Sobre eros y tumbas

Este es un libro aparecido en marzo de 2017, en La Serena de los campanarios, de la Provincia del Elqui. Su autor, nacido en la Estación («al mediodía de los trenes») de Copiapó, en el barrio Borgoño, y que, por eso, establece un destino –un ananké–, tiene ya su primera filiación en la nación atakameña. Cuestión importante de considerar al momento de la lectura de este libro plural, polisémico (como la mejor poesía, si no la única manera de entender el movimiento y el transcurrir de lo poético, de la poiesis), por cuanto se trata de un canto apasionado a la historia de ese lugar del norte infinito, con sus aparecidos y sus desaparecidos, sus viudas y sus madres, sus vírgenes y cabronas, con sus hijos e hijas más fulgurantes, en una continua confrontación con los agentes del odio y de la culpa y del abandono que tratan de borrar existencias e identidades: «Aquí no hay gestas ni tumbas; hay hijos y padres encontrados en el hueso: tuétanos de Dios que todavía quieren abrazarnos» (p. 21). Porque aquí se trata de la porfía de las historias frente a la Historia, del hacer cotidiano de lo que somos frente a lo que los poderes centrales quieren que seamos y que nos designan un lugar y un modo general de pertenencia arbitrario: «Por los viejos apires de Chañarcillo, estaba al tanto: Una vez más, al hundirse en bolsillo de la guerrera de zuavo, tropezaría con bosta y no con la Copa de Oro que había escondido para testificar la existencia de Tololopampa» (p. 11). Después de todo, lo legendario (la Copa de Oro de su nombre, la Llorona, la Chupilca del Diablo, la Candelaria, etc…) sólo puede existir en los vínculos comunitarios, en lo que afirman los habitantes que pueblan aquellos parajes que la Historia oficial abandona, en las aldeas que habitan el desierto, en el desierto mismo y sus vasijas de greda, conformados de aquella «sangre de sol entre arenales» –como dice el poeta al comenzar/terminar este poemario– y que luego reafirma cuando sentencia que: «…ninguna profecía sirve en un pueblo muerto. Toca la otra puerta. Y a la vida, vuélvete» (p.49).

Pero la segunda filiación está en el estilo general de la escritura de Volantines. A él le gusta definirse como barroco, pero podríamos decir que su escritura no es barroca sino que ba-rokha, en el sentido de que esta segunda filiación es rokhiana. Se podría decir que hay una cercanía, un reconocerse con el Pablo de Rokha de la “Posada de don Lucho Contardo”, por ejemplo, o de algunos giros del “Canto del Macho Anciano”; no en sus temas, claro está, ni solamente en su estilo, sino que en el recurso de mimetizarse con el paisaje que se hace suyo: «Fui habitada por el hombre, pero no por el amor. Piedra de desmonte yazgo, pueblo deshabitado, churqui seco, chamusca de arboleda que se volvió la sed más desesperada. Me volví vasija trizada y colmada por ríos de arena. Solo me besa el viento. Cactácea yazgo, solo amada por cabras y camanchaca. Escuche, Padrecito, cómo el viento me habla y ladrando va por sobre senos salobres de la pampa.» (p. 25), como también con el nombrar lugares y gentes como formando parte, tanto ontológica como ineludiblemente, de la estructura del poema y de una geografía más allá de los límites reductores de la llamada patria chilena y de su tiempo histórico: «Los aparecidos serán como el lago Titikaka/ aguas bailando con el cielo./ Los promeseros volverán con sus herramientas,/ sus boneteazules; sus culeros y flautas de cañas./ Y fundarán este mundo descendiente de Tiwanaku:/ Donde las estrellas serán rondas de edificios estelares,/ los animales serán asentidos por su alma y lenguaje,/ y el tiempo y los relojes serán juguetes/ de anticuarios; donde se abrazarán/ los vivos y los muertos» (p. 15). Pero  también el mimetizarse/ metamorfosearse en ese paisaje árido de este norte infinito, quiere rebasar el tiempo más allá de una mera superación del dolor y de la desesperanza: «Solo el eco vino a nombrar –en tumbas de estos desollados parajes– la devastación y la promesa. Ahora eres mi abeja de greda; la que habla con el viento» (p. 71). Porque este canto a Atakama, es también ese decir sobre eros y tumbas que lo conforma –ese eros y thanatos que lo circunda y lo constituye–, y que lo hace el canto de los lugares tutelares que van más allá de la simple ubicación geográfica ya que, a través del dolor y la leyenda, están marcando y definiendo un lenguaje, un modo de vida que da cuenta de una geografía vecina a otras geografías, partes de una geografía común, la pachamama, en toda su extensión tutelar y vivencial.

Este poemario es un viaje de vuelta hacia un eterno viaje de ida, donde se mezclan y se confunden parientes, amigos, personajes históricos y de leyenda, figuras de la memoria, mitos, objetos arqueológicos y barrios tutelares; triunfos y derrotas, y es un viaje de vuelta porque el libro comienza con el canto o sección 30, “Lienzo, el Repase” (que es la descripción de una pintura) y finaliza con el canto o sección 1, “Responso a Copiapó” (que es casi un himno de resistencia). Comenzamos por atrás, o por el final, por decirlo así, y terminamos por delante o por el comienzo. Y eso no es un simple capricho del poeta, sino que una manera de sumirse y subsumirse en lo atemporal que son estos “desollados parajes” y su historia, de instalarse en el eterno retorno que los exorciza y los transforma, porque: «De cada duna de huesos veremos aparecer las columnas de Tololopampa, así día ferozmente bello, donde los antiguos y nuevos y los vivos y muertos seremos, en la fiesta de chayas, sus calles abrazadas en trompo del carnavalito.» (p. 76). Y precisamente por aquí estaría su tercera filiación, la filiación autonómica, federalista y que, por supuesto, atraviesa todo el libro. Como por ejemplo: «En mi sueño de moribunda, de su zaino desmonta. Pero mi secreto tesoro no despierta al jinete que solo tiene estertores para la rebelión. Oigo, en la vasija de greda donde yazgo, a ecos aun cantando La Constituyente con puna de arenales. Escuchan mi agonizar: montañas embarazadas de plata que se abrirán = a ventana hambrienta de infinito.» (p. 48), o casi al finalizar, en el canto o sección 2, “Corrido de la Batalla de Los Loros” donde dice: «Fue ese día, talesporcuales, en que Atakama dejó de ser niebla; empezó a respirar en el pulmón del infinito. Y fue suficiente relincho para seguir despierta.».

Ahora, para finalizar, como ya se consignaba más atrás, el poeta Arturo Volantines termina y comienza este poemario con un “Responso a Copiapó”, en una sonora, afirmativa e infinita danza nortina:

«…donde aún arde la bandera de Atakama,

vivos y muertos wayayay en carnavalito

way, way, waya yay, wayayayayayay, wayayay.»

Por Cristián Vila Riquelme

Algarrobito, Elqui, diciembre 2018

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