Por Matías Bosch Carcuro (nieto de Juan Bosch)
Era el año 2009. En una entrevista con Victoria Dávila, Hugo Chávez respondía a la pregunta de si estaba ‘paranoico’ con Estados Unidos.
Decía Chávez: «La razón de mayor peso de que Estados Unidos quiera poner aquí un gobierno subordinado a él, al imperio, como lo tuvieron durante mucho tiempo, es el petróleo venezolano. (…) todos los gobiernos que en Venezuela quisieron manejar soberanamente el petróleo, fueron derrocados, y me incluyo, yo fui derrocado solo que por dos días. (…) Yo solo soy realista (…) Tú pudieras hacerle esa pregunta a Juan Bosch, el expresidente dominicano derrocado por la invasión de los Estados Unidos».
17 años después de aquella entrevista y al cumplirse 63 años del derrocamiento de Juan Bosch en República Dominicana, la evolución de la geopolítica mundial permite poner en perspectiva lo que Chávez explicaba.
Estamos frente a las invasiones y ataques ilegales por el control de los recursos y espacios estratégicos; el genocidio en Palestina; el cerco inhumano contra Cuba; el Escudo de las Américas y la Doctrina Donroe; magnicidios e intentos de cambios de régimen «negociados» so pena de «hacer desaparecer a toda una civilización»; así como los ataques de precisión para secuestrar presidentes y, como dijo Chávez, «poner (…) un gobierno subordinado» que asegure la plena disposición de la riqueza y el territorio de nuestros países.
Ante todo esto, cobra fuerza el ejemplo de la República Dominicana entre 1963 y 1965. El Presidente Juan Bosch intentó lo que llamó «democracia revolucionaria», al margen de lo que se conoce como «izquierda democrática», especie de socialdemocracia subordinada, complaciente y anticomunista que se impuso en la cuenca del Caribe hasta los tiempos de Carlos Andrés Pérez.
La «democracia revolucionaria» de Bosch partía de la convicción de que, en aquel momento histórico, no se trataba solamente de sustituir las tiranías por democracias electorales, sino de instaurar la más profunda y extendida justicia social y la participación protagónica del pueblo.
Se trataba, en sus palabras, de «afirmar (…) no sólo la democracia política, sino también la democracia económica y la justicia social».
Esto significaba no reemplazar sino superar el dominio de las oligarquías, o como él mismo anunció: «Vamos a juntar al hombre con la tierra, al inteligente hombre dominicano con la rica tierra dominicana, y estemos todos seguros de que eso se hará o no habrá democracia en este país».
En esa dirección, el pueblo dominicano se dio un nuevo Congreso Nacional y una nueva Constitución. En menos de 7 meses, el Presidente Bosch llevó adelante esa agenda legislativa y una serie de decisiones políticas. Entre ellas: negarse ante Kennedy a validar contratos ilegítimos que daban a empresas norteamericanas el control de los combustibles; negarse de participar en agresiones contra Cuba; detener la compra de equipos militares y la intervención del “Military Assistance Advisory Group” (MAAG) de EEUU en las fuerzas armadas y la policía dominicanas.
Finalmente, Bosch identificó y ordenó investigar el uso del territorio dominicano para operaciones de “cambio de régimen” en Haití dirigidas desde EEUU.
Este conjunto de decisiones de justicia económica y social, de transformación del orden oligárquico y defensa de la soberanía nacional, desencadenaron el Golpe de Estado del 25 de septiembre de 1963, perpetrado por una alianza de militares golpistas y dirigentes civiles, políticos y religiosos, desmantelando el Gobierno, el Parlamento y la Constitución,
Pese a las peticiones de Luis Muñoz Marín, gobernador de Puerto Rico, y a las cartas de algunos colegas del área, Kennedy no hizo ninguna exigencia contundente ni condicionó a los golpistas para restaurar el gobierno de Bosch, a quien pocos meses antes había recibido en la Oficina Oval. A paso seguido, su sustituto, L. B. Johnson, reactivó a plenitud las relaciones.
Desde la prisión, el 26 de septiembre de 1963, Bosch envió clandestinamente una carta al pueblo dominicano, de tan solo 6 oraciones, en la que plasmó un mensaje icónico: «Ni vivos ni muertos, ni en el poder ni en la calle se logrará de nosotros que cambiemos nuestra conducta. (…) Los hombres pueden caer, pero los principios no. Nosotros podemos caer, pero el pueblo no debe permitir que caiga la dignidad democrática. La democracia es un bien del pueblo y a él le toca defenderla».
Bosch no renunció ni pactó ni se entregó, ni se inmoló innecesariamente; fue apresado y luego enviado al destierro, tal como Fidel le recomendaría a Chávez durante el Golpe de 2002. Y como en 2002, pero 39 años antes, en aquel pequeño país antillano, aún bajo la sombra de 31 años de tiranía trujillista, las fuerzas dignas de la patria se levantaron.
Primero fue la Agrupación Política 14 de Junio, con decenas de caídos en combate, torturados y ejecutados por los golpistas. Y luego la Revolución de Abril de 1965, que derrocó al gobierno ilegítimo y, posteriormente -al mismo tiempo que Vietnam- enfrentó bajo el mando de Francisco Alberto Caamaño a la invasión yanqui.
Fue la primera vez en América Latina que soldados constitucionalistas y hombres y mujeres combatientes de todas las capas del pueblo recuperaron exitosamente la soberanía popular.
Como dijo Chávez en su respuesta a Vicky Dávila, tener claro el papel que cada gobierno de Estados Unidos ha cumplido en América Latina y el Caribe, y los intereses que defienden a cualquier precio, no es un cuadro de ‘paranoia’, sino un acto de elemental conciencia histórica y patriótica.
Bosch y todos los gobernantes que se comprometieron con la soberanía y la justicia social y económica en la región han sabido lo que son el golpismo y la agresión imperial.
Por todo ello, así como la victoriosa unión cívico-militar en 2002 en Venezuela, la resistencia de Palestina y Cuba y el sentido del deber de Salvador Allende y los militares leales, 63 años después se agigantan como ejemplo y espejo del presente la conducta del presidente Juan Bosch frente al Golpe de Estado y la lucha de miles de hombres y mujeres por la defensa de la Constitución, la justicia social y la soberanía nacional en República Dominicana.
Desde el pasado, reafirman que la dignidad, la lealtad, el sentido del honor y del momento histórico siguen siendo parámetros de la virtud política.
Matías Bosch Carcuro
