Por Leopoldo Lavín Mujica
La victoria del 6 de septiembre de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) en Sajonia-Anhalt, con alrededor del 44% de los votos, no es un accidente regional: expresa una crisis profunda del sistema político alemán.
El derrumbe de la CDU (la Democracia Cristiana alemana), que cae hasta cerca del 18%, revela el agotamiento de la derecha tradicional frente a una ultraderecha que ha conseguido apropiarse del descontento social.
Pero existe otro responsable que no puede ser omitido: el fracaso de las socialdemocracias europeas para producir cambios capaces de mejorar sustancialmente la vida de las mayorías. Cuando la política progresista deja de ofrecer horizonte, el malestar queda disponible para sus adversarios.
Alemania arrastra problemas económicos y sociales que han erosionado la confianza en sus instituciones: débil crecimiento, dificultades de la industria, presión sobre los hogares, problemas de vivienda, deterioro de infraestructuras y sensación de inseguridad.
A ello se suma la guerra de Ucrania, frente a la cual los gobiernos de Scholz y Merz han adoptado una posición claramente pro-Ucrania y de confrontación con Rusia, acompañada de un fuerte aumento del gasto militar.
Para sectores de la población, la cuestión es legítima: ¿cómo gastar tanto en defensa y en apoyo a Ucrania con las necesidades sociales acumuladas dentro de Alemania?
La AfD ha sabido convertir ese serio problema en munición electoral. Mientras el establishment alemán sostiene que apoyar a Ucrania y reforzar la defensa europea es indispensable frente a Vladimir Putin, la ultraderecha propone exactamente lo contrario: terminar con las sanciones, restablecer relaciones con Moscú, recuperar los vínculos energéticos con Rusia y detener la ayuda militar a Kiev.
La guerra se transforma así en un símbolo del fracaso de las élites, aunque la AfD aproveche ese malestar para imponer simultáneamente su agenda nacionalista, antiinmigración, antieuropea y socialmente ultraconservadora.
Pero reducir el fenómeno a los efectos de la guerra Rusia/Ucrania sería igualmente un error. La AfD prospera sobre un malestar mucho más profundo: salarios, vivienda, inseguridad, transformación industrial, políticas climáticas y pérdida de expectativas de futuro. Y ese malestar existe porque durante años las fuerzas de centroizquierda administraron el sistema sin modificar suficientemente sus estructuras.
La socialdemocracia europea aceptó demasiadas veces los límites impuestos por el neoliberalismo y terminó hablando el lenguaje de la gestión cuando sus electores reclamaban redistribución, protección social y poder para el trabajo. El vacío dejado por esa renuncia está siendo ocupado por la extrema derecha.
Sajonia-Anhalt muestra así una incapacidad política enorme: las fuerzas democráticas pueden levantar un Brandmauer (un cinturón sanitario) contra la AfD —y los demonios fascistas— pero no pueden levantar un muro contra las causas sociales del descontento.
Si los partidos tradicionales se limitan a decir que las ultraderechas son peligrosas, sin ofrecer soluciones ni un proyecto convincente a quienes sienten que han perdido seguridad material y perspectivas de futuro, la advertencia democrática pierde eficacia.
La izquierda debe comprender que combatir la xenofobia exige también combatir las condiciones sociales que permiten convertir al inmigrante en chivo expiatorio. Sin olvidar que las derechas y las oligarquías empresariales pueden sentirse atraídas a gobernar con las ultraderechas en nombre de más orden, seguridad y garantías al capital como ocurrió en la Alemania nazi en 1932.
El terremoto alemán tendrá repercusiones europeas. Francia aparece como uno de los próximos grandes escenarios, con Marine Le Pen y Jordan Bardella disputando el poder presidencial y una derecha radical que también explota el malestar económico, la inmigración y el rechazo a las élites.
Mientras que en otros países europeos avanzan partidos nacionalistas y xenófobos, la victoria de la AfD les entrega un argumento poderoso: incluso en Alemania, el país marcado históricamente por el rechazo al fascismo, la extrema derecha puede acercarse a la mayoría.
El fenómeno posee además una dimensión internacional. Elon Musk ha respaldado abiertamente a la AfD y ha utilizado su plataforma para amplificar sus posiciones; Peter Thiel forma parte del ecosistema intelectual y financiero de la nueva derecha estadounidense. Esta circulación de dinero, tecnología, redes digitales e ideas muestra que las ultraderechas ya no actúan como fenómenos nacionales aislados: comparten estrategias, enemigos y repertorios políticos.
Frente a ello, la crispación creciente de las izquierdas europeas no basta. Necesitan reconstruir una política de mayorías que una la defensa inequívoca de la democracia con igualdad social, salarios dignos, servicios públicos y seguridad económica.
La lección final de Sajonia-Anhalt es, por tanto, doble. La Brandmauer sigue siendo indispensable para impedir que una fuerza autoritaria y xenófoba transforme su éxito electoral en poder institucional; pero tampoco puede convertirse en sustituto de una política transformadora.
La responsabilidad del avance ultraderechista no recae exclusivamente sobre quienes votan por ella: también interpela a unas élites políticas incapaces de responder a la crisis social y a unas socialdemocracias que en los años que abandonaron demasiado pronto la ambición de cambiar las condiciones de vida de las mayorías.
La extrema derecha crece allí donde el miedo encuentra un vacío de esperanza; y ese vacío Europa no podrá llenarlo solo con cordones sanitarios antifascistas, sino con democracia social.
Leopoldo Lavín Mujica
Foto Portada: John MacDougall / AFP
