Nueva crisis en el Estrecho de Taiwán

La sombra del próximo evento congresual del Partido Comunista, previsto para el otoño (octubre 2022), abunda en la necesidad de Xi Jinping de mostrarse inflexible en esta cuestión de Taiwán.
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Nancy Pelosi

Desoyendo las advertencias de su propio entorno y, por supuesto, las airadas críticas de China, Nancy Pelosi, finalmente, se salió con la suya y pese a que no figuraba tal escala en su viaje oficial por Asia, arribó a Taiwán, provocando una cadena de consecuencias cuyo calibre final está por precisar.

Probablemente más pronto que tarde hablaremos de este episodio como el desencadenante de la cuarta crisis del Estrecho de Taiwán (tras las de 1954, 58 y 95-97), marcando un punto de inflexión significativo en la dinámica de la cuestión de Taiwán, la más sensible en las relaciones entre China y Estados Unidos.

En el contexto actual, podemos prepararnos para una secuencia de iniciativas por parte de China que irá más allá de las importantes maniobras militares anunciadas hasta el domingo (con simulacros previstos a menos de 20 kilómetros de Kaohsiung, en el sur de Taiwán), las sanciones a determinadas organizaciones o el impacto de determinados intercambios económicos con Taipéi que ya se van desgranando, desde la suspensión de las importaciones de ciertos productos a la exportación de arena natural. Poca cosa, podíamos pensar a primera vista, como también la llamada a capítulo al embajador Nicholas Burns, que entra dentro de lo previsible.

Pero conviene no perder de vista como referencia lo ocurrido en Hong Kong en la crisis de 2019. Por tanto, no podemos esperar acciones militares directas de gran envergadura, sino, sobre todo, la adopción progresiva de medidas de alcance político que refuercen la soberanía de facto sobre el territorio en disputa, entre ellas, una ley de unificación, por ejemplo, que complemente significativamente la ley antisecesión aprobada por el Parlamento chino en 2005 y que adelante un calendario con medidas precisas de difícil encaje y aceptación para terceros.

China es perfectamente consciente de que la visita de Pelosi, más allá de las circunstancias personales que puedan explicarla y que justifiquen los matices expresados ​​por la propia Casa Blanca o los militares estadounidenses en cuanto a la idoneidad del momento elegido, se enmarca en una dinámica de intensificación de los lazos entre Washington y Taipéi que afectan a los ámbitos político, económico, tecnológico, militar, etc. y que, previsiblemente, no se detendrán aquí. Pero Pelosi se va de Taiwán camino a Washington, donde no se espera que impulse ninguna medida rupturista en apoyo de la isla en la Cámara de Representantes que preside. Y Taiwán se queda donde estaba, a pocos kilómetros de China continental, que ostenta ventajas comparativas en el orden estratégico de gran valor en caso de conflicto. Sobre todo, si EEUU sopesa involucrarse directamente en una hipotética guerra que bien podría desencadenarse en esta década para representar, de forma brutal, la lucha definitiva por el tránsito de la actual hegemonía unilateral a un orden multipolar.

Para EE.UU., puede que el episodio brinde una oportunidad para presentar ante la opinión pública a una China que amenaza la estabilidad regional, un peligro para la supervivencia del orden liberal y también para escenificar su compromiso con las democracias frente a las dictaduras, como aseveró Pelosi. Pero la consideración de este viaje como una “provocación” es, en paralelo, perfectamente comprensible en la región y en el mundo, lo que deja en entredicho la razón última de un paso que no pocos han calificado de “frívolo” cuando los tambores de la guerra resuenan vivamente en Ucrania.

La pretendida percha moral y esa inestabilidad servirían de argumento para avanzar a marchas forzadas -como ya lo están haciendo- para asentar el AUKUS, el QUAD, para extender la OTAN hacia la región, en un intento desesperado por quebrar la emergencia de China y limitar el propio alcance del xiísmo, la estrategia que de cara a 2049 debe dar cumplida cuenta del sueño chino.

Taiwán, en cambio, con un gobierno que dice apostar por el statu quo pero aplica la táctica del salami (medida a medida en lugar de una declaración abrupta y solemne) para alejarse poco a poco del continente con el aval de Washington y Tokio y otros países occidentales, puede terminar pagando, como Ucrania, por los platos rotos de esa participación activa en la recreación de la guerra fría que algunos anhelan en los EE. UU. y lares próximos.

PRINCIPIOS E INTERESES

Revolución Cultural

Es cierto que como nunca tiene hoy Taipéi apoyo exterior, a pesar de la disminución del reconocimiento diplomático, pero no hay que olvidar que es un peón más de la estrategia global de EEUU de contención de China. Y apostar a que Estados Unidos se involucre directamente en una hipotética guerra contra China y de su lado es simplemente temerario e ignora las lecciones de su propia historia reciente, cuando Washington rompió con Chiang Kai-shek, todavía en vida de Mao, para entenderse no con la China de la reforma de Deng Xiaoping sino con la de la Revolución Cultural. Los principios son los principios pero lo que prima son los intereses.

Es de esperar que China mantenga la «paciencia estratégica» y siga los sabios consejos de Sun Tzi. Sus prioridades pasan por primar la estabilidad y el desarrollo. Una guerra por Taiwán sería demasiado arriesgada y podría conducir a un desastre que afectaría su proceso de emergencia. La mayor garantía para el futuro es hacer valer su soberanía económica a nivel global y formar desde ella ese orden alternativo que imagina con su red de socios que paso a paso va configurando.

La economía china, por otra parte, atraviesa un momento delicado en razón de la apuesta por mantener severamente a raya al Covid-19 y con un 2,5 por ciento de crecimiento en el primer semestre, el objetivo del 5,5% para este año se antoja particularmente difícil y exigirá esfuerzos adicionales.

En relación a Taiwán, es de imaginar que seguirá aplicando la acupuntura política, si cabe con mayor precisión, para revertir las hegemonías actuales en la isla, muy dividida en torno a la unificación. El uso excesivo de medidas militares no ayuda en este sentido y probablemente será más operativo influir en el comportamiento de aquellos sectores económicos que puedan pasar factura electoral al gobierno del Minjindang o PDP.

La gestión del tiempo es especialmente importante para China este año en función de la inminencia del XX Congreso del PCCh pero también en función de las elecciones locales taiwanesas “nueve en uno”, previstas para noviembre. Ambos eventos estarán muy cercanos.

SACAR VENTAJA DE LA CRISIS

Lo que para Pelosi es una acción poco más que simbólica, de la que se han distanciado en su partido y en el propio Taiwán sectores que pueden simpatizar con EEUU, brinda a China la posibilidad de realizar otra vuelta de tuerca sobre la isla, alejando el fantasma de mostrarse débil en esta cuestión y afinando en la respuesta.

Ejército Popular de Liberación

Por tanto, cabe esperar de China que intente aprovechar la crisis en dos sentidos. Primero, incentivando medidas militares y políticas que refuercen la soberanía reclamada sobre la isla. Esto puede incluir acciones más comprometidas del Ejército Popular de Liberación por aire y mar afectando al espacio aéreo de Taiwán o a la línea media del Estrecho que hasta ahora han sido respetadas. Igualmente, podría adoptar medidas legislativas con cierto nivel de proyección sobre la isla.

La cuestión clave para China es evitar seguir perdiendo influencia en la opinión pública taiwanesa y debe ser cuidadosa en la reacción para evitar que la crisis no derive en un mayor apoyo electoral al secesionismo en los comicios de noviembre. Por ello, también en la respuesta habrá signos de acupuntura política para incidir en el disgusto de aquellos colectivos dispuestos a pasar factura al PDP por su “temeridad”. En este aspecto, la clave puede ser la economía.

Por otra parte, en relación a EEUU, a China no le queda otra que creer en esa diversidad de criterios expresada en la Administración Biden y que es posible el diálogo con Washington porque necesita dilatar lo que ya es una evidencia, que EEUU se aleja de facto del reconocimiento del principio de una sola China. Pero lo ocurrido agranda el foso que les separa. China no puede permitirse el lujo de no reafirmar sus líneas rojas, y Taiwán es una de las principales, por lo que habrá consecuencias también en el diálogo en áreas clave y quizá al máximo nivel, postergándose la cumbre bilateral en persona Xi-Biden en la que se estaba trabajando.

Esta crisis, en suma, acelera la percepción de que el riesgo de un conflicto grave en la presente década es cada vez más alto. China percibe que Taiwán no solo es irrenunciable en su proceso de modernización sino que es también la estocada con la que podría poder fin a la hegemonía de EEUU en la región y en el mundo. Y Washington tiene en la isla, más que en el Mar de China meridional, el capote que le puede permitir sacar de sus casillas a una China dispuesta a sortear los impedimentos de la Casa Blanca y el Pentágono para recuperar lo que considera la “normalidad histórica”, interrumpida hace doscientos años a golpe de tráfico de opio y cañoneras occidentales.

TAIWÁN Y LA INQUIETUD ESTRATÉGICA

Mao Tse Tung y Richard Nixon

Taiwán y su futuro es un asunto clave en la agenda China-EEUU, tanto que cada vez ocupa más espacio en el diálogo bilateral e influye también con creciente relevancia en los altibajos de dicho marco. Si tras la visita de Nixon a Beijing en 1972 hubieron de pasar nada menos que siete años, hasta 1979, para establecer lo que podríamos llamar una relación diplomática plena entre ambos países, cabe señalar que Taiwán fue uno de los escollos principales. Y solo se resolvió a medias. Y si eso fue así en tiempos en los que China era aun un país débil, la 32ª potencia económica del mundo, cabe imaginar el nivel de rotundidad con que puede encarar a día de hoy un episodio como el vivido con el arribo a Taiwán de Nancy Pelosi.

Muchos recuerdan aquel doloroso proceso de los años setenta como muestra de cómo los intereses nacionales siempre acaban pesando mucho más que los principios, que ahora se enarbolan como justificación precisamente para estrechar lazos con Taiwán a pesar del coste que ello puede suponer en la relación con China, la más importante del mundo.

En la última conversación telefónica entre Joe Biden y Xi Jinping el pasado 27 de julio, el presidente chino fue tajante al rechazar la independencia de la isla, como al advertir sobre el peligroso “intervencionismo extranjero” y apeló al “contexto histórico” para argumentar la pertenencia de Taiwán a China. Nada nuevo, salvo el énfasis, in crescendo en cada ocasión, en paralelo justamente a una progresiva quiebra de esa razón histórica por parte de las capitales occidentales, dejándose entrever la opinión de que no está tan claro que tras la derrota de Japón revirtiera a manos chinas cuyo control habían perdido por el Tratado de Shimonoseki (1895) tras la primera guerra japonesa. Cuestión peliaguda como para sudar tinta china.

EEUU parte en su relación con Taiwán, básicamente, del Acta de Relaciones de 1979, los tres comunicados conjuntos con China y las seis garantías ofrecidas por Ronald Reagan en 1982, que Beijing no reconoce. Ese marco inicial ha permitido una cierta estabilidad en la relación triangular, con algún que otro episodio de tensión como el vivido en 1995-1997, en torno a los viajes a EEUU del entonces presidente Lee Teng-hui y del líder parlamentario Newt Gingrich a Taiwán. Esas vigas hoy siguen siendo una referencia indispensable, aunque la erosión de sus contenidos es cada vez más evidente.

TODO EMPEZÓ A TORCERSE CON DONALD TRUMP

Mike Pence

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca inauguró una nueva etapa en la relación con Taiwán claramente simbolizada al hacerse pública la felicitación de la presidenta Tsai Ing-wen por su triunfo electoral. A partir de ahí, la secuencia general es conocida, desembocando en el importante discurso del vicepresidente Mike Pence en el Instituto Hudson en 2018. Mientras el dedo acusador se dirige hacia China por su falta de respeto a los derechos humanos, se ensalzan las virtudes inconmensurables de la democracia taiwanesa. Y en un país altamente polarizado, la “carta de Taiwán” se afianza como uno de los pocos consensos bipartidistas para plantar cara a una China que se resiste a aceptar el orden basado en las reglas establecidas tras el final de la Segunda Guerra Mundial y que preceptúan el tenor de la hegemonía occidental, es decir, su firme propósito de no compartir con otros la autoridad para dictarlas.

Biden siguió esa estela. En los últimos tiempos se han multiplicado las ventas de armas a la isla, para regular enfado de Beijing, y la adopción de medidas de corte legislativo (la ley de viajes, la ley TAIPEI, etc.) o económico (soslayando las limitaciones de la propuesta de Marco Económico para el Indo-Pacífico) que abundan en una mayor cercanía de Washington a Taipéi, muy labrada en el orden estratégico. Hoy día, podemos hablar de un estatus más que paradiplomático de la representación taiwanesa en EEUU. Aun sin llegar al tabú del reconocimiento, lo indudable es que el espíritu que inspiró aquel entendimiento mutuo entre EEUU y China en los años setenta se evapora a gran velocidad.

CHINA TAMPOCO SE QUEDA ATRÁS

Hu Jintao

Los problemas relacionados con Taiwán son palabras mayores para China. Durante el mandato de Hu Jintao, con una situación estratégica particularmente benévola tras el convulso mandato en la isla del soberanista Chen Shui-bian (2000-2008), el inicio de la “tercera cooperación” con el Kuomintang y la aprobación de la Ley Antisecesión (2005) afianzaban una relación constructiva que parecía dar por hecha la unificación en base a un pacto entre las elites a cada lado. Solo era cuestión de tiempo. A su llegada en 2012, Xi Jinping partía de esa confianza para asegurar que este asunto “no podía dejarse de generación en generación” y parecía apelar a cierta prisa. Ello en un contexto de proclamación del sueño chino de revitalización nacional, de una política exterior más activa e influyente y una decidida apuesta por insuflar en el sistema altas dosis de renovación económica, política, sociocultural y estratégica.

Entretanto, cabe significar que a pesar de los avatares de los últimos años que tanto han impactado en EEUU o en China, lejos de diluir la cuestión de Taiwán, esta ha ganado en importancia. Ya nos refiramos al cambio climático, el Covid-19, las amenazas de desacoplamiento a nivel económico o tecnológico entre China y el mundo desarrollado, particularmente los EEUU, asuntos que forman parte también de una compleja agenda bilateral, ninguno de ellos opaca la inquietud estratégica de ambos países por el futuro de Taiwán. Nada los enfrenta más.

En EEUU es perceptible cierta ansiedad por su declive y si China recuperara Taiwán bajo su dominio, ya sea de forma pacífica o por la fuerza, su controvertida posición a nivel global, afectada sin duda por el penoso balance de Afganistán, podría encontrar aquí un botón de muestra más para cuestionar su condición de garante de la seguridad regional y mundial.

Es posible, con todo, que Xi hoy modere su prisa ante el riesgo de provocar con ella una indeseada reacción no solo en la isla, que también, con una sociedad muy dividida pero mayoritariamente comprometida con la preferencia del mantenimiento del statu quo, sino también en el exterior. El uso de la fuerza armada o cualquier forma de coerción significativa para lograr una eventual reunificación supondría para el PCCh, en este momento histórico, cuando se juega el éxito de la modernización, una acción descabellada, con seguridad aplaudida por la inmensa mayoría de la sociedad china, pero repudiada en igual proporción por la comunidad internacional. No le queda otra que tener paciencia, completar el tránsito en el continente y después, llegado el caso, abordar la construcción de una relación con Taiwán que trascienda la fórmula de “un país, dos sistemas”. Sin duda este principio, muestra de la creatividad política de Deng Xiaoping, ha quedado seriamente tocado con la crisis de Hong Kong y ni siquiera el Kuomintang, el más afín de los principales partidos taiwaneses a las tesis unionistas, puede suscribirlo.

Pero esas dos rutas convergen negativamente, desautorizan el indispensable apaciguamiento y en el contexto actual se corre el riesgo de que una implicación, como parece, de otras potencias (Japón, Australia, UE, etc.) eleve aun más la tensión.

TRAS EL XX CONGRESO DEL PCCH

La sombra del próximo evento congresual del Partido Comunista, previsto para el otoño, abunda en la necesidad de Xi Jinping de mostrarse inflexible en esta cuestión de Taiwán. En el futuro inmediato no cabe esperar cesiones y, por el contrario, un endurecimiento sobre la base de que China debe ser respetada en sus intereses centrales. Y Taiwán es uno de ellos. En este sentido, podemos decir que del lado chino la posición está más que clara, sin voluntad de ceder un ápice en los planteamientos básicos, es decir, la defensa del principio de una sola China, el Consenso de 1992 y la reunificación pacífica.

En el caso de EEUU, la situación es más compleja. De entrada, en lo conceptual, la política de una sola China de la Casa Blanca tiende a descafeinar el homónimo principio chino. Tampoco aquí cabe esperar una moderación. Al contrario, existe el riesgo de que el ambiente político a favor de poner fin a la “ambigüedad estratégica” se afiance, tal como ha dejado entrever el propio Biden en dos ocasiones prometiendo defender a Taiwán con algo más que suministro de armas. Aunque su entorno ha matizado estas palabras en ambas ocasiones, lo cierto es que estos arrebatos siembran dudas en el liderazgo chino y fortalecen las posiciones de quienes postulan una preparación exhaustiva para un enfrentamiento que pudiera ser inevitable.

PREVENCIÓN DE CONFLICTOS

Recuperar un mínimo buen tono en las relaciones China-EEUU con este asunto tan enrarecido de por medio, no será tarea fácil para ambas partes. Cuanto más Washington alimente las dudas de un posible apoyo a la independencia de Taiwán, más China multiplicará sus respuestas para impedirla. Ese guión podremos constatarlo en las próximas semanas, cuando se vayan desgranando las medidas de respuesta china a la visita de Nancy Pelosi. Y no olvidemos que China continental es el primer socio comercial de Taiwán, que absorbe del orden del 40 por ciento de sus exportaciones, un nivel de dependencia que Tsai Ing-wen no ha logrado atajar a pesar de su firme voluntad en reducirla. EEUU, va por detrás de la ASEAN.

El momento que vive la sociedad internacional exigiría de ambas partes la negociación y firma de un cuarto Comunicado Conjunto que, sobre todo, aligerara riesgos y sometiera a buen recaudo los indicios de un enfrentamiento incipiente que no pasan desapercibidos para ninguna de las dos capitales. En la misma línea, la diplomacia europea, si como tal existe, debiera dejar de cobijarse detrás de Washington para hacer valer la tan alabada siempre política de prevención de conflictos, hoy tan olvidada. Pareciera como si no hubiera más opción que admitir la inevitabilidad de una reedición de la Guerra Fría, a consumar en las aguas del Estrecho de Taiwán.

LA VISITA DE PELOSI ES UN PROBLEMA TAMBIÉN PARA TAIWÁN

China proclama que Taiwán es “un asunto interno”, pero si algo nos ha demostrado la visita a Taipéi de la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, esta semana, es que resulta imposible gestionarlo al margen del proceder de otros actores importantes, especialmente, Estados Unidos.

Jake Sullivan

Después del turbulento mandato de Donald Trump, que significó un punto de inflexión en la relación sino-estadounidense conforme a los cánones definidos hace cuatro décadas, con Joe Biden en la presidencia se ensayó un diálogo ni menos franco ni menos duro, con acusaciones cruzadas sobre los más diversos temas, pero con visos de encauzar la relación por una senda bajo el control de ambas partes. Los encuentros en Anchorage, Zúrich o Roma, además de virtuales, entre los equipos de Yang Jiechi, máximo responsable de la política exterior china, y el consejero de Seguridad Nacional Jake Sullivan, como también el diálogo virtual en la cumbre entre los líderes de ambos países, tenían por principal misión hacer primar la racionalidad y establecer comodines destinados a su preservación. Y ha habido resistencias como también avances, algunos –como la amortiguación de las disputas comerciales- a la espera de una confirmación que puede ahora resistirse.

Y es que la visita de Pelosi a Taiwán cuestiona todo ese esfuerzo y amenaza con revertir dicha lógica, hasta el punto de representar un problema no solo para Xi Jinping o para Biden sino también para las autoridades del gobernante Minjindang en la isla.

Podemos deducir que China intentará maximizar esta mala idea, calificada como tal por el propio Biden, y sacar partido de ella. Cabe esperar una batería de medidas de respuesta en diversos órdenes que trascenderán las maniobras militares de los últimos días. Se evoca la crisis de Hong Kong y el desenlace resultante, marcado por un incremento sustancial del control político sobre la región. Taiwán no es Hong Kong, cierto, pero igualmente tiene aquí mecanismos a su alcance para avanzar en la realización de su interés principal, que no es otro que la reunificación. El riesgo de una escalada fatal podría verse confirmado en las próximas semanas si, como es previsible, China recorre esa senda y EEUU, como cabe imaginar, responde en la misma línea. En tal situación, aquel virtuoso diálogo, aunque se mantengan abiertos los canales de contacto, puede quedar eclipsado seriamente quizá por más tiempo del deseable.

La previsible inflexibilidad de Xi le brinda una oportunidad para solidificar sus aspiraciones a un tercer mandato en la dirección del país y del Partido Comunista que todos daban ya por seguro. La crisis surgida alienta un arrebato nacionalista entre su población que puede gestionar en función de la coyuntura, ya sea activándolo o moderándolo. En paralelo, otro tanto puede hacer con el discurso a propósito de Taiwán. Si apeló al contexto histórico en su último diálogo con Joe Biden, el enunciado o no de plazos para la reunificación, la alusión al recurso a la fuerza para lograrla o el compromiso con el statu quo, serán indicadores de cuánto ha podido influir esta visita para iniciar una “nueva era”, utilizando la expresión preferida para simbolizar el mandato de Xi, también en esto. La extrema tensión generada es un ingrediente que perjudica a sus posibles adversarios, silenciando las posibles críticas.

UNA VISIÓN DE LARGO ALCANCE

Ahora bien, China es deudora también de una mirada estratégica, tanto en relación a EEUU como a Taiwán. Primero, lo que sigue necesitando es estabilidad (y si deja de ser una obsesión es que realmente hay problemas internos más serios en China de los que deja traslucir). Segundo, necesita recuperar un consenso con EEUU para interponer cierto freno a Taiwán. Solo EEUU dispone de la influencia precisa para ello. Y esto es lo más complejo cuando la rivalidad estratégica se acentúa entre ambas capitales y crece la percepción de que dicha tesitura se impone a otras cuestiones de importancia para ambos pero también para terceros (desde la lucha contra el cambio climático al mantenimiento de un mínimo de estabilidad en la economía global).

El legislativo estadounidense ha sido el aguijón, en esta última etapa, de numerosas medidas que China interpreta como desafiantes y que señala como indicios de que Washington se está alejando del principio de una sola China, desarrollando una política que en los hechos la vacía de contenido. La elevación de los vínculos con Taiwán es su denominador común como también la advertencia a aquellos pequeños países con los que Taiwán mantiene relaciones diplomáticas. Si EEUU opta por alentar el secesionismo –y hay señales de que esto puede ser así-, podemos encaminarnos directamente a un conflicto abierto. En este sentido, la reacción china parece apuntar a que esta posibilidad ha dejado de ser un tabú, aumentando significativamente los riesgos de que se produzca en un momento relativamente cercano.

Su Tseng-chang

En Taiwán, a la celebración de las autoridades por la visita de Pelosi que, sin duda, supone un espaldarazo muy notable a su posición de rechazo abierto a las pretensiones continentales, le sigue ahora la necesidad de gestionar una crisis en cierta medida “impuesta”. El propio primer ministro taiwanés Su Tseng-chang se vio obligado a aclarar públicamente que no se oponía a la visita. Está por ver qué reflejo político-electoral puede tener el agravamiento previsible de la situación en los comicios locales de noviembre y cómo el gobierno en Taipéi transforma en beneficiosa la airada reacción de China, combinando la polarización interna con una expresión creciente de la solidaridad internacional.  Paradójicamente, esta situación compromete el margen de holgura con que los independentistas pueden tomar decisiones realmente independientes.

China no ha podido frenar la visita de Pelosi. La cuestión ahora es saber si EEUU podrá contener e incluso impedir que su reacción altere sustancialmente el statu quo, evitando que nos acerquemos peligrosamente a ese escenario que podría obligar al presidente Biden a hacer efectivo el compromiso anunciado, en dos ocasiones, de acudir en defensa de Taiwán.

Por Xulio Ríos

Director del Observatorio de la Política China

Publicada originalmente entre el 3, 4 y 5 de agosto de 2022 en OPCh.


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