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Por mil días, 40 años

diamela eltitPor una primavera social tuvimos 40 años de infierno e invierno. pero no hay mal que dure cien años ni gil que lo aguante. chile recuperó su memoria.

Resulta impresionante o impactante o intolerable que después de cuarenta años los tres candidatos a la presidencia 2014 de la derecha (Longueira, Allamand, Matthei) no hayan podido mencionar las expresiones: “golpe de Estado” ni “dictadura”. Esa negación de la historia resulta, por decir lo menos, agresiva para la ciudadanía que buscan o buscaban representar. Lo es, porque por una parte legitiman una y otra vez el golpe de Estado y por otra, se oculta o se vuelve intrascendente todo el espectro de vulneración a los derechos humanos que nunca cesó en Chile por casi dos décadas.

Después de 40 años la batalla por restablecer la democracia en Chile no ha terminado. Y no ha terminado porque en la medida que no se reconozca la extensión de lo que sucedió en el país, persiste un peligro muy latente, ultra material de que frente a movimientos en los ejes políticos y económicos planteados y manejados por la derecha y ante cualquier intento por frenar el vendaval de la desigualdad social que nos invade, vuelvan a aparecer signos golpistas.

Los 40 años del golpe ponen de manifiesto que el centro de la operación más destructiva del siglo XX estaba regida por el dinero. Que este desastre fue posible por la unión letal entre el poder militar y una derecha ávida de poseer todos los medios y los modos de producción. Y por eso, estos 40 años marcados por una desigualdad sin precedentes se manifiestan hoy en un escenario que necesita una fuerte analítica por las aristas en que se tejen los tiempos y las memorias históricas.

Ahora, de manera más que evidente, los 40 años del golpe de Estado, se rememoran a sí mismos en los ejes más concretos de la contienda electoral. Con una exactitud alucinante, casi lacaniana, la imagen del “padre” vuelve a encarnarse en la figura de las hijas. El padre muerto como signo de un proyecto vencido por sus pares militares y el padre vivo como memoria actual de un tiempo “victorioso” e impune fundado en la constitución pinochetista, el orden y la concentración de riqueza.

Las hijas se ven enfrentadas en una contienda en la que, de una u otra manera, se mide el pasado. Un pasado que no ha dejado de transcurrir en el curso de un tiempo presente inestable, todavía marcado por los signos de una catástrofe humana que hoy está inscrita entre un padre muerto en prisión y el padre libre (de polvo y paja). Es esa la encrucijada en la que se miden los cuarenta años transcurridos.

Mientras Bachelet, proveniente de una izquierda socialista que ha girado hacia una derechizada social democracia, busca el centro (fáctico) para legitimarse, Matthei aspira también a un centro que diluya la violencia física y económica de la alianza cívico-militar que ella representa.

Pero más allá o más acá de lo que parece ser una quizás demasiado lineal obra de teatro digna de una representación dramática, la historia de esos años destructivos no cesa. Las candidatas, hijas de generales, ahora portan “la historia” sobre sus espaldas. Pero, claro, no se trata simplemente de obtener la presidencia, no, se trata de continuar una ruta ganancial (en todos los sentidos) prediseñada por la dictadura escrita en la Constitución del 80 o si Bachelet, la más probable futura Presidenta, se atreverá a abrir el horizonte social hacia una real diversidad en donde los derechos y las necesarias libertades puedan ser dirimidas de manera democrática.

Resulta incierto lo que sucederá en Chile. Pero en esta ocasión única quiero recordar aquí en cuánto el golpe de Estado afectó la información y la circulación de ideas. Y por eso, 40 años después, la aparición de una edición especial impresa del diario Clarín recuerda su propio doble fin, sellado primero por la dictadura y consolidado después por la Concertación en un acto en que cumplió fielmente el pacto binominal que la llevó al poder.

Por Diamela Eltit

El Ciudadano Nº146 / Clarín Nº6.923

Septiembre 2013

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