes de opulencia, condenados uno a uno por las mismas escrituras, si, por que según su libro sagrado y convertido en sacrilegio, no hay lugar para falsos profetas y es el propio Judas antes de yacer colgante pero asumido de responsabilidad el que dijo: “Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas. Sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda, y su perdición no se duerme”.

«No dejes que tu mano izquierda sepa lo que hace la derecha». San Mateo trata de recordarle al Alcalde, pero su mano izquierda, nauseabunda de pecado, empuña fajos de dinero y los traslada a sus arcas, dinero de los profesores, de los asistentes de la educación, de los estudiantes, de los enfermos, de los postrados, de los leprosos, de los arrepentidos… y la mano entra negra al bolsillo sin arrepentimiento alguno. Su mano derecha, la que lava su cara de inmundicia, brinda con la copa de vino en su mano izquierda y en su mano derecha las riendas de la bestia púrpura, es el encargado de hacer que nada se sepa, de desviar los arcos, las ballestas y las lanzas de la opinión pública informada, es el encargado de la propaganda del Reich, Joseph Goebbels, sabe que todo es imagen, toma los trapos sucios, los pasa por la lavandería de al lado del museo y saca los paños blancos y pulcros para encandilar al voto fácil, inocuo, desinformado. 

Joseph sabe que las paupérrimas jubilaciones de los más seniles son el caldo de cultivo perfecto para el proselitismo político, una mansarda votante en bloque dispuesta a ser acribillada en público para el deleite de las masas, ellos son los seguidores del falso profeta. 

Mientras tanto, en la misma cuadra de la ciudad, al cantar de los gorriones vespertinos de la plaza de San Fernando, la Mami Teo impaciente ve cómo se va otro tanque de oxígeno, el júbilo de su jubilación se fue a financiar las monturas y los aperos de los cuatro jinetes, el sueldo de Goebbels, el carruaje mortuorio. La muerte andrajosa con su vestido de azufre y su mortaja a crochet tejida al lado del tanque de oxígeno… pasea serena y confiada, esperando a los falsos profetas y todos los que embriagados de opulencia bailan sobre la bestia.

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