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Guerra económica: fórmula para atacar revoluciones

Los procesos revolucionarios rara vez son bien vistos o aceptados por esa parte de la estructura propia del modelo capitalista que ha asumido control en ejes fundamentales de la sociedad. Es allí donde entran en juego escenarios de conspiraciones, sabotajes, intentonas golpistas, terrorismo comunicacional; que se convierten en el plato fuerte de quienes adversan modelos políticos de corte social y de inclusión.

La guerra económica se ha establecido como la principal estrategia de ataque para debilitar gobiernos que no llenan las expectativas de Washington o de las cúpulas derechistas incrustadas a lo interno. En una guerra económica, no hacen faltan armas ni balas para poner en jaque a sistemas de gobierno. Con sólo reducciones y negaciones de créditos y bajo flujo de producción es posible. Si a ésta fórmula le incluimos el manejo mediático de la situación, es sólo cuestión de tiempo para que el clima de desestabilización asfixie a la población y los más poderosos se aprovechen para dar la estocada.

 

El sueño de Allende

Desde el momento en que Salvador Allende, candidato de la Unidad Popular –coalición de los partidos Comunista, Socialista y Radical y otras tres pequeñas agrupaciones políticas– resulta electo para asumir la Presidencia de Chile. Estados Unidos orquestó planes desestabilizadores para que Allende no se posesionara. La CIA organizó dos operaciones para detener la elección de Allende en el Congreso pleno, que fueron conocidas como el Track One y el Track Two. Pese a ello, el 4 de noviembre de 1970, Allende asumió la Presidencia para llevar a cabo un proceso de transformación con el cual buscaba disminuir la gran desigualdad que existía producto del modelo capitalista. Su mayor deseo de cambio era la recuperación de la soberanía de Chile y por ello auspició la nacionalización del cobre (manejada por las empresas estadounidenses Anaconda y Kennecott). Como era de esperarse, estas acciones que empezaban a ser realidades no fueron del agrado de muchos. El intento soberano de Allende motivó a Richard Nixon y a su secretario de Estado, Henry Kissinger a promover un boicot contra el gobierno chileno mediante la negación de créditos externos y la petición de un embargo al cobre.

Con la asfixia económica que se fraguaba desde el exterior al finalizar el año 1971, en lo interno iban a aparecer los primeros problemas económicos y con ello, los síntomas del sabotaje: desabastecimiento, escasez, acaparamiento, apagones, protestas, cacerolazos, enfrentamientos callejeros y polarización. La oposición tomó fuerza con el apoyo de la prensa privada, parte de la cual era financiada por la CIA. Diarios como El Mercurio, La Segunda, La Tercera de la Hora, Las Últimas Noticias, La Prensa, La Tarde y Tribuna atacaron sin cesar al Gobierno. Los medios opositores y los gremios empresariales se levantaron en contra de las políticas de Allende, lo que llevó al país a un escenario de inestabilidad generalizada.

Aunado a ello, la oposición inició una escalada de protestas y paralizaciones. La Agrupación de Dueños de Camiones, con el apoyo de otros gremios, realizaron un paro, lo que agravó los problemas de distribución. La acción contó con ayuda monetaria de la CIA, que conspiraba para hacer caer el gobierno de Allende. La oposición y otros gremios profesionales se plegaron a la movilización. Se adhirieron ingenieros, abogados, odontólogos, médicos, profesores, estudiantes y el país quedó virtualmente paralizado.

La violencia callejera alcanzó niveles preocupantes, en tanto que la oposición cumplía al pie de la letra su agenda para deslegitimar al gobierno de Allende: se utilizó el artículo 43 de la Constitución para calificar de impedido al Presidente y convocar a nuevas elecciones. Para el 11 de septiembre de 1973, la situación llegó a su punto de mayor tensión y se efectuó el golpe de Estado que provocó el derrocamiento y la desaparición física de Salvador Allende. Chile entraría en una nueva etapa en donde se instauraría la dictadura del general Augusto Pinochet, un régimen militar represivo que se extendió durante 17 años, hasta 1990.

 

La Venezuela de 2002 y la estrategia del sabotaje petrolero

Para el 2 de febrero de 1999, asume la Presidencia de Venezuela Hugo Chávez, hombre de origen humilde y formado en las Ciencias Militares y con él inicia un proceso de transformaciones en la República que buscan impulsar la participación del pueblo en las decisiones del Estado. El primer ejemplo de ello fue el referendo popular mediante el cual se consultó a los electores sobre la convocatoria a una asamblea constituyente. La solicitud hecha por el presidente Chávez, fue aprobada por más de 81% de la votación.

A partir de ese momento, se lleva a cabo una serie de reformas que buscan reducir los índices de desigualdad que existían dentro de la población venezolana. Con el ingreso económico producto del petróleo se comienza a invertir en aspectos nunca antes abordados. Se diseñaron programas de corte social que contrarrestasen los problemas más sensibles de la población: vivienda, alimentación, salud, educación. Esta redirección de los fondos públicos fue obstruida por la gerencia de Pdvsa que respondía en ese momento a intereses extranjeros y de pequeños pero poderosos grupos nacionales.

La lucha por recuperar la industria petrolera trajo consigo una serie de conspiraciones y sabotajes por parte de los grupos de derecha, que sencillamente vieron que con Chávez no podían continuar esa relación que sostuvieron con gobiernos de antaño y para el 10 de diciembre de 2001, Fedecámaras y la CTV llamaron a un primer paro nacional.

 

Reseñas de El Universal sobre el paro de diciembre de 2001

A comienzos de 2002, sectores empresariales, autoridades universitarias y la cúpula de la Iglesia Católica firman un pacto contra Chávez. La situación alcanza su clímax cuando el 7 de abril el mandatario anuncia el despido de altos gerentes de Pdvsa que se habían dedicado a sabotear la empresa. Este hecho alteró los nervios de la oposición que convocó a un paro general de 24 horas. Los siguientes días se contaron como los más caldeados, cuando cabecillas de oposición utilizaron a un grupo de la población para protestas violentas e ilegales, que desembocaron en los hechos del 11 de abril de 2002. Los sucesos posteriores son bien conocidos, así como las intenciones de la oposición que siguió cargada de mala intención. Este grupo continuó con sus planes desestabilizadores y para el 2 de diciembre de ese mismo año convocaron a un nuevo paro. Pese a que su duración inicial era de 24 horas, se prorrogó hasta convertirse en una huelga indefinida.

 

Reseñas de Últimas Noticias durante el paro de diciembre de 2002

En los 62 días posteriores se dieron situaciones interesantes: todas las televisoras privadas de alcance nacional le dieron apoyo irrestricto al paro, suspendieron toda su programación de entretenimiento para dar paso a una programación política e informativa de 18 a 20 horas al día dirigida a sustentar la huelga. En realidad, la acción fue un cierre patronal, ya que en muchas empresas, fábricas y locales comerciales los trabajadores querían continuar sus labores, pero los patronos decidieron cesar sus actividades. Esto trajo graves repercusiones para la población, como escasez de gasolina y otros combustibles, además carencia de alimentos y otros artículos de primera necesidad. Durante las noches se realizaban cacerolazos en las urbanizaciones de clase media y alta donde la oposición era mayoría. En algunos casos, se realizaron marchas durante el día que forzaron a cerrar los negocios y tiendas abiertas.

En enero de 2003, el gobierno logró recuperar el control total de Pdvsa, mientras que los empresarios, por su cuenta, comenzaron a abrir sus negocios y locales comerciales, desobedeciendo a las federaciones que los agrupaban. La oposición perdió voz y el llamado a paro “se les fue de las manos”. El 3 de febrero la acción opositora se diluyó de manera informal, si bien nunca se hizo un anuncio oficial.

 

El pueblo venezolano en pie de lucha

Once años más tarde, en 2013, el pueblo venezolano defiende a su patria con más clamor. El inicio de una nueva etapa con Nicolás Maduro al frente del país, promete la continuidad del legado del comandante supremo, Hugo Chávez. Vale la pena acotar que Maduro, con apenas cinco meses en la Presidencia, ha tenido que sortear continuos ataques de la derecha y de ese sector privado que mantiene la esperanza de hacer desaparecer al socialismo, esta vez con una nueva guerra económica.

 

Reseñas de El Universal sobre la situación económica actual – abril 2013

Con el ataque a la gestión de Nicolás Maduro queda demostrado que la estrategia para atacar revoluciones en cualquier parte del mundo es la misma: planes desestabilizadores, acaparamiento, especulación, ataque al bolívar, mala propaganda, terrorismo y saboteo. Aún así, el gobierno de Maduro continúa trabajando por el pueblo, garantizando el derecho a la alimentación y a la adquisición justa de los productos, detectando a los saboteadores, haciendo justicia y resguardando la soberanía lograda por el comandante Chávez.

 

Reseñas de El Nacional sobre la situación económica actual – mayo 2013

El mejor legado del comandante supremo fue enseñarnos a conocer nuestros deberes, reclamar nuestros derechos, argumentar y debatir con altura. Las revoluciones no las hacen unos pocos, se necesita de todo un pueblo para garantizar la victoria, contamos con las instituciones para alzar nuestras voces. El llamado es a estar alerta, enfrentamos una nueva guerra económica en donde la empresa privada y los medios de derecha incentivan la angustia y la desesperanza. Prohibido olvidar.−
Por María Ron

Imagen: Miguel Moya

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