LOVE: Una carta de amor a Los Ángeles

Hace poco una amiga me recomendó leer a Sylvia Plath como antídoto para la soledad, confort de angustias compartidas y fuerzas creativas nivel diosa. Creo que las buenas series son buen remedio también: para sentirte menos rara, menos loser, para saber que hay otras como tú en este mundo y que, en verdad, eres mucho mejor así: dark-emo-freaky-intensa. Lo mejor de Love es lo sencillo y absurdo de la soledad y nuestros intentos por encontrarnos, los miedos de no ser suficiente para el otro. En Love, los protagonistas son Gus, un gringo gringo de South Dakota, bueno como el pan el 90% del tiempo y completamente desquiciado el otro 10, y Mickey, una mina hermosa, oscura, brígida y tierna que lucha con sus auto-sabotajes y con tratar de no mandarlo todo a la mierda todos los días. Polos opuestos, en clásica comedia: el gordo y el flaco, la desordenada y el ordenado. Ella es noche y él, un sol ingenuo que llega a encandilar con su optimismo anacrónico. Como dice Gus: “A veces pienso que soy un bol de macaroni con queso. Al principio, es súper rico; como a la mitad es como ‘ya, estoy bien’; y, al final, ‘nunca más en mi vida como macaroni con queso. Qué asco.’ A veces, siento que soy su plato de macaroni con queso. No quiero que se aburra de mi”. **Más o menos dice eso, es mi traducción libre**. Pero sí, es el miedo de que uno sea demasiado fome para el otro, que se aburran de ti, porque en el fondo, nos preguntamos si no fue eso lo que pasó con los demás, por qué no prosperaron nuestras otras relaciones. Finalmente, por todos los análisis que hacemos de nuestras relaciones, de que esa persona no era para nosotros, que estábamos tomando caminos distintos de vida, que nos llevábamos mal con su mamá, que era psycho, que no entendía el arte, etc. siempre podemos terminar por sentir que todo se podría haber superado si no se hubiesen aburrido de nosotros. Sabemos que no tiene ni un sentido pero no es cosa de razón, es el ilógico vaivén del amor propio.

Love es sobre el amor, propio y compartido, y el miedo a no ser suficiente, de ser inadecuado. Podría decirse, de un amor neurótico y millenial. En una época marcada por el hartazgo de estímulos e información, el delicado lenguaje del amor es difícil de manejar, para decir lo menos. Cuánto es demasiado, cuánto no es suficiente. Cuándo mandar el mensaje de texto, cuándo esperar. Cuánto doy, cuánto no, hasta dónde puedo permitir mostrar mi soledad sin caer en la carpeta del spam. El internet es una cosa maravillosa y tiene herramientas increíbles para la interacción humana pero no la sustituye. Nos hemos aprendido a comunicar con meta meta meta lenguajes referenciales: el meme del video de la parodia de una noticia, por ejemplo. En la misma serie los amigos de Gus de los Springwood Apartments (unos departamentos amoblados, cafés, con cuadros de consulta médica, en una palabra: genéricos) se juntan y arman una banda que inventa canciones temáticas para películas que no la tienen como Gran Torino, Mientras dormías y Una Tormenta Perfecta. Y sí, es muy Los Ángeles, la ciudad perfecta para hablar de los sueños, del simulacro y la decadencia. Lala land: donde las personas vienen llenas de esperanzas de alcanzar la fama, tener una estrella en el pavimento y ser vecino de Brad Pitt pero donde la gran mayoría termina por darse cuenta, como la canción de Gladys Knight & the Pips, Midnight Train to Georgia, que los sueños no siempre se convierten en realidad. “L.A. proved too much for the man” canta Gladys.

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Hace poco volví a vivir en el sur de California. Crecí acá en unos departamentos no tan diferentes a los Springwoods, chicos, todos iguales, y muy caros para lo que son. Creo que Love es especialmente efectiva en retratar la belleza y la decadencia propia de Los Ángeles. Ese espíritu de magia desgastada por el sol, como la fuerza de voluntad que tenemos que tener los actores cuando nos enfrentamos a los casting, entre creerse el cuento, tratar de mantenerse zen y la neura de pensar “¿por qué me someto a esto? y ¿si mejor no me tomo el tren de vuelta a Georgia?”. Aquí los actores no dicen que son meseros dicen que trabajan en “la industria de los restaurantes”, hay que dorar la píldora de alguna manera. Es refrescante una serie que se trata de esas personas, los no-estrellas. De hecho, en la tercera temporada, los secundarios son los que se llevan la mejor parte. Conocemos los sueños y frustraciones de Chris, es un amigo de Gus que quiere ser doble de acción pero trabaja como el mesero más viejo en un restaurant; Bertie, la roomate australiana de Mickey que llegó con sueños de glamour pero que trabaja haciendo focus group y pololea con Randy, el frustrante niño-hombre de bajísimas expectativas y la gozosa caída de Dr. Greg, el pervertido jefe ególatra de Mickey quien se ve desplazado por una adolescente feminista. Todos quieren cumplir sus metas y quieren contacto humano, love, pero en un lugar que valora en exceso el dinero y las apariencias, peludo. Hay dos escenas, del principio y hacia el final que engloban este espíritu. Las dos ocurren en bombas de bencina. En la primera, Mickey va a la bomba a comprarse un café pero se le queda la billetera. Intenta convencer al vendedor que ella se lo paga después, que se conocen hace años, le recuerda que conoce a toda su familia que también trabaja en la misma bomba pero el hombre responde como robot: no. Ella argumenta que ya se sirvió el café, que no lo puede devolver a la máquina, que no tiene sentido, le promete que ella va a volver a pagarle. El vendedor no cede. Finalmente, llega Gus (aún no se conocen con Mickey) y él, siendo el gringo granola que es, de esos que no le ponen pestillo a la puerta, le ofrece pagarle el café, de buena onda. De ser humano. La segunda es el cumpleaños de Bertie, la roomate de Mickey. No tenía con quien pasar su cumpleaños y termina saliendo con Chris, amigo de Gus que ella apenas conoce, es raro pero él es amoroso y es la única persona que le ofreció pasar tiempo con ella en su día y un panorama. Pasan a echar bencina y él le explica que va a salir del auto a pagar adentro a la caseta, en vez de pagar afuera en el mismo surtidor porque, explica, “intento encontrar interacción humana donde puedo en L.A.”. Es un chiste porque EE.UU. es tan solitario y acá con los autos ni siquiera compartes la calle, la micro ni el metro. Hay que hacer un esfuerzo para seguir mirándonos a los ojos, sin miedo. Porque al final no hay nada que podamos hacer para garantizar que nos sigan queriendo.

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Mayo 2018 / California

Camila Le-Bert es dramaturga, guionista y actriz con estudios en Columbia University y la Universidad de Chile. Fundadora y directora de la Fundación Lápiz de Mina y la compañía Teatro del Carmen.

 

 

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