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Roxana Miranda, nuestra cenicienta

maximo quitral

No puedo dejar de analizar las elecciones chilenas sin contemplar con cierta calidez la voz rasposa y sufrida de la candidata del Partido Igualdad, Roxana Miranda. Su figura ha provoca diversas reacciones que se mueven entre el amor y el odio, entre la inocencia y la ternura, entre el desprecio y el cariño, entre la esperanza y el desamparo, entre la simpatía y la caricaturización. ¿Cómo no dejarse seducir por un discurso que tiene tanta realidad social? Bueno, si no se ha estado en cercanía con las vecinas que deben pegar sus dientes con la gotita y que deben armarse de una infinita paciencia para llegar al consultorio más cercano para solicitar una hora de atención médica, difícilmente lo podremos entender. Como no conmoverse con esas frases cargadas de dolor y sufrimiento que representan la permanente marginación y el abandono por el que pasan miles de chilenos que no pueden mejorar su calidad de vida por el simple hecho de no tener un apellido anglosajón, por no haber estudiado en un colegio privado de corte religioso o porque su color de pelo es más bien la encarnación de los “cabecitas negras”.

Roxana sin duda alguna ha provocado un interés mayor en aquellas personas que no lograban sintonizar con un discurso producido desde el alma; alejada de la generación de mensajes grandilocuentes con cierto hálito a sintético y que traen a la memoria episodios personales que el grueso de Chile ha vivido en carne propia. Sus adversarios políticos la tachan de resentida, pero claro, cuando el síndrome del arribismo se apodera de los cuerpos, cualquier persona que huela a “pueblo” es digna de ataque para diferenciarse del “otro” por no estar a la altura de nuestro próspero país. En otros casos, algunos pseudointelectuales con el síndrome del snob ñoño, lanzan frases clasistas por redes sociales con el afán de “darle alegría a un país que le cuesta reír”, como si remarcar las diferencias sociales sea motivo de orgullo para quien las pronuncia. Otros en tanto, la acusan de no contar con las propuestas justas para los problemas expuestos por su persona, argumento casi infantil, cuando los otros candidatos se mueven entre los ataques personales y la ambigüedad en los contenidos.

Claramente su objetivo no es ganar en primera vuelta, pero bien podría ser la cenicienta de estas elecciones, la niña linda del baile que todos quieren seducir, pero que no se atreven por el temor al qué dirán. Ha sido una especie de pepe grillo de los candidatos de las elites, que cada cierto momento deja al descubierto el evidente desconocimiento de la realidad y la distancia entre el Chile real vivido por ellos y el espejismo social que construyeron los grandes grupos económicos, con el simple afán de mantenernos en una burbuja personal. Burbuja que se rompe con total facilidad al más mínimo imprevisto social.

Probablemente no estemos acostumbrados a candidatos anti-oligárquicos con discursos que apuntan a los problemas reales de la gente, que se presenten abiertamente cansados del Chile de hoy y que promueven acciones radicales. Más bien nos interpreta un Chile moderado, algo pacato y temeroso a las transformaciones de raíz, aunque ciertamente nos quejamos de todo. Aun así, seguimos dándole poder a los mismos que nos dejaron en estas condiciones, casi anestesiados de la crítica social y de la dignidad personal.

Roxana encarna precisamente esa rabia contenida de un pueblo escondido y morocho, ocultado por los poderes fácticos, que busca darle salida política a quienes no tienen voz en una sociedad dominada por el consumo, el mercado y profundamente patriarcal. No se puede desvalorar su propuesta arriesgada que a ratos choca con los límites permitidos por las oligarquías político-económicas, pero que por suerte, logró presentar. Esta cenicienta tiene para rato, y no puede quedarse en el mero proceso electoral o en el discurso contestatario si quiere continuar en política. Ella está llamada a impulsar un proceso de recomposición del tejido social más profundo del que se piensa, y en el cual, claramente, muchos se deberán sumar.

Por Máximo Quitral

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