Columna de opinión

¿Qué pasó con el afiche de Chávez?

Vivimos en un momento histórico en el que ninguno de los proyectos globales disponibles puede absorber, plausiblemente, los compromisos éticos e intelectuales de la izquierda socialista. Es una situación de desamparo subjetivo y político inédita en la historia de la modernidad.

¿Qué pasó con el afiche de Chávez?

Autor: Claudio Aguayo

Por Claudio Aguayo-Bórquez

Está terminando este fin de semana negro y quería compartir con algunos amigos y compañeros algunas reflexiones personales sobre la captura de Maduro y lo que creo que representa no solo en el plano geopolítico—que me parece cada vez más evidente y obvio: una arremetida global de Estados Unidos por salvar su dominio imperial—sino también en el plano de nuestra condición y nuestra complexión subjetiva como izquierda latinoamericana.

Leí al escritor chileno Rafael Gumucio esta tarde y decía que, como persona de izquierda, no puede sino alegrarse de que hayan capturado a Maduro. Que su “corazón” está alegre de que haya caído un dictador, y que le parece inentendible que la izquierda ponga primero sus principios morales y después el corazón, la necesidad de alegrarse, el regocijo ante la caída de una terrible dictadura.

Pero la situación en la que nos encontramos es la opuesta, y más bien nos impone la necesidad de preguntarnos de cómo esta situación nos pone tan terriblemente tristes, nos disminuye y nos afecta tanto, inclusive corporalmente, incluso si Maduro es la síntesis individual de una catástrofe política y de la degeneración del socialismo venezolano. ¿Cómo podría alguien alegrarse de ver un final tan terrible y oscuro para un proceso que nos dio tantas esperanzas cuando comenzó, cuando se asentó, cuando enfrentó a Bush, la guerra de Irak, el golpe de 2002? ¿Ya no nos acordamos de los Círculos Bolivarianos, de la Asamblea Constituyente que lideró Chávez, de cómo desfilaban los prolíficos intelectuales progresistas de la metrópoli europea y estadounidense por Venezuela y publicaban sus libros a precio de huevo en las editoriales estatales de la República Bolivariana? Momentos de regeneración intelectual y política muy intensos.

Gumucio se alegra de la caída de Maduro sólo porque no ha sido nunca una persona de izquierda. Gumucio es un hijo de esa élite progresista de clase media alta educada en la Europa del exilio, de esa élite que no se imagina viviendo en una casa humilde, con lo justo y necesario para tener dignidad, pero sin esa prolífica acumulación de bienes de medio pelo a la que se podría llamar el lujo pequeñoburgués—MacBook, Té Chai, Netflix, películas de Pedro Pascal, poemas de Nicanor Parra. Toda una cultura para entender el corazón. Esa izquierda odia a la Unión Soviética; se queja particularmente de su arquitectura cuadrada, porque se contrapone a ese sueño tan pequeñoburgués de la casa propia como expresión de la rebeldía privada.

El comunismo, dijo la filósofa rusa Kethi Chukhrov recientemente, es insoportable para la clase media radicalizada que estetiza la resistencia y convierte su activismo en una obra de arte. Es insoportable porque está pensado para los que no tienen nada que perder, no para ese segmento de la sociedad que, aunque progresista, pierde algo con la redistribución de la riqueza—el discreto encanto y las delicias de la vida pequeñoburguesa.

…esa “izquierda” de clase media alta que se forró y se forjó a la sombra del Estado, de las universidades, de las ONG y de los partidos de la ex Concertación. Una izquierda que no quiere perder ni pan ni pedazos: que quiere conservar la deliciosa combinación del poder de compra de los salarios altos y la dignidad de las credenciales universitarias con el radicalismo discursivo…

Es de esa “izquierda” de clase media alta que se forró y se forjó a la sombra del Estado, de las universidades, de las ONG y de los partidos de la ex Concertación. Una izquierda que no quiere perder ni pan ni pedazos: que quiere conservar la deliciosa combinación del poder de compra de los salarios altos y la dignidad de las credenciales universitarias con el radicalismo discursivo al estilo de Irina Karamanos. Una ‘izquierda’ que quiere mantener la superabundancia del mundo de las mercancías y al mismo tiempo acercarse al socialismo.

Hoy el gobierno de Estados Unidos secuestró a Nicolás Maduro. Maduro no es un héroe. Pero es el resultado de un proceso que, en principio, ofrecía una versión poco dogmática, fresca, del socialismo —y que particularmente llegó al poder por la vía electoral. Con la ayuda implícita del bloqueo estadounidense, el socialismo venezolano se volvió irreconocible. Aun así, ¿realmente algunos piensan que una invasión y secuestro como el que presenciamos va en la dirección correcta?

Este proceso nos devasta porque deja el poder imperialista al desnudo; evidencia que las palabras democracia, estado de derecho, derecho internacional, han dejado de tener significado en un mundo donde las mediaciones entre el capital y la vida se han vuelto innecesarias. Y en donde la única fuerza interna al mundo capitalista capaz de inventar otro planeta y otra sociedad—el poder del trabajo organizado—no tiene organicidad, cohesión; es una casilla vacía actuando a tientas para vivir una existencia zombie. Como clase, los trabajadores de hoy buscan soluciones, claro está, no en la organización y la revuelta contra la barbarie, sino en el trabajo informal disfrazado de emprendimiento, en la nostalgia por los años dorados del neoliberalismo, en la monetarización de su propio cuerpo y de sus propias capacidades cognitivas mediante algoritmos y redes sociales, etc.

La catástrofe de nuestra época es que, frente a la impotencia estructural del progresismo y de los populismos latinoamericanos para transformar la sociedad, la ultraderecha global utiliza impulsos anticapitalistas espontáneos de las masas para fortalecer sus posiciones. Una rabia genuina contra las élites políticas y profesionales reemplaza, subjetivamente, la lucha de clases. La ultraderecha supo diagnosticar y aprovecharse de esa rabia contra las élites, y anticipar resultados favorables a su política neoliberal extrema. Liberales de limusina, wokes, globalistas, el “Estado profundo”: una serie de adjetivos utilizados por la ultraderecha para agudizar, encarnecidamente, las contradicciones entre la clase trabajadora “de a pie” y la élite profesional progresista de las grandes ciudades.

Paradójicamente, esta misma élite profesional progresista se ha esmerado en dar muestras de blancura y buena conducta a la derecha global, una y otra vez. Condenando a sus anchas a los regímenes o gobiernos que la derecha exige condenar. Participando del consenso global que equipara al socialismo con el totalitarismo. Recordemos al respecto, y esto podría sonar casi como un chiste, que en Chile los seguidores de Hannah Arendt (quien inventó el término totalitarismo agrupando, epistemológicamente, al socialismo soviético y al nazismo en un mismo campo) empiezan en la ultraizquierda y terminan en la ultraderecha, con la flamante senadora Vanessa Kaiser.

Ese consenso al que accedió la izquierda profesional progresista y su confianza en las ficciones jurídicas del imperio del capital permitió también, en parte, la captura de Maduro. Ahora se arrepiente, quizás, porque al fascismo no le han interesado nunca sus muestras de buena conducta.

Ese consenso al que accedió la izquierda profesional progresista y su confianza en las ficciones jurídicas del imperio del capital permitió también, en parte, la captura de Maduro. Ahora se arrepiente, quizás, porque al fascismo no le han interesado nunca sus muestras de buena conducta. No le interesó en 1933, cuando Hitler no perdonó a la socialdemocracia alemana, no le interesó en las dictaduras latinoamericanas, no le interesa ahora.

Volviendo a Gumucio, ahí vemos, en esa romántica, ingenua, maravillosa apelación a la alegría del corazón por ver al malvado Maduro marchando a ser juzgado en tribunales estadounidenses, el problema de nuestra época: esa es nuestra “izquierda”. Ese se volvió el corazón de su subjetividad, tan bien expresada en Gabriel Boric, el presidente poeta que hacía metáforas y echaba a volar simultáneamente su amor por la democracia del Consenso de Washington con sus buenos deseos para la clase trabajadora.

Es una izquierda sin la dimensión obrerista que tuvieron los partidos anticapitalistas en Chile durante casi un siglo. La vida subjetiva en esos partidos, y en sus organizaciones sindicales, era una propedéutica material del mundo del trabajo, que dominaba sus dirigencias.

Volviendo a la pregunta de por qué nos duele tanto la captura de Maduro, es que deja sentir la oscuridad de una época en la que el capitalismo domina sin contrapeso. En algún punto de la larga historia de fracasos y jirones que caracteriza al socialismo como proyecto global, León Trotsky planteó que la solución para la burocratización y el estancamiento del proyecto soviético era más socialismo, no menos. Algo que él llamó revolución permanente. Hay algo históricamente no probado, pero hipotéticamente certero: la degeneración de los proyectos de transformación social no se soluciona con capitalismo. Conocemos esta realidad por el lado malo. Cuando cayó la URSS los burócratas se convirtieron en oligarcas millonarios y encumbraron al poder a personajes como Vladímir Putin. Puede ser históricamente una pregunta ficcional, pero ¿qué habría pasado si la Perestroika y la Glasnot hubieran tomado una dirección no-capitalista?

Vivimos en un momento histórico en el que ninguno de los proyectos globales disponibles puede absorber, plausiblemente, los compromisos éticos e intelectuales de la izquierda socialista. Es una situación de desamparo subjetivo y político inédita en la historia de la modernidad. Una porción de la izquierda espera que los tanques rusos o la tecnología china nos salven de la voracidad de la clase billonaria que gobierna el mundo sin contrapeso. No va a ocurrir, porque esos proyectos son expresiones transmutadas del mundo de la valorización y la acumulación.

La captura de Maduro representa un evento que hace historia. Secuestrado en medio de la noche, llevado a Estados Unidos, dejando atrás un proceso de transformaciones dramáticamente descompuesto y agotado, ejemplifica la disposición global del capital y su conciencia límpida de que no tiene contrapesos locales.

La captura de Maduro representa un evento que hace historia. Secuestrado en medio de la noche, llevado a Estados Unidos, dejando atrás un proceso de transformaciones dramáticamente descompuesto y agotado, ejemplifica la disposición global del capital y su conciencia límpida de que no tiene contrapesos locales. Que su poder es el más crudo y el más irreprimible. Nos trae a la mente esa canción de Santiago del Nuevo Extremo; “¿Qué pasó con el afiche del Che?” Una melancólica canción que evidencia la desazón de un mundo de esperanza hecho añicos, convertido en anecdotismo y nostalgia. “No hicimos nunca un temporal”, dice la canción: nuestra revolución no funcionó. Pero hay un lugar, una frase, que quizás podría ayudarnos en esa canción: “quien ha soñado sabe cuándo despertar, la magia mueve al sol también”.

Los enemigos de la igualdad, los dueños del capital, hace décadas aceitaron sus discursos y afilaron su comprensión del mundo. Inventaron un lenguaje político para encasillarnos, un lenguaje que se volvió eficiente y espontáneo, debido a la torpeza histórica de la izquierda tradicional y su asentamiento estructural en las élites profesionales. Vivek Ramashwamy, intelectual de ultraderecha estadounidense, pone como condición de la unidad de la derecha política reconocer tres verdades universales: dios existe, el capitalismo es el único sistema posible para administrar la sociedad, y la familia nuclear es la mejor institución moral de la historia. De este lado, en cambio, carecemos del universalismo mínimo para dialogar; nuestras propuestas parecen más bien un collage de ideas heterogéneas, una mescolanza entre afinidades identitarias, participativismo, y sueños escandinavos. Al mismo tiempo, nos convencemos una vez más de la necesidad de aliarnos con neoliberales de rostro humano para no ser acusados de intransigencia.

Las ideas no vienen solas al mundo. La realidad no es un epifenómeno de las buenas ideas, como creen algunos sociólogos: no es que las ideas de Aleksander Duguin hayan configurado el espacio mundial. Es que expresan problemas concretos de la realidad material. Ni Milton Friedman, ni Hayek “inventaron” el neoliberalismo: constituyeron una síntesis teórica de procesos que estaban ocurriendo a sus espaldas —el agotamiento del patrón oro, la tasa decreciente de ganancia, etc.

Marx dice que la economía política burguesa es el lenguaje del capital; de la misma manera el pensamiento autoritario contemporáneo es el lenguaje de una masa creciente de excedentes y ganancias con las que la gran burguesía mundial, tecnofeudal o clásica, tiene que hacer algo. Y las restricciones del lenguaje democrático y la ley internacional ya no le sirven. ¿Qué procesos expresará nuestro lenguaje? ¿En qué realidad material, actualmente existente, se asentará una política comunista en nuestra época?

La pregunta es cómo despertarnos, volver a pensar, asumir la dramática necesidad de dar pasaje al acto que costará cambios de mentalidad, rupturas, traiciones de clase, renuncias identitarias, vidas. Vivimos, una vez más, en un momento de morbosas amenazas. Tironeados entre una imperiosa necesidad por entender el mundo en que vivimos y pasar a la acción. Obligados una vez más a pensar el socialismo, no ya del siglo XXI, como enarboló el chavismo, sino como alternativa general y universal a la crisis cíclica a la que nos tiene acostumbrados el capitalismo y el revival del imperialismo clásico en el que estamos atrapados. El primer paso será, una vez más, asumir la necesidad de una epistemología y una crítica común del mundo actual, y particularmente del capitalismo —dotarnos, otra vez, de un mapa cognitivo y una imagen del mundo.

Por Claudio Aguayo-Bórquez


Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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