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Universidades de calidad

La Universidad de Chile hace ya más de 22 años comenzó a salir de un largo periodo obscuro impuesto por la dictadura militar, cuando primaban las evaluaciones académicas discrecionales y mediocremente realizadas, así como decisiones autocráticas que pasaban por la eliminación o desaparición de académicos “díscolos” sólo porque resultaban molestos al director designado de turno. Desde entonces ha habido avances notables en democratizar y transparentar la gestión universitaria. Hoy por hoy, en la U. de Chile se cuenta con procesos e indicadores cada vez más objetivos, transparentes y participativos para medir gestión y calidad académica, colectiva e individualmente (aunque muy lejos aún de ser perfectos e infalibles). Lo mismo ocurre con la mayoría de las universidades del Consejo de Rectores, es decir, las principales y mejores universidades del país.

Ello no quiere decir que las mediciones de productividad académica sean siempre utilizadas correctamente. El Rector de la Universidad de Chile, Víctor Pérez, ha encabezado en el último tiempo una notable lucha por eliminar la discrecionalidad de las últimas evaluaciones para la distribución de los fondos basales por parte del Ministerio de Educación. El último caso fue escandaloso, con universidades de segundo orden liderando los rankings nacionales, en función de criterios acordados bajo cuatro paredes, que otorgan ponderación desmedida a una producción cuestionable, relativizada sólo en función de números de estudiantes, por sobre el incuestionablemente superior peso específico que tiene la U. de Chile en la sociedad. Pero la lucha del Rector Pérez en ningún caso pasa por impugnar la calidad y relevancia de la productividad académica de la primera universidad del país, que lidera por lejos en Chile la producción de papers ISI y proyectos Fondecyt, sino que todo lo contrario.

Me refiero a que el cuestionar indicadores objetivos de medición de calidad de una universidad y sus académicos, no sólo sería un absurdo, sino que un acto de total estupidez.

Esto es, una Universidad Pública se construye a la luz de mediciones objetivas y validadas, respetando la libertad de pensamiento y el pluralismo de ideas. La universidad pública por excelencia de este país es una universidad inclusiva, donde deberían tener cabida los mejores académicos y estudiantes, sin importar su credo y condición social. Pero también es una universidad de calidad, donde su real aporte a la sociedad se mantiene vigente a través de una constante producción académica, que es evaluada en función de su calidad demostrada (y no imaginada). Ello no se logra impugnando estándares de medición, cuando las evaluaciones demuestran que no se tiene suficiente productividad, sino que esforzándose colectiva y colaborativamente por continuar liderando todos los espacios relevantes de quehacer universitario. Uno tendería a pensar que en la universidad del siglo XXI existe consenso en estos temas tan básicos, aunque no siempre resulta así.

En una columna publicada en El Mostrador el miércoles 23 de enero pasado, Guillermo Tejeda, actualmente docente de la Universidad de Chile, en una aparente cruzada contra el neoliberalismo, reclama en contra de los, según él, “mercantiles” y corruptos factores de medición y auto-evaluación actualmente ocupados en las principales universidades chilenas. Tejeda es explícito en criticar algunos indicadores, concretamente a) publicaciones académicas o papers ISI, b) grados académicos de los planteles universitarios, y c) proyectos de investigación o creación. Según Tejeda, tales indicadores son irrelevantes, ergo deberían desaparecer de la evaluación académica universitaria, ya que se trataría de una forma de “mercantilizar” el conocimiento y la vida académica, esferas difíciles de cualificar y – según él – imposibles de cuantificar. Se trata a todas luces de un reclamo que revela algunas confusiones conceptuales al mezclar mercantilización con medición. Tejeda expresa, asimismo, un ideal de academia ciertamente romántico pero difícil de consensuar, porque básicamente su reclamo es por universidades hechas a la medida de cada cual.

Las comunidades académicas complejas son sociedades con lenguajes, códigos y prácticas a respetar por igual para todos. Ése es el valor de los indicadores objetivos, que nos alejan de la discrecionalidad y el “amiguismo” del director o decano de turno. El peer-review debe ser una práctica cotidiana y necesaria, desde la primera hasta la última universidad del mundo. Los papers académicos publicados en revistas ISI son evidencia importante que reflejan no sólo trabajos seriamente realizados sino que aceptados por comunidades académicas (científicas o vinculadas al mundo de la creación) del más alto nivel, con carácter internacional. Un paper publicado en revista ISI, o un capítulo de libro con comité editorial, nacional o internacional, implican una contribución que puede ser modesta, pero que trasunta un trabajo revisado por pares ciegos a través procesos objetivos y transparentes. Por supuesto que existe endogamia en algunos círculos de publicación académica indexada, aunque es más la excepción que la regla. También existen otros medios de indexación no tan rigurosos, a los que los académicos pueden acceder, sobre todo en sus etapas iniciales. Para las disciplinas orientadas a la creación, existen indicadores de calidad igualmente válidos y destacables, tales como las patentes, las obras publicadas o expuestas, los edificios construidos y premiados; es decir, realizaciones que la sociedad y los estudiantes valoran y agradecen. La Universidad de Chile ha avanzado notablemente en el último tiempo en configurar una serie de indicadores de creación artística, que son serios, justos y transparentes.

La obtención de grados académicos es, por su parte, importante, por más que se le vilipendie como un subproducto de una carrera frenética en pos de mejorar indicadores. Es cierto que existen varios programas de maestría en el país que no cumplen con estándares mínimos de calidad, y programas de doctorados que no cuentan con los suficientes medios ni apoyos en asegurar investigación a todos sus doctorandos. Sin embargo, una academia nacional fortalecida a través de una renovación constante de su cuerpo académico, idealmente con grados doctorales obtenidos en universidades prestigiosas, implica alimentarse de competencias nuevas y ya demostradas de autonomía en investigación. Lo fundamental de estas competencias radica en desarrollar centros de pensamiento con capacidad de generar conocimiento propio e independiente, sea éste una teoría explicativa, o bien un know-how aplicable en áreas prioritarias de creación o intervención en desarrollo social.

Las universidades que en Chile obtienen más financiamiento para investigación y/o creación, como las universidades de Chile y Católica,  son aquellas donde sus académicos y estudiantes cuentan con los recursos materiales e informacionales para producir conocimiento y experiencias de aprendizaje más complejas y avanzadas. Ése el valor de Fondecyt y por eso los académicos chilenos reclamamos por mayores aportes estatales destinados a la investigación. Jamás se nos ocurriría cuestionar la fundamental importancia de estos fondos. Sin proyectos de financiamiento externo de investigación o creación, las universidades serían meras repetidoras de discursos ajenos, sin capacidad de autoría propia ni de creación de conocimiento actualizado y de avanzada; serían universidades frágiles, llenas de opinólogos siempre fieles a la moda intelectual, o de pobres claustros académicos trivializando el conocimiento, pero no de cuerpos pensantes, independientes y críticos de los “saberes” establecidos.

Es curioso que aún exista en nuestra sociedad y parte importante de nuestra academia local, ese descrédito tan aberrante a la práctica de la investigación o creación seriamente realizada, o la creencia absurda de que un paper ISI equivale a un producto abstracto sin relevancia social, científica o política, o que finalmente se trata de una nimiedad. Hay quienes piensan que, en cambio, la academia puede generarse y reproducirse en base a blogs y/o columnas de opinión, o –cuando hay suerte y algún amigo que lo financie – la publicación de uno que otro libro autoeditado con alguna temática de gusto personal. Lamentablemente, eso se trata de pseudo-academia, generalmente cómoda para las mentes autoritarias que desean perfilar la universidad según sus propios ideales estéticos o políticos, pero no de la educación pública, gratuita, democrática y de calidad que queremos volver a construir en este país.

Por Ernesto López Morales

Profesor Departamento de Urbanismo, Director Académico Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Universidad de Chile

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