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Enseñar a leer en un mundo informatizado

juanmiguel

El impacto que las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación tienen actualmente en el mundo de la producción, de la educación y en los más diversos aspectos de nuestra vida social y cotidiana, es inmenso. Aunque su distribución y uso es marcadamente desigual según se trate de sociedades enriquecidas o de sociedades empobrecidas, lo cierto es que su utilización no es solamente cada vez más masiva, sino que afecta a ámbitos que hace tan sólo unos años eran impensables.

Ya no es ninguna novedad, que desde un pequeño ordenador portátil, una tablet o un teléfono móvil podemos estar permanentemente comunicados con todo el mundo e informados de todos los acontecimientos del planeta, y al mismo tiempo tenemos también la oportunidad de interaccionar y responder a todo aquello que nuestras posibilidades tecnológicas nos permitan. Acceder e interaccionar en las redes sociales virtuales de forma instantánea o tener a nuestra disposición inmediata la más gigantesca biblioteca o base datos, nunca antes conocida en la historia de la humanidad, forman parte ya de las dinámicas inherentes a cualquier proceso de aprendizaje, que por su propia naturaleza se hace autónomo, singular y orientado a la autoformación. La nuevas tecnologías en suma, han puesto a nuestra disposición nuevas formas de conocer, de aprender, de comunicarnos, de cooperar, de vivir y de liberarnos, pero también nuevas formas de hacernos más individualistas, menos sociables, menos críticos, más dependientes y por tanto más esclavos e incapacitados para reflexionar con serenidad y profundidad sobre los problemas concretos que nos afectan y descubrir así, todo el entramado de vínculos, relaciones, interacciones y bifurcaciones en los que se expresan.

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En el ámbito socioeconómico, definitivamente la información se ha convertido en mercancía. La información es un producto de primera necesidad que juega un papel fundamental en relación al dinamismo del mercado constituyéndose en uno de los factores principales de competitividad y de crecimiento económico, aunque no necesariamente de desarrollo humano y social. No queda prácticamente nada en los procesos productivos que no esté atravesado por procesos de información y comunicación. La innovación permanente y la constante renovación tecnológica con el fin de conseguir mayores cotas de inmediatez, conocimiento, eficacia, racionalidad, competitividad y ganancia, son valores determinantes en la conquista de nuevos mercados, especialmente en una civilización postindustrial y tecnocéntrica como la nuestra.

Las consecuencias más visibles para la educación de este desarrollo imparable de las nuevas tecnologías y del influyente papel que ejercen en todos los ámbitos de la realidad social son obviamente claras.

De una parte hace falta una educación que integre como objetivo una alfabetización de nuevo tipo, o si se prefiere, una segunda alfabetización, que algunos autores denominan como alfabetización tecnológica, que no puede ser reducible exclusivamente al aprendizaje del  manejo y la utilización eficaz de las mismas por parte de todos los individuos, sino que sobre todo, tiene que estar dirigida a posibilitar que todas las personas puedan aprender por sí mismas, lo cual exige el desarrollo de capacidades nuevas que hasta ahora no habían sido suficientemente promovidas por los sistemas educativos de la era industrial.

De otra parte resulta indispensable una tercera alfabetización de carácter sociocultural unida inseparable y complementariamente a la anterior, que permita a todas las personas hacer frente a las necesidades de las sociedades en las que viven, alfabetización que es al mismo tiempo ética y ecológica, dado que los problemas que las sociedades enriquecidas han originado como consecuencia de haber rebasado los límites del crecimiento, no sólo son  éticamente inaceptables, sino vitalmente insostenibles.

Sin embargo, tanto la llamada alfabetización tecnológica o digital, así como la sociocultural, la ética y la ecológica, son impensables, sin la primera y más esencial de todas y que es la que ha dado siempre sentido a la función más importante y transcendental de nuestras escuelas primarias y secundarias:  la lectura y la escritura. Una función que muy a menudo aparece desdibujada, o se olvida, unas veces por la desconsideración del hecho que la lectura del mundo (personal, social y natural) precede a la lectura de la palabra, como nos decía Freire, y otras porque la seducción y y accesibilidad de los medios, nos hacen perder el fin. Es decir, nos hacen perder de vista que la lectura del mundo y de la palabra no son posibles, sin un desarrollo continuo de estrategias de comprensión, interpretación, evaluación y de pensamiento crítico.

El acto de leer y de escribir como fuente de conocimiento y de placer, como medio de aprendizaje y convivencia, como poderoso instrumento para desvelar la realidad y transformar el mundo interior y exterior, son precisamente en estos tiempos, una ineludible e imperiosa necesidad. Mediante la lectura y la escritura creamos y recreamos el mundo al mismo tiempo que construimos y reconstruimos el sujeto y aunque la educación la entendamos en sentido mucho más amplio, de lo que no caben dudas es de que sin la lectura y la escritura no es posible la educación en su sentido más genuinamente transformador.

Hoy más que nunca se necesitan personas formadas en estrategias de aprendizaje autónomo y en habilidades de pensamiento crítico, capaces de hacer frente tanto a las nuevas exigencias de la sociedad del conocimiento, como los cada vez más sutiles formas de manipulación y desinformación, objetivos que son imposibles de conseguir sin altos niveles de madurez en lectura comprensiva y crítica. Una función y unas tareas a las que está llamada a desempeñar esencialmente la escuela.

Para esta nueva época, los grandes objetivos de la educación en todas las etapas, deberían estar mucho más centrados en desarrollar capacidades y adquirir competencias que en almacenar conocimientos. Frente al testarudo empeño de la pedagogía tradicional de agarrarse al viejo papel de transmisión de información, aunque hoy se disfrace de atractivos PPTs o de seductores refritos de citas de copia y pega, hoy por mera exigencia social, económica, cultural y ética, se hace más necesario que nunca desarrollar capacidades de discriminación, estructuración, jerarquización, evaluación y en última instancia la capacidad producir conocimiento, sin olvidar que todos estas capacidades tienen que estar articuladas en torno al desarrollo permanente del pensamiento crítico y la memoria comprensiva.

Desde esta perspectiva y si consideramos además los perniciosos efectos del antidemocrático e incontrolado crecimiento de los grandes medios de comunicación de masas convertidos en auténticas industrias de la conciencia, del ocio, la evasión y del pensamiento único, no hay ninguna duda de que la enseñanza y el esfuerzo constante por ampliar los niveles y habilidades para la comprensión lectora no sólo está sobradamente justificado, sino que sigue estando en la base de cualquier proceso educativo y de cualquier tarea escolar. Hay pues que volver de nuevo a la lectura y a la escritura, como medio, no exclusivamente intelectual y cognitivo de acceso a la información, sino como fin en si mismo que permite ampliar nuestras capacidades de observación, interrogación y de construcción de conocimiento. Abandonar esta función transcendental de las escuelas o dejarse llevar por la seducción de placenteras tecnologías que solamente se quedan en la superficie de los procesos de conocer y de aprender, o reducir la lectura y la escritura a un simple medio de supervivencia en la interminable carrera de exámenes y pruebas de los sistemas educativos burocráticos, es a nuestro juicio, una de los más nefastos, graves y perjudiciales errores que la escuela puede cometer. Es más, cuando hoy se le exigen a la Escuela numerosas demandas sociales, políticas y administrativas, o cuando se le exigen a las maestras y maestros de escuela, que multipliquen sus competencias profesionales, en el fondo, ya sea directa o indirectamente, se le está condicionando para que abandone la que es su función más esencial y transversal: enseñar a leer y a escribir a toda la ciudadanía. Una enseñanza, por cierto, que no es un mero acto puntual limitado a determinados periodos o cursos escolares, sino todo un proceso transversal, interdisciplinar y transdisciplinar que debe nutrir toda la escolarización obligatoria y postobligatoria, porque lo queramos o no, a leer y a escribir, o a trabajar y amar, , no terminamos de aprender nunca.

Nada hay más estimulante y satisfactorio para una maestra o maestro de escuela que asistir al milagro de la primera lectura de una frase de cualquiera de sus alumnos. Tras numerosas actividades intentando desentrañar lo que se esconde en la combinación de letras, sílabas y palabras, un mágico día, aquel niño al que tanto costaba identificar las primeras vocales, arranca a leer de golpe y con soltura una oración que tan sólo unas semanas antes era incapaz de pronunciar.

En un primer momento, la maestra descansa aliviada asegurando que sus alumnos ya han comenzado a leer, sin embargo, ella sabe muy bien que leer es muchísimo más que la acción de convertir unos símbolos gráficos en sonidos y que por tanto, será a partir de ese momento cuando comenzará la verdadera tarea de enseñarles a leer y ayudarles a que ellos mismos vayan poco a poco abriendo las puertas del conocimiento, del desarrollo personal  y del poder humano de transformar la realidad natural, social y su propio mundo interior.

Efectivamente, el acto de leer es muchísimo más que la simple traducción visual o de los símbolos gráficos que conforman una palabra, una frase o un texto. Leer, aunque pueda ser reconocido como un acto de descifrado o decodificación, obviamente no puede ser reducido a éste, ya que la lectura, más que un acto traducción simbólica es ante todo un proceso mental y personal en el que intervienen e interaccionan varios procesos a la vez, que son al mismo tiempo procesos perceptivos, léxicos, sintácticos y semánticos.

Y sin embargo, la lectura es todavía muchísimo más que estos complejos procesos. Hoy estamos en condiciones de afirmar, gracias a los descubrimientos de las neurociencias en relación a la localización de nuestras funciones cerebrales y al modo en que nuestro cerebro procesa la información recibida a través de los sentidos, que las viejas hipótesis analíticas y secuenciales son netamente insuficientes para explicar los procesos de lectura, puesto que en el proceso de leer juegan un papel fundamental tanto el contexto en el que se lee y los conocimientos previos del lector, como la interacción que éste es capaz de desarrollar con el texto.

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Nuestro cerebro es el complejísimo y potentísimo órgano que nos  asegura la adaptación dinámica al medio ambiente, de tal manera que su modo de proceder no se basa en la lógica, sino en la psico-bio-socio-lógica que comporta la existencia, tanto de un cerebro emocional y sintiente, como de un cerebro neurovegetativo y automático que controla y autorregula todos los procesos fisiológicos. De esta manera, nuestra forma de conocer puede decirse que es holográfica, en la medida en que cualquier elemento de nuestros procesos cognitivos contiene en sí mismo la referencia y la llamada a los demás. Y esto es en realidad lo que sucede con la lectura.

Los seres humanos, por mucho que nuestras instituciones escolares sigan empeñadas en administrar y gestionar solamente el hemisferio cerebral izquierdo, conocemos y aprendemos con el cerebro entero, crecemos y nos desarrollamos en permanente interacción y comunicación con nuestro medio ambiente, de tal suerte, que es la persona entera la que se ve implicada en estos procesos.

En consecuencia, el acto de leer, ya sea como acto de conocimiento, de necesidad o sencillamente de entretenimiento, es un proceso en el que están implicados muchas acciones y elementos. El simple conocimiento del significado de las palabras; el doble sentido de las mismas, pasando por la comprensión global de la frase; el papel de los conocimientos previos y sobre todo la dimensión emocional y afectiva que es la que en definitiva terminará por conferir al texto leído su más genuino y singular significado. Leer es pues un proceso de interacción entre el lector y el texto, un proceso mediante el cual el sujeto que lee procura satisfacer uno o más objetivos personales. No obstante el proceso de leer es algo mucho más complejo y global que un aparente mecanismo de intercambio entre autor, texto y lector. Aunque el texto sea algo físicamente dado como objetivo, ni autor ni lector tienen aseguradas la exactitud de la interpretación y esto es de por sí algo sumamente importante, porque al margen de la información explícita que el texto aporta, es siempre el lector el que desencadena toda una variada gama de impactos y evoluciones emocionales, que serán a la postre, las que servirán de anclaje y desarrollo de la memoria comprensiva, puesto que comprender no es otra cosa que emocionarse y/o empatizar siendo capaz de reconstruir de forma singular y significativa el texto.

Leer posee por tanto, múltiples dimensiones. Se trata de un proceso de comunicación y diálogo entre el autor y el lector. También una forma privilegiada de reflexión, de crítica, de desvelamiento de los intereses y objetivos del autor, de proyección incluso de expectativas y deseos. De un proceso también, de aprendizaje: leer es un procedimiento necesario y habitual, no solamente para adquirir conocimientos, sino sobre todo para relacionarlos, integrarlos y re-construirlos significativamente. Sin olvidar tampoco que leer, es en gran medida una manera de vivir, de sentir, de pensar, de escribir, de expresarse, una actividad en suma en la que está implicada siempre la persona entera.

La lectura es mucho más que comprensión y que simple necesidad práctica, es sobre todo sensibilidad, goce, creación, y posee una dimensión de desarrollo personal individual que es inseparable de su dimensión social, porque la lectura del texto, como diría Paulo Freire, siempre es posterior a la lectura de la realidad. Es la realidad, el mundo vivido de cada uno, el contexto singular de cada desarrollo individual el que en primera instancia crea el espacio de construcción de significados. Por tanto el poder de desarrollo que nos ofrece la lectura, el poder de leer, está en función de su capacidad para estimular y amplificar nuestro espíritu crítico, o nuestras posibilidades de ir más allá de las apariencias para descubrir el entramado y las verdades que se esconden tras ellas. La lectura del texto se transforma así en la lectura del mundo personal y del mundo social, y en esta medida leer es al mismo tiempo un acto de amor, amor por el conocimiento, amor por el ser humano que se concreta en acciones por un mundo más justo, sostenible y solidario.

 

 

Maestro de Educación Primaria. Licenciado en Filosofía y Educación y Dr. en Ciencias de la Educación –Universidad de Sevilla, España–. Ha ejercido la profesión docente durante 35 años, impartido numerosos cursos de Formación del Profesorado, dictado Conferencias en España, Brasil, México, Perú y Portugal, publicado varios libros y numerosos artículos sobre temas de educación. Es Miembro del Consejo Académico Internacional de UNIVERSITAS NUEVA CIVILIZACIÓN, donde ofrece el Curso e-learning: ‘Orientación Educativa y Vocacional’.

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