Sobre virus, pandemias y guerra biológica

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Foto: CNN

¿Es el Covid-19 un agente biológico creado en un laboratorio y cuya expansión ha generado la peor pandemia vivida por la humanidad desde la gripe española hace un siglo atrás?

Es una pregunta que trataremos de responder teniendo en claro que la prioridad es, primero que todo, combatir la expansión de este virus, enfrentarlo con todos los medios humanos y técnicos que los países posean. Un escenario donde la solidaridad internacional se disponga, al margen de cualquier intento de seguir hegemonizando el mundo, como suele suceder con aquellas potencias enfrascadas en líneas de acción absolutamente condenables, como es seguir sancionando, bloqueando e incluso impedir el suministro de fondos, fármacos e instrumentos médicos y tecnológicos destinados a luchar contra la pandemia, como ha sido el caso del gobierno estadounidense y su contumacia criminal contra Irán, Venezuela y Cuba, principalmente.

Es un análisis necesario, pues la transparencia debe ser un imperativo frente a los rumores, acusaciones de teorías conspirativas, supuestas guerras entre potencias por el dominio político y económico del mundo y dardos cruzados en torno a que existirían laboratorios donde se generaron mutaciones de coronavirus, que dieron por resultado este Covid-19, que ha resultado mortal en materia de vidas humanas, y desastroso en materia social y económica.

Hay tristeza y dolor frente a las miles de muertes en China, Italia, Estados Unidos, España, Alemania, Irán, Francia, Suiza, Corea del Sur, Reino Unido (que reúnen el 80% de los 23 mil fallecidos y 500 mil contagiados, hasta el cierre de esta edición) y el resto de los países del planeta, que en número de 185 ya tiene la presencia del virus en sus territorios.

El Covid – 19 es una pandemia, pues reúne los dos requisitos que la Organización Mundial de salud (OMS) señala: brote epidémico que afecta a más de un continente y que los casos de cada país ya no sean importados sino provocados por transmisión comunitaria.

Los seres humanos tenemos un miedo atávico a enfermarnos, temor que se incrementa cuando una enfermedad se multiplica por miles y de la cual solemos desconocer su origen y qué es lo que influye para contaminarnos. Es allí cuando aparecen las teorías respecto al uso de virus u otros patógenos destinado a ser parte de un arsenal militar, sobre todo cuando se comienza a imponer en la lógica del siglo XXI y en las nuevas formas de enfrentamiento de las grandes potencias lo que se conoce como guerras híbridas.

En ese contexto de guerras híbridas el uso de agentes biológicos es una de las alternativas, transformando así ese contencioso en una guerra biológica, es decir, un conflicto bélico que utiliza toxinas bacterianas o virus capaces de causar infección y/o toxemia. Algunos de estos microorganismos pueden continuar transmitiéndose aún después de haber desaparecido del ambiente donde fueron instalados, mediante contagio persona a persona. Idea que se ha dado a conocer a través de mutuas denuncias entre China y Estados Unidos, donde el país asiático, sostiene que el brote surge en Wuhan pero el contagio, probablemente, fue efectuado por un grupo de soldados estadounidenses que participaron, en octubre del año 2019, en los V Juegos Mundiales Militares, precisamente en la ciudad de Wuhan. Pero, esas acusaciones ya tendrán su tiempo de ser comprobadas con fundamentos científicos y transparencia.

En un atrayente artículo escrito en octubre del año 2001, un mes después de los atentados del 11 de septiembre de ese año en Estados Unidos, los médicos chilenos Miguel O’Ryan, María Teresa Valenzuela y María Elena Santolaya, señalaban los tipos de microorganismos que podrían ser utilizados en una guerra biológica: “Virus como viruela, arenavirus (fiebre hemorrágica), hantavirus, bacterias como Bacillus anthracis (ántrax), Yersina pestis (peste bubónica), Brucella spp, salmonella, Coxiella (fiebre Q), Franciscella tularensis (tularemia) y toxinas como la botulínica y aflatoxina entre otras. Estos microorganismos tienen en común que se asocian con una alta letalidad (muchos infectados mueren) y/o una alta morbilidad (se enferman muchas personas por una alta transmisibilidad del agente infeccioso o por una alta potencia de la toxina)”.

Del 2001 al 2020 esa idea de letalidad no ha variado pero incorpora este nuevo patógeno, de la familia de los coronavirus, ante lo cual estamos atemorizados: las noticias, las elucubraciones, las acusaciones cruzadas, el incremento en el número de muertos causan zozobra. Las muertes por agentes biológicos, con relación a conflictos, no son un hecho novedoso y viene al recuerdo las técnicas militares usadas por los hititas, pueblo guerrero que cuatro milenios atrás, mediante la introducción de conejos, cabras u ovejas afectadas de turalemia (bacteria Francisella tularensis) en los campamentos enemigos, generaban una altísima mortandad. Los asirios, a su vez, contaminaban los pozos de agua enemigos con una toxina llamada Ergotamina generando una dolencia denominada “fiebre de San Antonio”. Y en los escritos homéricos se detalla el uso de veneno de serpientes para ser untada en la punta de las flechas.

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En un artículo interesante escrito por Ariel Palezzesi, se señala: «Durante la Edad Media se pasó de untar flechas con heces a arrojar directamente las heces de las víctimas de la peste bubónica sobre las paredes de los castillos usando catapultas. Y en algunos casos, como durante el asedio de la ciudad de Kaffa, en 1346, directamente se catapultaron los cadáveres de los guerreros muertos de peste, para que contagiasen a los sitiados».

Continúa Palezzesi: «En América del Norte, por ejemplo, la población indígena comenzó a ser diezmada por las enfermedades provenientes del Viejo Mundo, dado que carecían de los anticuerpos necesarios. Existen al menos dos casos documentados de ataques mediante gérmenes de la viruela, transportados en frazadas ofrecidas como regalos a los nativos. Estos verdaderos ‘caballos de troya’ fueron, tal como quedó registrado por el comandante de la milicia William Trent en 1763, entregados especialmente para transmitir la viruela a los indígenas».

Asimismo, un trabajo realizado por profesionales cubanos (país víctima de innumerables ataques biológicos por parte de Estados Unidos desde 1959 a la fecha) nos refieren también hechos históricos donde el uso de los agentes biológicos han sido prácticas militares: «Durante la Primera Guerra Mundial, los alemanes utilizaron ántrax y muermo, infectando caballos y mulas del ejército de Estados Unidos y aliados. En 1931, Japón usó armas químicas y bacteriológicas en su invasión a Manchuria. En la Segunda Guerra Mundial, los nipones lanzaron bombas de cristal con pulgas infectadas con la peste, con el objetivo de expandir la enfermedad. De igual manera, formaron el Escuadrón 731 del Ejército Imperial, dedicado a realizar experimentos biológicos en los prisioneros de guerra».

Tanto ayer como hoy, sea tres mil años atrás o en este cuarto lustro del siglo XXI, la posibilidad del uso de agentes biológicos para enfrentar los conflictos entre pueblos y/o países genera un terror inconmensurable. El uso intencionado de patógenos que pueden transmitirse de un lado al otro del mundo, sobre todo en esta época donde la globalización se concreta en múltiples ámbitos. Una persona afectada por el covid-19 podría haberse contagiado en Madrid, viajar a París posteriormente y luego hacer un viaje transatlántico y aterrizar con su carga vírica en la ciudad de Santiago de Chile. Todo ello en un espacio de tiempo inferior a un día.

Se ha señalado por medios que «aunque todavía puede ser demasiado pronto para llegar a una conclusión definitiva, el portal digital Global Research Analytics recopiló recientemente una parte de un informe de Larry Romanov, experto en economía de la Universidad de Fudan, con sede en Shanghai, publicado al respecto con el título de ‘El coronavirus de China: una evolución impactante’: ¿Es posible que su cepa se originó en Estados Unidos? Las autoridades médicas chinas llevaron a cabo investigaciones rápidas y extensas sobre el origen del virus, identificando todas las especies y variantes mutadas mediante la recolección de aproximadamente 2 muestras del nuevo genoma coronario de cinco países diferentes en los cinco continentes. Durante su análisis concluyeron que los nuevos brotes del coronavirus comenzaron a propagarse nada más finalizarse los Juegos Mundiales Militares que se celebraron en Wuhan entre los días 18 y 27 de octubre del año 2019».

Los agentes biológicos pueden ser utilizados, sin duda, como armas propias de acciones bioterroristas, para ocasionar daños al ser humano en contextos de guerra biológica, como pueden ser utilizados en forma secreta, para ocasionar deterioro en la situación económica de los países y la vida social de la nación agredida. Existen alrededor de 1.200 tipos de agentes biológicos, conocidos también como armas bacteriológicas, que provocan enfermedades y que en un porcentaje importante, en el número de contagios, conduce a la muerte (en el caso del Covid -19 el porcentaje de letalidad ronda entre el 2 al 4% promedio pero en Italia y España ha alcanzado cifras muy superiores), además de constituirse también en una afectación al conjunto del planeta.

El uso político-económico y militar de agentes biológicos constituye un panorama aterrador con la irrupción del Covid-19, cuyo análisis más fino en materia de aparición, conflictos geopolíticos, opiniones científicas, conducen a pensar que pudo haber sido utilizado como un tipo de arma, para generar daño a una población de un país rival, en lo que hemos definido como guerra biológica, constituyéndose en uno de los elementos principales del bioterrorismo, pero con efectos globales no contemplados o que fueron minimizados a la hora de autorizar su uso. ¿Eso sucedió en Wuhan?

Por Pablo Jofré Leal
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