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Editorial: La destitución avanza y Piñera está cada vez más solo

La idea de que la destitución sería homologable al golpe blando no resiste el menor análisis. Por definición y evidencia histórica, los golpes de Estado recurren a la fuerza, al uso de la coerción y de las armas, o como mínimo la amenaza de hacerlo. Solo una rebelión militar termina con un gobierno elegido. Quien quiera ver esa posibilidad en la situación actual del país está en su propia fantasía retro.
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La destitución del presidente de la república gana tracción en la opinión pública y en el cuerpo político. La decisión de llevar el tercer retiro al Tribunal Constitucional instaló en el propio oficialismo y en el “Partido del Orden” una sensación de “bola de nieve”, como tituló el miércoles un periódico vespertino de la cadena Edwards.

Entre la coalición empresarial y la coalición política que lo llevó a la Moneda, Sebastián Piñera eligió la primera, con consecuencias imprevisibles para el país.  

La figura del abandono de deberes es la que está barajando el Partido Socialista y a la que probablemente se sumen el PPD y el PRSD. La DC se restó de la primera ronda pero ya estudian la materia.

El presidente no solo no contribuye a calmar, serenar ni dar seguridades de ningún tipo. Por el contrario, su figura y su actitud han generado una polarización creciente entre un puñado de leales y el grueso de la ciudadanía.

El problema que hace gatillar otra vez el mal manejo de la dupla Piñera Larroulet. Si en octubre de 2019 fue un alza de las tarifas del Metro y el mal manejo de la inicial respuesta estudiantil, ahora es algo mucho más grave: el pueblo tiene hambre, está confinado por razones sanitarias (crisis también mal abordada) y no puede hacer nada para zafar sino estallar contra el mal gobierno. Por su parte, este insiste en no ceder en materia de “tercer retiro”, recursos líquidos que aparecen como la gran esperanza para la masa trabajadora. 

Se ha dicho con distintos grados y de distintas formas. Al margen de indicadores porcentuales con respecto al PIB, la ayuda es insuficiente para aliviar a las familias. Quienes piensan lo contrario no sufren necesidad y se ubican en la parte alta de la pirámide de ingresos.

Son insuficientes por una razón concreta: se evalúan y entregan sobre una base individual. La realidad es que son pocos los chilenos y chilena que viven en la soledad absoluta y se bastan por sí mismos: la abrumadora mayoría tiene una compañera/o que perdió su empleo. Tiene padres con jubilación precaria expuestos a los accidentes de la soledad y el encierro.

Uno de los precandidatos presidenciales del establishment financiero sostuvo que las ayudas son superiores a las que ha brindado Alemania. Patética y engañosa comparación con un país desarrollado donde la desigualdad es sensiblemente menor y la población posee una poderosa cultura del ahorro. Las familias chilenas viven de la deuda.

En todos los países la crisis ha provocado fuertes cuestionamientos al gobierno de turno. Solo unos pocos se salvan. Pero en Chile la figura presidencial crispa a la nación como en pocos casos y millones de compatriotas temen las consecuencias de prolongar esta agonía un año completo.

Por otra parte, la idea de una destitución genera anticuerpos por un conjunto de razones: está el temor a un vacío de poder, a que la destitución se homologue con un “golpe blando” de carácter “antidemocrático”. La primera es injustificada y la segunda inconsistente.

Es injustificado el temor al vacío de poder porque la propia constitución fija el escenario. Un presidente que incumple su mandato de proteger a la nación, firma decretos reñidos con la probidad y aliena sistemáticamente a sus conciudadanos puede y debe ser acusado constitucionalmente por el congreso. Aunque la medida no obliga al ejecutivo a renunciar, hace de su figura un freno al funcionamiento más básico del Estado.

Es una salida de tipo embudo que también genera ansiedad, pero que día a día se torna inevitable.

La idea de que la destitución sería homologable al golpe blando no resiste el menor análisis. Por definición y evidencia histórica, los golpes de Estado recurren a la fuerza, al uso de la coerción y de las armas, o como mínimo la amenaza de hacerlo. Solo una rebelión militar termina con un gobierno elegido. Quien quiera ver esa posibilidad en la situación actual del país está en su propia fantasía retro.

Para agregar aún más tensión y descrédito de las instituciones, el voto de definición en el Tribunal Constitucional está en manos de una operadora política del presidente que “no da garantías de imparcialidad”, como sostiene el senador Bianchi. Una operadora política que, además, enfrenta cargos concretos por acoso laboral.

Este organismo tiene en sus manos reducir la tensión (y eventualmente darle un balón de oxígeno a la ejecutivo) rechazando el recurso por el tercer retiro.

Si el TC acepta el requerimiento y falla de la manera propuesta por el ejecutivo, el país habrá dado otro paso hacia el embudo constitucional, algo que el Partido del Orden debe y puede evitar.

Mientras tanto, las organizaciones sociales y territoriales, las asambleas de trabajadores (as),  los chilenos de a pie, sin ahorros ni activos financieros, las sin trabajo ni otros ingresos que la solidaridad familiar, se preparan para dar el golpe letal a la descorazonada derecha chilena, ya en las urnas, ya paralizando al país.


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