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Y los diablos llegaron

Todo es lenguaje, todo nos dice, y entonces, se construye un imaginario.  El lenguaje del ritmo natural con el que se mueve y  baila la vida, a través del quehacer cultural que mece lo cotidiano, las relaciones humanas, las creencias, una forma de trabajo y subsistencia…en fin, todo es lenguaje; también ese movimiento, sonoro o visual, producido por el devenir, con su propio ritmo, que fluye, en distintos lugares y culturas.

Existen teorías acerca de que el ritmo humano recuerda la regularidad con la que caminamos y los latidos del corazón que hemos escuchado en el vientre materno. Otras investigaciones sugieren que no se relacionan con el latido del corazón directamente, sino con la velocidad del afecto emocional. El ritmo, el movimiento, implican  nuestra percepción inicial, instintiva, humana; el sentido del ritmo se desarrolló en las primeras etapas de la evolución del homínido debido a las fuerzas de la selección natural. Numerosos animales caminan rítmicamente y escuchan los sonidos de los latidos del corazón en el vientre materno, pero sólo los humanos tenemos la capacidad de unir vocalizaciones y otras actividades rítmicamente coordinadas, por lo tanto, el ritmo, el movimiento, el sonido, son actividades naturales inherentes a nuestra cultura de origen que nos proyecta a lo que somos.

El domingo 11 de agosto en Illapel, vimos por segunda vez  en dos años, comparsas ajenas ocupando las calles principales, comparsas que bailaron los ritmos de diabladas, ritmo y baile que nos llega desde el norte grande, donde casi todo siempre ha sido minería salvaje, norte árido dominado y dominante. La danza de las diabladas, representa el enfrentamiento entre las fuerzas del bien y del mal, reuniendo tanto elementos propios de la religión católica introducida durante la presencia hispánica y los del ritual tradicional andino, fundamento muy diferente es el que origina este sonoro ritmo que representa al norte altiplánico, en  relación a nuestros bailes y sonidos locales; ya que acá en el norte chico o norte verde, que ya no es tan verde, el sincretismo religioso popular y mágico, se movió durante toda una vida al son de pitos suaves de chinos danzantes y tambores de otras comparsas distintas, que dan a conocer nuestras formas de movimiento y sonido.

Hoy, con la presencia aplastante de la megaminería en el Choapa, desentierran a un tal San Lorenzo, patrono minero, ícono de esta nueva actividad en Illapel, y con él, las diabladas que llegan invasoras con sus imponentes sonidos, dejando efectos alucinantes en las conciencias pueblerinas, que van aceptando como propia toda esta invasión, que nos llega patrocinada con dineros exportados de transnacionales y que forman parte de la compra de la conciencia cultural de nuestros habitantes más ingenuos, por parte de los pillos que ven en esto una oportunidad de llenar sus bolsillos más de la cuenta,  junto con el vendaval que está invadiendo nuestra tierra y nuestra cultura identitaria.

Los bailes chinos, que nos han dado pertenencia por años y años (chino es una palabra quechua que significa servidor) son confradías de músicos danzantes de los pueblos campesinos y pescadores de Chile central. Ellos expresan a través de la música y de la danza en las fiestas de chinos, rituales que se realizan en pequeños pueblos, villorrios y caletas, y que congregan bailes de distintas comunidades, donde el sentido de la espiritualidad profunda tiene una conexión fundamental con la raíz ancestral de los lugares de este otro lado del norte.

Pero aquellos invasores, compran estas diabladas, que aunque hermosas, instauran un impacto dominante y con eso, también la ocupación de un espacio que viene a justificar el famoso distrito minero, concepto del que hablan los secuaces interesados en que se imponga este quehacer desbordado, sobre lo que ha sido el quehacer agrícola, criancero, cordillerano o marino  y de pequeña minería en nuestra provincia.

Parece todo benevolente, sobretodo, cuando esto se instaura en las inmediaciones de una iglesia en decadencia, que asumiendo la voz patriarcal, bendice esta cultura del desalojo ancestral, acallando los apacibles sonidos de nuestras verdaderas danzas que nos representan.

La cultura por imposición, aunque no nos demos cuenta, es un arma de doble filo, igual como esta prosperidad económica de doble filo que nos está llegando.

Estos bailes están fundados por personas de fe y eso no se cuestiona, no hay nada en contra de las imponentes diabladas de nuestro norte grande, pero allá en ese norte, porque acá, cuando vienen a lo del San Lorenzo, tienen un sentido de exportación en manos de manipuladores de la cultura. El problema es que, detrás de este motivador espectáculo callejero se esconden endiabladas intenciones, por parte de los que quieren legalizar estos valles sólo para la explotación de los megaproyectos mineros y usan la religiosidad popular, que nunca les importó, con el fin de introducir imaginarios distintos que faciliten sus intenciones de mala fe.

La incapacidad de reconocernos y de valorarnos en lo que realmente somos, nos está matando culturalmente, ya sabemos, que el norte seco avanza sobre este norte verde que cada vez se vuelve más plomo, árido y contaminado, entonces las diabladas, representan para quienes estamos alerta de su paso, la cultura dominante que va a terminar con nuestros valles ancestrales.

 Por Ana Leyton

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