ENTREVISTA

Eloísa González: «Para nosotros la deuda educativa es la nueva esclavitud del siglo XXI»

La integrante de Juventud Rebelde y ex vocera de la Aces conversa con El Ciudadano sobre la reforma a la Educación Superior, las mediáticas intervenciones del Movimiento Estudiantil, la educación sexista, el feminismo y el comportamiento de la clase política, entre otros temas.

Por Daniel Labbé Yáñez

14/07/2016

Publicado en

Chile / Educación / Entrevistas / Portada

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Ayer como vocera de la Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios (Aces) y hoy como parte de Juventud Rebelde (JR), Eloísa González ha podido observar de manera “privilegiada” la interminable marcha por la educación. Estudia Cine en la Universidad de Chile. “El cine es tremendamente poderoso como arma, puede ser una tremenda herramienta para empujarnos a hacer el ejercicio de imaginar un mundo nuevo, un mundo posible. Y cuando uno puede imaginarlo, nada te dice que no puedas construirlo”, apunta, sostenida en esa convicción que parece continuar creciendo con ella.

Acá expone su mirada sobre la reforma a la Educación Superior, las mediáticas intervenciones del Movimiento Estudiantil, la educación sexista, el feminismo, los desafíos de Juventud Rebelde y lo que no espera de la clase política.

¿Qué diferencias encuentras entre el movimiento secundario al que perteneciste y el actual?

Justamente ayer (17 de junio) estaba en la toma del Liceo Manuel de Salas y ahí pude notar que -si bien el movimiento secundario se caracteriza, independiente de la generación o del año, por ser tremendamente clarificador, incisivo, de avanzada en el discurso que plantea, a diferencia del movimiento universitario que muchas veces se queda atrás en algunos debates- el de este año madura políticamente y sostiene discursos que van más allá de la demanda clásica de desmunicipalización, fortalecimiento de la educación pública o pase escolar gratuito, y se hace cargo de la crisis no solo educativa sino que también política. Ahí tenemos, por ejemplo, la toma de liceos como el Manuel de Salas que ocupa su establecimiento no solo por demandas nacionales, sino que también porque no están dispuestos a prestar espacios para las primarias de los corruptos -como lo mencionaban ellos- y eso tiene que ver con cuestionar la democracia en la que estamos y la que finalmente impide que se avance en estos grandes cambios.

Recientemente el movimiento ha realizado intervenciones como la irrupción en La Moneda y el viral de la #PrensaChanta. ¿Qué valor le asignas a acciones como éstas en términos comunicacionales?

Lo primero es que se entendió que si bien las tomas y los paros son medidas de presión y en el orden de lo simbólico, y que van de la mano con las grandes movilizaciones estudiantiles, hoy tenemos que instalar un discurso en esta característica que tiene el Movimiento Estudiantil, que es una vocería más política, y eso nos ha empujado a ocupar aquellas herramientas que nos permitan posicionar estos contenidos. Sabemos que por sí solos los medios de comunicación no cubren lo que nosotros queremos decir, por lo que se han tenido que tomar medidas como la irrupción en La Moneda u otras acciones, como la toma de Ingresa o #PrensaChanta y un sinfín de otras cosas.

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Tras lo ocurrido en Valparaíso, con la muerte del trabajador, y luego en Santiago con lo del Cristo roto, ¿consideras que a través de los grandes medios se ha comenzado a hacer lo mismo que en 2006 y 2011, en términos de criminalización del Movimiento Estudiantil?

Sí. Los medios de comunicación hoy entablan una estrategia que va de la mano con la estrategia represiva en las calles o la judicialización de los conflictos, y que tiene que ver con levantar un discurso de criminalización del Movimiento Estudiantil mucho más incisivo y permanente. O sea, es cosa de ver la escalada. Parte con la lamentable muerte del trabajador en Valparaíso, después con lo del Cristo y luego con cómo se dio cobertura y tratamiento a lo ocurrido en el INBA. Es algo delibrado, es una operación político-comunicacional articulada no solamente en los medios de comunicación de los grandes monopolios -que ya sabemos qué intereses representan-, sino que también con las grandes autoridades políticas que han tenido palestra en el marco de esta estrategia.

En este mismo escenario han aparecido voces que dicen que el Movimiento Estudiantil ya no contaría con el apoyo que tenía en 2011. ¿Adhieres a esa tesis de que la ciudadanía está un poco distante del Movimiento y que se debiera volver a otras estrategias, como las intervenciones afuera de La Moneda, una besatón, una cicletada…?

Sí y no. Lo primero es preguntarse de dónde viene esta afirmación de que el Movimiento Estudiantil ya no es masivo como en 2011; es peligroso la forma en que se afirma la problemática de la masividad para el Movimiento Estudiantil, porque en 2011 nosotros teníamos un gobierno de derecha, por lo tanto la Concertación, aprovechando, en un oportunismo político, respaldó al Movimiento, y hoy esa Concertación es oficialismo, por lo tanto no le conviene evidentemente que el Movimiento Estudiantil se movilice con sus demandas porque cuestiona sus estrategias. Pero en términos de cómo genera sentido en la gente lo que nosotros planteamos, es cosa de ver, por ejemplo, la problemática de la deuda educativa, que es algo que afecta a varias generaciones, porque los niveles de deuda -que para nosotros es la nueva esclavitud del siglo XXI- es algo sentido transversalmente. Y ahí existe un apoyo masivo.

¿Y en cuanto a las formas de movilización?

Las formas van variando dependiendo del discurso, que es lo que te marca la diferencia entre una besatón vacía de contenido y más funcional al gobierno, con una cicletada, una irrupción en La Moneda o la toma de establecimientos, que van en perspectiva de un discurso mucho más crítico e incisivo.

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La Juventud Rebelde

“De la mano de una generación de estudiantes que estaba decepcionada de la política universitaria y de sus organizaciones”, explica Eloísa, nace en 2014 Juventud Rebelde (JR). Ella ingresó un año después. Fue una suerte de paso natural desde la Aces -como ocurrió también con Gabriel Iturra, hoy vocero de la Confech y fundador de JR- hacia la militancia en la educación superior. “Nos dimos cuenta que el ímpetu de los secundarios y la parada propositiva que tenían no existía a nivel universitario aún”, explica González.

¿Cuáles son los planteamientos principales de la organización?

Juventud Rebelde nace con una idea de construir un proyecto de transformación de sociedad que sea estructural, no solamente en el orden de lo educativo, sino también en el ámbito de los trabajadores. De hecho, Juventud Rebelde se define en perspectiva de aglutinar a aquellos jóvenes trabajadores o a aquellos que estudian y trabajan también, porque para nosotros es importantísimo el que si hoy somos estudiantes, mañana seremos trabajadores. Por lo tanto, nos enmarcamos en un sistema que explota y que oprime y que requiere de una articulación transversal de los sujetos al interior de la sociedad. Y también, en una arista más cultural, tiene que ver con cómo nosotros recogemos aquella experiencia de luchas antidictatoriales en el continente, principalmente, y cómo desde ahí se levantaron proyectos emancipadores no solo en lo político y económico, sino también a niveles culturales contrahegemónicos.

¿La intención de Juventud Rebelde es solo accionar en universidades y movimientos sociales o se proyectan hacia otro crecimiento, como ocurrió, por ejemplo, con el FEL y la Izquierda Libertaria?

Nosotros somos bien responsables en ese análisis, porque si bien consideramos la premisa de que un proyecto transformador no puede ser construido solo por los estudiantes y requiere por tanto una articulación mayor, también creemos que aquellos sectores que nosotros no estamos abarcando ya se están articulando por sí solos. Es decir, los estudiantes secundarios tienen sus organizaciones propias, los trabajadores también, y la idea es en algún momento confluir con ellos en algún movimiento, una organización transversal que pueda pelear y ganar el proyecto que estamos gestando desde ahora al igual que otros sectores.

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“El feminismo debe ser profundamente pedagógico”

¿Qué te ha parecido lo que se ha conocido del proyecto de reforma a la Educación Superior?

Más allá de hablar de una torpeza, de una improvisación desde el gobierno, me parece que es parte de una estrategia, en donde finalmente las grandes discusiones en materia educativa -lo que tiene que ver, por ejemplo, con la penalización del lucro, con la condonación de la deuda y otros elementos- se están aplazando al parlamento porque saben que la discusión que se pueda dar ahí obliga al Movimiento Estudiantil a ser considerados como un grupo de interés más al interior de este debate, por lo que va a tener que entrar a disputar en el parlamento, a ver qué parlamentarios pueden sumarse y cuáles no, y sabemos cómo funciona la institucionalidad política chilena y cuáles son los intereses y motivaciones principales de los parlamentarios. Casos como Corpesca son un ejemplo, donde hay intereses que no representan las demandas estudiantiles o las más sentidas por el conjunto de la población. Finalmente es un callejón sin salida el hecho de que el proyecto pase al parlamento y que nosotros tengamos que entrar a discutir ahí. Por algo han sido muy reservados en cuanto al contenido del proyecto y a las minutas entregadas, que han sido bastante ambiguas, por decir lo menos.

Tanto en el decálogo de la Aces como en las demandas de la Confech está una educación no sexista, que de pronto se ve ensombrecida por las demandas más grandes. ¿De qué forma la educación chilena es sexista?

De muchísimas formas y me parece que las más importantes son aquellas de las cuales no se ha hablado, porque generalmente cuando se habla de educación no sexista se remite mucho a la problemática de los colegios emblemáticos, que siguen siendo de hombres o de mujeres, de la discriminación al interior de los liceos hacia, por ejemplo, el mundo del LGBT (Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transgénero), como también el cómo se reproducen ciertos roles que se constituyen a niveles de familias y después los vemos en liceos, con prácticas sumamente patriarcales, entre los mismos compañeros y compañeras. Por ejemplo, lo que ocurrió entre el Liceo 1 y el INBA.

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Pero esas son las más visibles y muchas veces las que menos reconocemos -y que son en realidad las más graves- tienen que ver con cómo nosotros ejercemos al interior de nuestros espacios prácticas que tienen que ver con, por ejemplo, el autoritarismo al interior de las salas de clases, en una lógica muy patriarcal; en la relación entre un profesor y un estudiante, incluso en términos de los contenidos impartidos, de las mallas curriculares; y existe también un cuestionamiento relacionado a las estructuras de democracia al interior de los liceos, con cómo se reproducen ciertos liderazgos muy masculinizados, y un sinfín de otros elementos que te podría mencionar. Las transformaciones que podamos generar son urgentes y no requieren un proyecto de ley, sino que parte desde hoy mismo. El feminismo debe ser profundamente pedagógico, en el sentido que tiene que formar a estas generaciones y a los distintos estamentos para construir una educación no sexista y feminista.

Pareciera que ese cambio es súper complejo. Uno tiende a pensar que en la izquierda ese tema está resuelto, pero no necesariamente es así. Detrás de un discurso de izquierda en ocasiones se esconden cuestiones tremendamente machistas. Quizás es ahí precisamente donde más cueste generar el cambio…

La izquierda no lo tiene resuelto. Es más, yo creo que se ha naturalizado la discusión sobre el feminismo y por lo tanto se ha dejado de politizar; se asume que está resuelto, cuando en realidad al interior del mismo feminismo, por ejemplo, existen distintas corrientes. En particular, nosotros nos identificamos con el feminismo revolucionario, sin embargo, es algo que se tiene poco trabajado, incluso desde Juventud Rebelde; las organizaciones están recién partiendo con los debates y las mismas estructuras de organización, las relaciones entre compañeros y compañeras, son cuestiones que no están resueltas. Y te lo menciono yo que el 2012, cuando dije públicamente que era lesbiana, lo hice desde un espacio que tenía naturalizado este elemento, pero saliendo de él aún existían en las mismas organizaciones prácticas que siguen siendo patriarcales, incluso homofóbicas, sin darse cuenta. Me parece que sigue siendo una gran deuda de las organizaciones de izquierda que dicen tener un proyecto transformador.

¿Ves a las autoridades -del Ministerio de Educación, por ejemplo- haciendo esta lectura que están realizando ustedes respecto a la educación no sexista?

{destacado-1} Lo que hay en el gobierno, de la mano de Bachelet, y lo que representa ella, es un feminismo institucional, en el sentido de que hay políticas públicas que hablan de una ley de cuotas, de aumentar la participación y cargos públicos para las mujeres, pero que no se hacen cargo de la problemática del patriarcado, que es mucho más amplia. La Ley Zamudio se ha hecho cargo de algunos casos de discriminación o violencia hacia transexuales y LGBT en general; y se habla de la política pública, pero no de la problemática de fondo, que tiene que ver con que ésta es una sociedad patriarcal. No basta con proyectos de ley, sino que se requiere de transformaciones mucho más profundas que, incluso, cuestionarían la existencia del Estado y la institucionalidad actual que funciona con una lógica patriarcal.

El regreso de la Concertación

¿Esperas algo de las próximas elecciones municipales?

No, y lo reafirmo incluso más que en el 2012. Yo creo que hay una instalación de esa conciencia en el Movimiento Estudiantil, sobre todo en el secundario, y que tiene que ver con que cada vez más se refuerza la idea de que la institucionalidad chilena actual, de la mano con la élite política, que está profundamente relacionada con la económica, no va a resolver absolutamente nada en el orden estructural, porque existen intereses cruzados que no lo permiten.

¿Qué te pasa cuando escuchas que personas como Ricardo Lagos o Sebastián Piñera pueden nuevamente llegar a ser candidatos a la presidencia?  

{destacado-2} No me extraña. Lo que hay ahora en términos políticos es el cierre de discursos de las grandes reformas que terminan en lo que ya conocemos, que es ‘la cocina’, y vuelve en gloria y majestad la Concertación, la vieja guardia. Y ahí vuelve Lagos como posibilidad de candidato, es cada vez más latente. No es casualidad tampoco que (Jorge) Burgos haya salido del Ministerio del Interior y que ingrese (Mario) Fernández. Es el regreso de un modelo de administración y que tiene que ver con desplazar a los movimientos sociales para instalar un cierto orden que permita cerrar este ciclo conflictivo para el gobierno y para los grandes empresarios.

Por Daniel Labbé Yáñez

*Entrevista publicada en la edición impresa n° 184 de El Ciudadano

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