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Centenario de Arturo Godoy: Colosal escultor de mentones

Godoy convertido en postal de colección

El pugilismo arribó a Chile hacia fines del siglo XIX, gracias a las exhibiciones difundidas por marinos ingleses que recalaban en Valparaíso. Vivió sus “años luminosos” entre 1910 y 1940, generando brillantes exponentes de diversos pesos y estilos, como Heriberto Rojas, Manuel Sánchez, Luis Vicentini y Humberto Loayza, por nombrar sólo algunos. Velozmente, logró expandirse hasta los rincones más remotos: desde poblados rurales, hasta grandes campos sportivos.

Entre tanto, las élites procuraron dotar al boxeo de significados que coadyuvaran a la construcción de nacionalidad y la instalación del modelo capitalista, creando una multiplicidad de clubes que azuzarían la práctica deportiva en reemplazo de los indecorosos e improductivos arranques a cantinas y despachos. Más cierto, es que estribó prontamente en las zonas periféricas de la capital para convertirse en el pasatiempo favorito de las clases obreras, depositándose en él las aspiraciones y deseos de miles de trabajadores.

Arturo Godoy, última gran lumbrera de la época de oro, nació en un pueblito cercano a Iquique y fue hijo de lavandera. Antes de ser pugilista ofició en la costura de sacos de salitre, como panadero y también como “achicador” de lanchas. Peleó desde niño, tornándose prematuramente en destacado aficionado. Ya en Santiago, fue apadrinado por el reputado entrenador Louis Bouey, quien lo llevó primero a Cuba y luego a Estados Unidos. Conoció a su primera esposa, la bella argentina Ledda Urbinati, protagonizó películas y fue el cuarto boxeador chileno que disputó el campeonato mundial, enfrentando a Joe Louis, el “Bombardero de Detroit”.

El 9 de febrero de 1940 se desató la conmoción en todo el territorio, siendo el mismo presidente Pedro Aguirre Cerda, quien reconoció su hazaña vía telegrama: “Su valiente y pujante pelea demuestra extremos de vigor a que llegaría nuestro pueblo debidamente cuidado en salud y bienestar como es programa actual gobierno”. Mientras tanto, el sastre y fundador del Partido Democrático Antonio Poupin Negrete, lo congratulaba con expresiones claramente políticas: “Proletariado nacional felicita por mi intermedio valiente actuación futuro campeón mundial”.

Por su parte, el púgil se manifestaba sencillo frente a su madre, narrándole, prometiéndole desde lo mínimo y aún incrédulo de su célebre condición: “Mamita: En cuanto yo regrese a Iquique le compraré una casita y le llevo una radio onda corta y larga, aquí le mando unos recortes de los diarios, pero después que los lea me los guarda, dígame si había mucha gente el día de la pelea en las plazas y en la casa”.

Con todo, el pugilismo fue visto por las clases trabajadoras como posibilidad de salir orgullosamente de la miseria, sueño que se hacía carne en la pelea recia y briosa de Godoy. Si bien no logró conquistar el título mundial, se convirtió en el “campeón moral de todos los pesos” , materializando el milagro de pelear en el centro del poder y disputar allí una victoria.

Se erigió en el corazón de la esperanza obrera, constituyéndose como genuino hijo de un pueblo y de su particular modo de habitar. Su vida zigzagueó entre la precariedad del desamparo, la irrupción de la fama y la experiencia del desaliento. La bravura de Godoy habitó –y habita- el trono de honor de la memoria popular, el sitio climático del pugilismo chileno y sus “glorias de antaño” .

Por Araucaria Rojas 

El Ciudadano

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