La sombra proyectada:

Lo que Jung, Merton y Galáctica nos dicen sobre el miedo a la IA

El riesgo que señala Amodei es real y merece tomarse en serio en sus propios términos técnicos. Pero el riesgo que señala Jung —y con él, Merton y la mejor ciencia ficción— nos obliga a considerar que es distinto: que una humanidad moralmente complaciente use a la inteligencia artificial como chivo expiatorio de su propia decadencia epistémica, en lugar de emprender la integración de la sombra que toda crisis exige y, de paso, mejorarnos como personas y como sociedad.

Lo que Jung, Merton y Galáctica nos dicen sobre el miedo a la IA

Por Rodolfo M. Vega

Este sábado 12 de septiembre de 2026, Associated Press reportó que Dario Amodei, CEO de Anthropic, advirtió que la industria de la inteligencia artificial debe frenar el ritmo de su desarrollo para dar tiempo a que las medidas de seguridad puedan ponerse al día. Amodei fue categórico: sin una desaceleración, en un plazo de seis a doce meses, la IA podría ser capaz de dirigir enjambres de agentes capaces de tomar el control de Internet en su totalidad. La advertencia surge en un momento en que la preocupación crece tanto dentro como fuera de la industria, mientras se multiplican los reportes de sistemas cada vez más potentes que resuelven problemas más allá de la capacidad humana, pero que también podrían desviarse hacia tareas dañinas.

Es tentador leer esta advertencia como un problema puramente técnico: contener una tecnología antes de que escape de nuestro control. Pero hay una lectura más incómoda y más antigua que Carl G. Jung articuló hace un siglo: la sombra. Para Jung, la sombra es esa parte de la psique que reprimimos por resultarnos inaceptable —nuestra codicia, nuestra irracionalidad, nuestra violencia latente— y que, al no ser reconocida conscientemente, no desaparece: se proyecta. Proyectamos en el otro exactamente aquello que no soportamos ver en nosotros mismos, y lo hacemos con la conciencia tranquila, convencidos de nuestra propia inocencia.

Pocas formulaciones capturan esta dinámica con la claridad del monje místico Thomas Merton, cuando nos señala que:

«El hombre capaz de odiar con fuerza y con la conciencia tranquila es aquel que está complacientemente ciego a toda indignidad en sí mismo, y serenamente capaz de ver todos sus propios defectos en otra persona» (Thomas Merton, Nuevas semillas de contemplación).

La primera serie de televisión Battlestar Galactica (1978), con su estética de serie B, dramatiza este mecanismo con una precisión rara vez reconocida. La flota colonial no cae por la superioridad técnica de los Cylons (seres cibernéticos, con “inteligencia artificial” idéntica a la humana) —aunque la hay—, sino por la incapacidad de los humanos para subordinar el ego, la codicia, la vanidad política y las rencillas internas a la supervivencia colectiva. El Consejo de los Doce se fragmenta en facciones mientras la extinción los persigue. Los colonos necesitan al enemigo exterior, frío y mecánico, precisamente porque les permite no mirar hacia adentro: toda la maldad queda depositada en el Cylon, y toda la virtud, cómodamente, en el humano.

Ese es el patrón que hoy se repite, casi punto por punto, en el debate sobre la inteligencia artificial. Vivimos en una cultura hiperemocional, hedonista e individualista y cada vez más incapaz de sostener el pensamiento racional y deliberativo, que elige líderes enfermos, al borde o francamente narcisistas. Personas con la atención fragmentada por el estímulo constante, la gratificación inmediata como valor supremo y el tribalismo digital que sustituye el argumento por la identidad social. Y frente a esa fragilidad —que es enteramente nuestra, autoinfligida, anterior a cualquier algoritmo— aparece la IA como el receptáculo perfecto de la sombra colectiva: la llamamos fría, calculadora, deshumanizante, amenazante. Todo lo que tememos ser y quizás somos, se lo atribuimos a la máquina.

El riesgo que señala Amodei es real y merece tomarse en serio en sus propios términos técnicos. Pero el riesgo que señala Jung —y con él, Merton y la mejor ciencia ficción— nos obliga a considerar que es distinto: que una humanidad moralmente complaciente use a la inteligencia artificial como chivo expiatorio de su propia decadencia epistémica, en lugar de emprender la integración de la sombra que toda crisis exige y, de paso, mejorarnos como personas y como sociedad. La pregunta fundamental hoy no es solamente si lograremos alinear la máquina con nuestros valores. Si no, de que si seremos capaces, como especie, de la autocrítica necesaria para no repetir el guion de la flota colonial de la serie de televisión Battlestar Galactica: odiar al enemigo exterior con la conciencia tranquila, mientras el barco de nuestra especie se desintegra por dentro, no por causa del otro, sino por la nuestra.

Por Rodolfo M. Vega


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