Si matan el arte, irremediablemente muere el artista

Pasan las horas y nada detiene la rabia, la impotencia, el clamor de un Pueblo, sí, con mayúscula porque éste no tiene nombre, ya que nuevamente somos todos, todas y todes
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Pasan las horas y nada detiene la rabia, la impotencia, el clamor de un Pueblo, sí, con mayúscula porque éste no tiene nombre, ya que nuevamente somos todos, todas y todes. Un Pueblo sin fronteras y que recorre todo el mundo sumando crónicas, columnas y portadas.

#JusticiaparaFrancisco es la proclama, pero le antecede otra muerte lenta y también evitable. Me refiero al Arte y su legado en la historia.

Murieron los poetas en las Polis, las esculturas con los Imperios, las pinturas con desnudos en el renacimiento, el arte en general (y las humanidades, como el intento de abolir la filosofía) ante la ciencia del proyecto moderno, la literatura en las guerras mundiales, la poesía y la música en las dictaduras. Muerte, censuras, fogatas y balas.

Ejemplos de censura hay muchos. Shakespeare, Miguel Ángel, Manet, Cervantes, Quevedo, Goya, Dexel, Davis, Morrison, Pussy Riot, Las Tesis y una larga lista.

La censura del arte siempre busca su muerte, aunque muchas veces refuerza su legado. El rock and roll, heavy metal, el rap y hip-hop. También a Lennon y Madonna. Los graffiti y los músicas y músicas “ambulantes”.

Así mataron a Víctor Jara y García Lorca, entre muchos y muchas más que padecieron ante la censura política e ideológica del arte.

Pero, las artes no sólo han sido perseguidas ni acalladas, también han intentado matarla con recortes presupuestarios, con misteriosos incendios o con lo cotidiano de “no estudies artes, te morirás de hambre” y el clásico “por amor al arte”. Pero los Pueblos tienen memoria y ya lo he dicho antes, “no hay memoria sin arte”.

Entonces, qué está en juego con el asesinato de Francisco. Todo lo anterior, pero, también lo está el procedimiento policial, la institucionalidad, la escasa formación en derechos humanos, el menoscabo de la filosofía y de una pedagogía crítica en la educación del siglo XX. Vivimos la consecuencia de siglos de opresión, censura y “artefobia”.

Cuántas personas cierran las ventanas en los semáforos, no por carecer de monedas, sino porque temen por su seguridad. El imaginario colectivo provocado por una histórica política del terror, que por siglos ha sido machista, homofóbica, racista y clasista, también disparó esa bala.

El insensato proteccionismo institucional aludiendo a la defensa propia, hablando de arma blanca y no de herramienta de trabajo e instrumento artístico. No hay prontuario, noticias falsas o locura que respalde dicho actuar.

Cuando muere al arte, muere el artista. Pero, claro está, su legado siempre resiste, porque las artes son revolucionarias, o no son. La moneda que antes ha censurado, hoy se limita porque ven a aquel como un gasto y no como una inversión. El capitalismo fagocita las culturas y las artes, o las utiliza a su favor mediante el dominio de la mal llamada entretención, que sólo distrae lo realmente importante. Y al momento de llegar una pandemia, se abren primero los centros comerciales que los teatros.

Aprendamos, por fin, la lección. Las artes no deben morir. Mucho menos sus artistas.

Juan Alejandro Henríquez Peñailillo

Profesor de Filosofía y Fundador Colectivo Filopóiesis

Integrante de la Red de Equipos de Educación en DDHH (REEDH)

Integrante de la Asociación de Investigadores en Artes y Humanidades (AyH)

Integrante de la Red de profesoras y profesores de filosofía de Chile (REPROFICH)

www.juanhenriquez.cl

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