Obama frente al mundo


El resultado de las pasadas elecciones norteamericanas fue un acontecimiento de naturaleza doméstica. Ningún evento externo fue decisivo para que se alcanzaran niveles sin precedente de participación electoral y que una masa de nuevos electores trascendiera el estrecho marco de la clase media blanca, rompiendo un balance que en los últimos años garantizó el poder a la derecha republicana u obligó a presidentes demócratas a gobernar a partir de la agenda conservadora, como ocurrió con Bill Clinton.

El ascenso de un negro a la Casa Blanca reflejó la emergencia de un movimiento social autóctono, profundamente enraizado en la sociedad estadounidense, aunque aún no es posible predecir sus consecuencias políticas concretas. Bajar las expectativas populares parece un objetivo priorizado de los nuevos gobernantes y hasta el propio Obama se apresura a pedir paciencia a sus electores.

Sin embargo, nada de lo que ocurre hacia lo interno de la sociedad norteamericana puede ser ajeno a su relación con el resto del mundo. El enorme déficit financiero nos indica que la economía de ese país se sostiene en buena medida gracias a capitales extranjeros, ambos candidatos hablaron hasta el cansancio de la dependencia energética externa y la instalación de tropas estadounidenses en decenas de países, aparte de servir de sostén a una hegemonía mundial basada en un predominio militar, tiene un impacto directo en la economía nacional.

No parece probable, por tanto, que se modifiquen de manera esencial las direcciones estratégicas de la política exterior de Estados Unidos. Mantenerse en el centro del sistema financiero internacional, controlar las principales fuentes energéticas del mundo y sostenerse como un poder militar dominante constituyen objetivos que Obama no se cuestiona, si nos atenemos a sus discursos de la campaña.

Lo que sí puede cambiar es la forma en que se pretende alcanzar estos objetivos. A diferencia de los neoconservadores del actual gobierno, Obama proviene de una escuela que preferencia el multilateralismo como instrumento para la construcción de un orden internacional, donde Estados Unidos conserve su hegemonía. La idea no es nueva, puede encontrar sus antecedentes en los gobiernos de Woodrow Wilson, Franklyn Delano Roosevelt y John F. Kennedy, y su versión contemporánea más elaborada es la que emana de las tesis de la Comisión Trilateral, creada bajo la dirección de David Rockefeller en 1973.

El criterio que sustenta este sector del capital financiero norteamericano ha sido establecer un orden supranacional que coordine las políticas de Europa Occidental, Japón y Estados Unidos, para garantizar la estabilidad de las inversiones y el comercio que requiere el gran capital transnacional. Incluso, en el momento de su creación, se invitó a participar a la Unión Soviética en este arreglo, toda vez que constituía un mercado nada despreciable para los grandes consorcios internacionales y se asumía igualmente interesada en el mantenimiento del status quo existente.

Según Zbigniew Brzezinski, principal arquitecto de esta tesis, de lo que se trataba era de establecer “el mayor conjunto de potencias financieras e intelectuales del mundo”, para organizar la “distribución global del poder” y así evitar que el sistema internacional “pudiera verse afectado por los chantajes del Tercer Mundo”. De esta manera, la Comisión adoptaba criterios geopolíticos adelantados por Kennedy, donde se definía el conflicto entre los países desarrollados y los subdesarrollados como la principal contradicción de la época.

Para Joseph Nye, considerado el padre del neoliberalismo en política exterior y actual vicepresidente de la Comisión, todo se resume en el concepto de la “interdependencia”, entendida como la soberanía limitada de Estados nacionales que, según Brezezinski, ya “han dejado de jugar su papel”. Ninguna de estas tesis se discuten en secreto, sino que son enarboladas por algunos de los académicos más prestigiosos del país y forman parte de lo más difundido de la teoría política norteamericana. Crear una élite capaz de gobernar el mundo, como su propio nombre lo indica, constituye la propuesta central del libro “Elite Planning for World Management”, una especie de Biblia de esta corriente, que, aunque aparece bajo la autoría de Holly Sklar, se dice fue escrito a partir de las ideas de David Rockefeller.

Aunque el gobierno de Richard Nixon ya estuvo influido por estos criterios y hasta Henry Kissinger formaba parte de la Comisión, tal doctrina se concretó en programa de gobierno con la elección de Jimmy Carter en 1976, el cual también era un miembro distinguido del grupo y nombró a Brzezinski como consejero de seguridad nacional. Ello explica que durante su mandato se dieran una serie de pasos tendientes a neutralizar potenciales focos de conflicto no deseables para Estados Unidos, como fueron la revolución sandinista en Nicaragua, el canal de Panamá, las relaciones con Cuba y el rechazo a la dictadura chilena, para solo mencionar algunos en América Latina.

También explica el desarrollo de nuevas formas de intervencionismo alrededor del tema de los derechos humanos, lo que además buscaba restaurar el maltrecho crédito de Estados Unidos en esta materia, así como el rechazo de su administración a cualquier acontecimiento que implicara un aparente rompimiento del equilibrio impuesto por la Guerra Fría, en cuyo caso se encuentra la revolución iraní y los movimientos de liberación africanos.

La administración Carter terminó acosada por la crisis económica del momento, las insatisfacciones generadas por su propia inconsistencia a la hora de enfrentar reformas internas que parecían indispensables y por el intento de desarrollar una política exterior que en algunos casos chocaba con los intereses del complejo militar-industrial e, incluso, con los de los grupos financieros que lo llevaron al poder. Cualquier parecido con la realidad actual no es pura coincidencia.

Detrás de Carter vino la ofensiva neoconservadora que echó por tierra los criterios multilateralistas de la Comisión Trilateral, imponiendo una línea de acción que, a la larga, debilitó hasta los cimientos la hegemonía norteamericana en el mundo. Eso es lo que acaban de descubrir los norteamericanos y todo indica que seremos testigos del renacer de las tesis trilateralistas, a favor de un poder compartido, siempre bajo la égida del capital transnacional y el predominio político y militar de Estados Unidos.

Aunque la Comisión Trilateral nunca ha dejado de estar viva y hasta prominentes neoconservadores, como el propio Dick Cheney, han formado parte de ella, tal parece que su influencia será decisiva en el gobierno de Obama. Se dice que Brzezinski fue su mentor en Columbia y que muchos de sus miembros han sido activos colaboradores del presidente electo. De hecho, sus discursos durante la campaña son copia al calco de lo Nye define como el ejercicio del “smart power” (poder inteligente), entendido como una adecuada combinación entre la fuerza y la diplomacia o, si preferimos, del “garrote y la zanahoria”, al decir de Teddy Roosevelt, paradójicamente el gobernante paradigma de John McCain, según él mismo ha declarado.

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Lo que no podrán, sin embargo, ni los más inteligentes estrategas de Washington es fabricar un mundo a su “imagen y semejanza”, apropiándose de una facultad que, según los creyentes, está reservada a Dios. La crisis actual de la hegemonía norteamericana no depende solo de los errores de sus gobernantes, sino de las transformaciones que están teniendo lugar en el mundo contemporáneo, en particular, de la resistencia popular a un orden injusto y a todas luces suicida para la humanidad.

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Son tantas las variables que escapan del control norteamericano, que habría que ser adivino para pronosticar el futuro de la política exterior de ese país. En realidad, es dudoso que el propio Obama lo sepa, sobre todo cuando enfrentamos una crisis económica global, cuyas consecuencias sociales y repercusiones políticas resultan imprevisibles. Lo único que parece cierto, es que la inestabilidad será la tónica de los tiempos por venir.

No obstante, una lectura de la aplicación del “smart power” en la actual situación, pudiera indicarnos que Obama tratará de encontrar una solución multilateral a la guerra en Iraq, lo cual tendrá un impacto en la política hacia Irán y el resto del Medio Oriente; que intentará de atenuar el conflicto israelí-palestino sin menoscabar los intereses de Israel, país con el cual se comprometió como con ningún otro durante la campaña, y que Afganistán continuará siendo una guerra de baja intensidad, acorde con el interés de mantener cierto nivel de la carrera armamentista y salvar la cara de Estados Unidos –en especial del propio gobierno- en la guerra contra el terrorismo.

Es de esperar que busque respuestas coordinadas, especialmente con Europa, para enfrentar la crisis financiera, lo que tendrá otras implicaciones en el manejo de las finanzas internacionales y las relaciones entre los aliados. Las relaciones con Rusia son una incógnita, toda vez que interesa su economía pero se teme a su influencia, en particular en el contexto de una alianza continental que disminuya el peso específico de Estados Unidos en el área. Lo que se decida al respecto, influirá en la política norteamericana hacia los antiguos países socialistas, utilizados por Bush tanto para debilitar la unión europea como para cercar a Rusia, revitalizando antiguos proyectos de defensa nuclear.

Otro caso en debate es el de China, toda vez que estamos en presencia de lo que constituye un problema –la competencia- y, a la vez, una solución, ya que la economía norteamericana no podrá sobreponerse sin el mercado chino y, sobre todo, sin su inmenso superavit de capital. La política hacia China repercutirá en toda la política asiática, particularmente en las relaciones con Japón, en el problema de las dos coreas y en la existencia de Taiwán como país independiente.

Es de esperar que, si no estamos equivocados con el sujeto, Obama intentará una política más compasiva hacia África, lo que puede traducirse en cierto aumento de la ayuda económica y la promoción de planes humanitarios internacionales, destinados, al menos, a paliar los inmensos sufrimientos de esos pueblos.

Otra interrogante será América Latina. Es difícil imaginar que Estados Unidos se conforme con los procesos nacionalistas y de integración que están teniendo lugar en la región, por lo que acciones de desestabilización y el apoyo a grupos opositores continuarán formando parte de la política hacia la región. No obstante, al igual que ocurrió al gobierno de Bush, parece poco lo que puede hacer para evitarlo. Máxime cuando el propio Obama se cuestiona la conveniencia de los acuerdos de libre comercio y está sujeto a la presión de los sindicatos y los agricultores, que abogan por una política más proteccionista. Tampoco el problema migratorio tendrá una fácil solución, por lo que continuará siendo una fuente constante de tensiones, especialmente con México y Centroamérica.

No obstante, si aún así el nuevo gobierno de Estados Unidos opta por el diálogo para enfrentar estos problemas, encontrará oídos receptivos en la región, recuperando, al menos en parte, la maltrecha influencia de su país en los procesos en curso.

Asumiendo el mejor de los escenarios, cabe suponer que el militarismo tendrá menos peso en su política y buscará un acuerdo negociado en Colombia; que mejorará, quizá sin progresos dramáticos, las relaciones con Cuba y Venezuela, y que privilegiará las relaciones con México, Brasil y Chile, tratando de encauzar el debate regional a través de la OEA. También es posible que la lucha contra el narcotráfico sea abordada a partir nuevos parámetros, disminuyendo su actual naturaleza intervencionista, e incluyendo los problemas del consumo, que tanto afectan a la población negra norteamericana.

A falta de otra brújula para prever el destino de la política exterior de Estados Unidos, sería oportuno seguir la indicación que nos hacen los criminalistas de ese país: “follow the money”, nos dicen ellos cuando pretenden investigar algo turbio y aquí vale la pena aplicar el principio, ya que si el dinero continúa fluyendo de manera prioritaria hacia el sector financiero, aumento una burbuja que no tiene asideros en la economía real, y la producción de armamentos continúa siendo el motor de la economía estadounidense, tendremos una política necesariamente orientada a la imposición del neoliberalismo y la constante creación de focos de tensión, toda vez que tales premisas resultan insostenibles en un verdadero clima de paz internacional.

Hasta dónde Obama quiere y puede transformar esta realidad es lo que aún está por verse. Para bien o para mal, como cualquier otro gobernante norteamericano, tendrá que debatirse entre lo deseado y lo posible, aunque a su favor cuenta con su evidente inteligencia, el atractivo de su personalidad, el mito que lo rodea y, quizá, la humildad que le viene de su origen. Más allá del color de su piel, estas características son lo que pueden convertirlo en el presidente más “raro” de la historia de Estados Unidos. Ojalá que así sea.

Jesús Arboleya Cervera
Historiador y politólogo cubano.

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