Osorno y Chile sufren con las palabras del Papa

MarcoProfundo desconcierto han provocado las declaraciones del papa, con las que hace una férrea defensa del obispo de Osorno, Juan Barros Madrid. En ellas responsabiliza a los políticos de izquierda y califica como “calumnia” los juicios contra el obispo; además de expresar severas palabras contra la Iglesia de Osorno, tildándola de “tonta”.

Dichas declaraciones datan del mes de mayo, cuando habían transcurrido dos meses de la bochornosa investidura de Barros como obispo de Osorno.

Cuando han corrido  casi cinco meses de las palabras del Papa, el movimiento contra el obispo Barros, lejos de apagarse, se ha consolidado y manifiesta signos de fortalecimiento entre el laicado de Osorno, dentro del clero, en la vida religiosa y dentro del diaconado permanente. Dicho fenómeno ha escalado, convirtiéndose en un serio problema de la Iglesia chilena, que concita el apoyo de algunos obispos, así como de un amplio espectro de la ciudadanía, llegando incluso a adquirir interés mundial.

En el contexto actual, las palabras del Papa son extemporáneas, especialmente porque los hechos sucedidos con posterioridad ratifican el grave error cometido con su nombramiento. No en vano a la fecha existe un voluminoso acopio de antecedentes que demuestran que el rechazo de Barros, no sólo se ha extendido transversalmente, sino que cualitativamente ha adquirido gravedad pastoral. Al respecto baste señalar la seria división que afecta a la Iglesia de Osorno, el hastío de algunos miembros del clero por servir en esa diócesis e incluso, el deterioro de la salud del obispo Barros.

En consecuencia, las declaraciones del Papa se difunden en momentos significativos para la Iglesia chilena. Siendo desafortunadas aquellas palabras, es evidente que las mismas parecen difundirse intencionalmente, pero ¿con qué propósito?

En Chile, los escándalos de Karadima siguen copando los espacios noticiosos en los últimos meses, siendo más intenso en las últimas semanas.

La filtración de los correos de los cardenales Errázuriz y Ezzati, así como la violación de la correspondencia personal del primero con el padre Karadima y su discípulo Diego Ossa, dieron motivo de escándalo y vergüenza. A ello se suman los efectos de la demanda civil que enfrenta el Arzobispado de Santiago por negligencia y encubrimiento de los abusos del ex párroco de El Bosque. Más recientemente, la difusión de la película El Bosque de Karadima, ha vuelto a impactar a la opinión pública con los horrores de la pederastia.

Claramente la difusión de las declaraciones del Papa consiguen distraer el foco de la atención pública, desde los escándalos de la Iglesia chilena hacia Roma, tratando de repartir, indebidamente, los costos personales de tanto escándalo con la persona del Papa.

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Desde la mayor gravedad de las culpas que recaen en la persona del padre Karadima, hasta la lenidad que le cabe al Papa por nombrar y apoyar a un obispo salpicado por la complicidad en graves delitos, hay un conjunto de actores involucrados con diferentes grados de responsabilidad en esta sórdida historia. A la negligencia de los arzobispos de Santiago, personalizada en los cardenales Francisco Javier Errázuriz y Ricardo Ezzati, se suma la responsabilidad de Juan Barros y de los restantes obispos de Karadima, incluyendo también a la extensa hueste de sacerdotes que fueron formados por el ex párroco de El Bosque, muchos de los cuales mantienen una secreta fidelidad a su maestro y hostilidad al pastor. Se agregan a ellos, miembros de la alta jerarquía romana, como el cardenal Sodano que construyó una estrecha relación personal con Karadima, cuando fue nuncio apostólico del papa Juan Pablo II en Chile. Éste es parte del circulo de hierro que protege al padre Karadima.

En ese amplio espectro se encuentran personas influyentes que buscan compartir y desviar los costos humanos y las responsabilidades personales de graves delitos cometidos. Entre ellos están quienes informan y aconsejan al Papa, hasta el extremo de exponerlo en las más delicadas situaciones.

Llama la atención la consistencia de las palabras del Papa con las acusaciones proferidas por algunos obispos leales a Karadima, quienes el 6 de agosto de 2010 escribieron sendas cartas al secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, monseñor Luis Francisco Ladaria. Dichas cartas, tenían como objetivo respaldar colegiadamente a Karadima, denunciando una confabulación de la izquierda y de la masonería chilena en las acusaciones de pederastia contra el padre Karadima.

La prensa chilena publicó en agosto de 2013 las cartas de Tomislav Koljatic, obispo de Linares, y Horacio Valenzuela, obispo de Talca. El primero culpaba a “los cristianos para el socialismo” y a la “teología de la liberación”, señalando que “Tristemente en estas acusaciones han convergido enemigos declarados de la Iglesia (Masones y liberales)”. El segundo obispo declaraba: “Son grupos en Chile muy poderosos, que dominan magistralmente la opinión pública, ligados a la izquierda política o a la masonería, que manejan gran parte de la prensa y han penetrado de modo significativo, entre otros, el poder judicial.”

Desde hace algún tiempo, un grupo -principalmente de laicos y laicas- viene advirtiendo lo que han denominado la profunda crisis de la Iglesia chilena. No han sido escuchados. Al contrario, han sido desprestigiados y, muchas veces, denigrados. Son personas que con perseverancia y con total desinterés, han testimoniado un elevado amor a la Iglesia y al Papa, pidiendo y clamando que atienda con urgencia las consecuencias de una crisis grave y profunda, que ha provocado el descrédito y la desconfianza de muchos.

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En el mismo día en que se difundieron las palabras del Papa defendiendo al obispo Barros, se publicó previamente una entrevista al vicepresidente de la Conferencia Episcopal de Chile, don Alejandro Goic Karmelic, quien manifestó su dolor por la situación que vive la Iglesia chilena.

El papa Francisco debe saber que don Alejandro es un obispo creíble y respetado en Chile, en quien la sociedad chilena reconoce un rostro fiable y cercano que puede prestar un gran servicio para restaurar las confianzas perdidas en la jerarquía de una Iglesia que se ha vuelto triste y donde muchos han perdido la esperanza. La Iglesia chilena necesita ayuda urgente, porque “Cada vez que la Iglesia abandona el camino de Jesús para preocuparse de asegurar cuotas de poder y de prestigio, la oscuridad ha impedido que florezca el Evangelio.” (Entrevista a monseñor Alejandro Goic K., publicada en revista Qué Pasa).

Por Marco Antonio Velásquez Uribe

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