Relatos ciudadanos: De los dinosaurios al monstruo perfecto

Lo primero que pensó fue “lo que no entra por los oídos, entra por los golpes”, del mismo modo que se lo inocularon a él...

Por Opazo

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Artes / Cuentos Ciudadanos / Letras

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Por Bernabé De Vinsenci, desde Argentina

Lo primero que pensó fue “lo que no entra por los oídos, entra por los golpes”, del mismo modo que se lo inocularon a él y enseguida la manoteó del cuello y dijo “yo, vieja boluda, progresé“, apretándose los dientes, chirriándolos, iba a escupirle que él era pobre porque ella, gracias a su poco valor, no pudo con los menesteres de un hijo que levanta la nariz, codeándose con los yuppies del barrio y compra los perfumes o vestimentas más caros, quiero decir, no pudo ofrecerle un futuro prometedor, ni siquiera tecnicatura o universidad, tampoco recursos emocionales (llevándolo, a pura fuerza, a llantos y piñas e interminables desahogos adonde asestaba golpes contra los más débiles de su edad), apenas, y a duras penas, el título secundario, y un día dijo “me voy a hacer vigi“, altivamente lo pensó, lejos de los preámbulos de dignidad, sin titubear ni incomodarse, decididamente como un suicida que se arroja de un séptimo piso o a las vías del tren y aseguró que apalachar pastones como peón no era para él, “merezco otra cosa“, se dijo a sí mismo, años en un oficio repleto de buitres y nocauts, como un secreto tumoral, mortífero, guardándose la euforia de la confesión, cuando alcanzó el último balde de concreto duro y apelotonado, lleno de grumos, crudo, sin ánimos ya, y el media cuchara le dijo “¡esto está duro como mi pija, guacho!“, y además, para volverlo más vil y canalla, agregó “sos un inútil“, y él respondió “disculpe“, llanamente y por lo bajo, y ablandó el material, silencioso y con la rigidez muda de un hormigón, como un perro con la cola entre las patas, entonces ese “disculpe“, a un medio pelo como él, a un tabula rasa como él, le fijó la idea de que a los superiores -él que no era nada, un cero a la izquierda o menos, así lo creía- había que respetarlos, en lo posible bajarse los pantalones, ciego y sin miramientos, y decir “sí, sí” (dos veces, o las veces necesarias hasta pulverizar el asentimiento) o “sí, mi mayor”, igualmente que a un padre golpeador, hasta al hartazgo, con el cuerpo rígido, la mano sobre la sien, la vista al frente, mirando un horizonte patriótico de rencillas sin fundamentos, y de ese modo comprendió que otros también tendrían que decirle, ya con el uniforme, ya portando un revólver, ya sobre la lobotomización, ya pudiendo ser una persona de Estado, obra social y aguinaldo, “sí, oficial, sí, oficial”, a altas horas, en la calle, en propiedades privadas, sobre todo en casas precarias, de obreros mal pagos, en pleno allanamiento (rompiendo objetos íntimos, secretos, memorables) y que podría golpear, así como así, impunemente, a diestra y siniestra cuanto se le cantase, sin asco, al igual que se golpean a las reses más vigorosas que no mueren una y otra y otra vez, mazazo tras mazazo o en un golpe seco, sin importar si esa res/humano tiene hambre o frío, miedo o incertidumbre, porque como alguna vez le dijo el cabo mayor “el frío y el hambre son psicológicos“, sin más, tras permanecer doce horas parados en guardia o apelotonados en un galpón de chapas, chupando frío y sin probar bocado, y no sólo eso decía el cabo mayor, decía así mismo, que los jóvenes de Malvinas en la última pólvora de la dictadura habían pasado hambre y frío, a la intemperie, atrincherados bajo temperaturas inauditas, al borde de la hipotermia, amaneciendo con heladas (lo que no dijo el cabo fue que se suicidaron los que regresaron más que los muertos en combate) y él aprendió a repetirlo, a rajatabla, al mismísimo pie de la letra, obviando que de niño pasó hambre y frío (decir frío y hambre sería poco, mucho, mucho más pasó) y ahora debería propinar golpes, cachetadas, fustazos, machetazos, rebencazos, con la culata de la pistola, sea como sea, de la misma manera que lo hicieron con él, con cualquier objeto aleccionador y doloroso o letal, torturándolos, a diestra y siniestra, sea como sea, a muchachos violetas y pálidos de frío y hambre, rotos por un sueldo módico o por un amor de espanto, sea como sea, e insultar de los modos más desagradables, a menudo con una escupida o gritando “¡mirame a los ojos, basura!”, “¡esto no es para maricones!”, “¡a ver cuánto te la bancás!”, a menudo con golpes que requerirían de puntos, o extenuantes cicatrizaciones o el auxilio de un enfermero porque, también le enseñaron que esos vándalos, robadores de gallinas, de dos pesos o de caramelos, salen a los dos o tres días porque, también le enseñaron, la justicia no existe (para ellos existe el libre albedrío de los golpes, eso le enseñaron, la justicia policial por mano propia, “el control de la conducta a fuerza de violencia“, como decía E.S en los años 90’), de modo que la única justicia es la ira, el fetichismo del golpe -es decir, cómo golpear, dónde duele más, cuál es la mejor achuría, la mejor destreza del dolor, la mejor euforia del golpe-, con cualquier elemento subyugante y moledor, y una gran cuota de sadismo y resentimiento personal traducido en perversión social, de modo que habla de “servicio“, “ascenso“, “entrenamiento de pistola“, incluso en el colmo de los colmos, llega a decir “sectarismo», de modo que se jacta que pudo solventar su futuro en razón de un año bajo una pedagogía de maltratos, gustoso de que así fuese, con pruebas de riesgo, por ejemplo, cincuenta flexiones de brazos, poco descanso (de diez de la noche a cinco de la mañana después de un día exhaustivo), comprensión de leyes para violentar justificada o injustificadamente a los ciudadanos, aun cuando no infrinjan ninguna ley, como la portación de rostro o el tipo de vestimenta, malabaristas, músicos callejeros, trapitos, jóvenes que fuman porro en plazas o borrachos sin noción de ubicuidad, vulnerar más y más lo que vino al mundo vulnerado o lo que el mundo y la acérrima desigualdad vulneró y ahora ya no dice más “che“, “amigo“, “¿cómo estás?”, “¿cómo te trata la vida, campeón?”, ahora no le nace tutear (si le saliera se desbocaría), ahora dice “disculpe, caballero“, “documentos, caballero“, “prosiga, caballero”, “buenas noches, caballero”, “suba al móvil caballero“, “déjeme ver sus pertenencias, caballero“, “¿de dónde viene, caballero?”, usa el “caballero“ como falsa modestia de la violencia, para ejercerla o en todo caso como principio, génesis de problemas, como agujazo en una herida de pus, quiero decir, todos estamos llenos de pus, hechos a contrabando de un dolor inmerecido propio de la vida, hinchados y el “caballero“ sea en plena calle o en trasbordo de una terminal de provincia es un alfiler que explosiona la infección, de modo que en el escalafón del lameculismo, el maltrato por el maltrato, aprendió los gajes de una cuota mínima de poder, sea contra uno o muchos, así hicieron creérselo, así tomó rumbos laberínticos de crueldad y tenebrosos, o más tenebrosos que crueles o ambos, en exceso siniestros, en los que creyó que puede hacer y deshacer a su antojo: recibiendo órdenes y encomendando su deteriorada dignidad, su pésimo gusto de la vida, en la suprema violencia a los vulnerados, mientras le dice a su madre “yo, vieja boluda, progresé» y termina de atarse los borceguíes.


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