Los peligros del escepticismo y del relativismo: el riesgo de la fe

Por Alex Ibarra Peña/ Dr. Estudios Americanos
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Columnas

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El escepticismo es la actitud de aquel que no cree, en el sentido de no poseer un sistema de creencias. En las culturas antiguas lo religioso es heredado desde la mater o pater familia. La cultura judía estaría dentro de este tipo de sistemas de creencias. Pero, el escepticismo puede ser, también, una actitud que asalta al creyente que, por ejemplo, confía en la retribución, creyendo conocer las causas y fines de Dios. A este tipo de creyente lo podemos llamar optimista ingenuo. ¿Qué le pasa al creyente cuando no experimenta la bondad de Dios?

Este es el emblemático caso de Job, que representa al justo que le va muy mal. Este personaje es heredero de una fe, sin embargo, dada su situación vital de desmedro, reniega, dice Job: “Por tanto, no refrenaré mi boca, hablaré en la angustia de mi espíritu, y me quejaré con la amargura de mi alma”. Como bien sabemos, lo de Job es apenas una duda, en el capítulo final del libro dice: “Sé que todo lo puedes y que ningún proyecto te es irrealizable”. Supera la crisis con una íntima vivencia con la trascendencia: “Yo te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos”.

El escepticismo es una actitud valiente. Podemos recordar del mundo helénico a Epicuro que declaraba la insensatez del temor a la muerte y del temor a los dioses. Es insensato el temor a la muerte, cuando existimos ella no existe y cuando ella existe nosotros no existimos, y agrega, es insensato el temor a los dioses ellos son tan perfectos que no necesitan estar pendientes de lo humano, que es imperfecto.

Otro peligro para la fe es el relativismo, al cual lo podemos resumir en la frase “todo da lo mismo”. Para los judíos, ese tipo de relativismo no estaría permitido, la ley es algo central, ya que es el cumplimiento de la alianza con Yahvé que los liberó de la esclavitud en Egipto. Pablo recuerda la importancia de la ley en Romanos 2.14: “Porque cuando los gentiles, que no tienen ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos”. Este tipo de ley de los gentiles nos recuerda la máxima de Protágoras de que “el hombre es la medida de todas las cosas”.

Escepticismo y relativismo son causa de la pérdida de nuestro sistema de creencias. Antes del llamado “estallido social” estábamos convencidos de que en Chile no íbamos a cambiar nada y no nos importaba la dignidad. Éramos presa de estos males que niegan la utopía.

Podemos suponer que San Pablo conoció estos planteamientos filosóficos que remecen la fe o sistema de creencias. Se dice con frecuencia que Pablo conoció la cultura helénica en su hogar y que en Tarso la koiné griega era de uso común. En varias de sus cartas se encuentra la pretensión de aconsejar a las comunidades cristianas que padecen la duda. Pablo, frente a estos peligros, se mantuvo firme y se transformó en un protagonista sobresaliente para la fe cristiana, con distintas ideas, tales como: “la Gracia de Cristo”, “la justificación por la fe”, “el sacrificio de Cristo por nosotros”, “la continuación de la historia salvífica de Dios”, “la posibilidad para la reconciliación”, “el hecho de la resurrección”, “la experiencia mística”, “la experiencia de conversión”,  “el triunfo apocalíptico de Dios”, “la experiencia del amor”, etc.

Como sea, en Pablo siempre Dios es el centro. Sus textos siempre comienzan reconociendo la facultad que le ha sido otorgada: “Pablo, apóstol (no por disposición de hombres ni por hombre), sino por Jesucristo y Dios Padre” (Gal 1.1). Siempre agradece y bendice como en Efesios 4, 23-24: “Paz sea a los hermanos, y amor con fe, de Dios Padre y Señor Jesucristo. La gracia sea con todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo con amor inalterable. Así sea”. El secreto de Pablo es su permanente teocentrismo.

Las ideas de escepticismo y relativismo siguen siendo parte de la cultura, también son ofertas alternativas de cómo pararse en el mundo. Por eso es que son populares frases que parecen anticristianas como la de ¡Dios ha muerto! de Nietzsche. Estas cuestiones son las que abren las posibilidades a las llamadas teologías negativas.

En este sentido retoman importancia los testimonios que transmite Dietrich Bonhoeffer, teólogo judío perseguido por el nazismo, que en 1935, en Londres, lideraba a las iglesias reformadas que rechazaban el régimen fascista. Desde su encierro testimoniaba que quien permanece centrado en sus creencias, goza de las convicciones que permiten tomar el riesgo, escribía: “No es mi intención despreciar la tierra en la cual tengo la posibilidad de vivir. Le debo fidelidad y agradecimiento (…) Debo ser huésped con todo lo que esto implica. No debo cerrar mi corazón a la participación en mis deberes, a los dolores y a la alegría de la tierra”. Aparece el creyente que asume su mayoría de edad y que sabe del riesgo que implica “vivir como hombres capaces de enfrentarnos a la vida sin Dios”.

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