Clara Bünger es diputada por Sajonia en el Bundestag. En el bloque parlamentario de Die Linke es vicepresidenta y portavoz de política interior. Abogada de formación, lleva años defendiendo los derechos de las personas refugiadas y migrantes, y es una de las voces más destacadas del partido contra la extrema derecha. La Fundación Rosa Luxemburgo conversó con ella en Berlín, semanas después de un otoño electoral que dejó a Alemania partida en dos: Die Linke (La Izquierda) se convirtió por primera vez en su historia en la primera fuerza de la capital, con el 25,7 %, mientras la ultraderechista AfD (Alternative für Deutschland, Alternativa para Alemania) alcanzó el 43,8 % en Sajonia-Anhalt y ganó en Mecklemburgo-Pomerania Occidental. En esta conversación, Bünger explica cómo la izquierda ganó Berlín hablando del costo de vida, por qué el partido está conquistando a la juventud, cómo responde a las acusaciones de antisemitismo que siguieron a su victoria y por qué la lucha contra la extrema derecha tiene que ser internacional.
Por Víctor Miguel Castillo
Septiembre de 2026 dejó un mapa partido: la AfD gana en el Este y Die Linke gana Berlín por primera vez en su historia. ¿Qué lección saca el partido del triunfo en Berlín que pueda llevar a las regiones donde históricamente fue una referencia y donde hoy gana la extrema derecha?
En Berlín abordamos los problemas que la gente realmente tiene: la vivienda, los alquileres, la asequibilidad. Hablamos de alquileres, salarios y costo de vida, y ofrecimos soluciones concretas. No nos limitamos a decir que queremos socializar las grandes empresas inmobiliarias, también presentamos un plan para hacerlo.
Detrás de esto también hay trabajo de base. Durante muchos años, la militancia de Die Linke en Berlín hizo un trabajo de escucha profunda con el electorado, yendo puerta a puerta. Llevamos mucho tiempo trabajando sobre los problemas de la gente. Eso es lo que tenemos que hacer en las regiones donde la AfD es fuerte, pero allí todavía tenemos que construir las estructuras y condiciones sociales. En las grandes ciudades las tenemos. Claro que no podemos simplemente copiar, pero tenemos que construir esas estructuras también en el campo. Allí vive mucha gente, y enfrenta exactamente los mismos problemas de asequibilidad. Quizá no la vivienda, que es más accesible fuera de las ciudades, pero sí el costo de vida y los precios de la energía. Así que tenemos que encontrar la forma de llevar el éxito que tuvimos en las grandes ciudades más allá de ellas.
Se dijo que Die Linke ganó Berlín porque logró algo que suele hacer la AfD: polarizar. Si es así, ¿cuál es la diferencia entre la polarización que propone la izquierda y la de la extrema derecha?
La acusación de que la izquierda polariza a la sociedad suele venir del llamado centro político, porque desafiamos un statu quo que le está fallando a la mayoría. En nuestra campaña en Berlín encontramos muchas cosas que unen a la gente: el deseo de una vivienda asequible, de seguridad y de una buena vida para todos. Son intereses compartidos, no demandas que dividen. La respuesta de la AfD a estos problemas es deportar a millones de personas. La nuestra es resolver la injusticia estructural y mejorar la vida de la gente.
Desde mi punto de vista, la actual división política es el resultado del fracaso de los últimos 30 años de políticas neoliberales. La gente está harta y frustrada, y siente, como yo, que necesitamos demandas más contundentes. Lo que la gente quiere es que vivir en Berlín vuelva a ser asequible. Eso no es tan radical como dicen los democristianos. Tener un alquiler que puedas pagar, una vida con seguridad, vivir en paz y con dignidad, nada de eso es radical. Es normal. Nos concentramos en los problemas básicos de la mayoría.
La extrema derecha divide a la gente culpando a las minorías. Convierte a los migrantes en chivos expiatorios y los hace responsables de todos los problemas sociales. Transforma la cuestión social en un enfrentamiento entre los de adentro contra los de afuera, alemanes contra extranjeros, en lugar de ricos contra pobres. Tenemos que recuperar eso: señalar quién tiene el poder y la riqueza. Nuestra política es de solidaridad con quienes trabajan duro y pagan demasiados impuestos. Un trabajador o trabajadora puede pagar hasta un 43 % de impuestos sobre sus ingresos, mientras que quien hereda una fortuna paga alrededor del 23 %. Eso no es justicia.
En Berlín más del 40 % de los votantes de entre 16 y 24 años eligió a Die Linke. En muchos países, la juventud parece inclinarse hacia la extrema derecha o hacia la izquierda. ¿Cómo explicas la popularidad de Die Linke entre los jóvenes, en Berlín y más allá?
Las cuestiones que planteamos son especialmente urgentes para la gente joven. Hablamos de seguridad, paz y libertad, seguridad social, y de un futuro. Hacemos demandas claras y fuertes. No las rebajamos hasta que dejan de resolver el problema. Decimos que tiene que haber vivienda asequible y una vida asequible, y un futuro en el que la gente pueda crecer en paz y libertad. Conversamos directamente con los jóvenes y muchos nos dicen que tienen miedo de que haya una guerra en Europa. Queremos que se sientan seguros.
La derecha busca el grupo social más débil para atacar la democracia liberal. Hoy son las personas refugiadas. […] Empiezan por los refugiados y migrantes; después vienen los jubilados, los desempleados, los enfermos.
La victoria se construyó sobre el costo de vida y sobre hacer más asequible la ciudad. Hay quienes dicen que la izquierda perdió a la clase trabajadora por concentrarse en temas identitarios. ¿Cómo combina Die Linke las luchas materiales con la defensa de las minorías, los derechos LGBTQ+ y la igualdad de género, sin que la derecha logre enfrentarlas entre sí?
Solo somos fuertes cuando nuestras luchas están unidas. Si cada uno lucha solo por sí mismo, somos más débiles de lo que podríamos ser juntos. La idea detrás de esto es la narrativa de raza y clase, más libertad, que por ejemplo veo muy bien abordada en el libro, Merge Left, de Ian Haney López. Ahí se muestra que la política de izquierda tiene más éxito cuando une las luchas y entiende que van juntas.
Del otro lado tenemos un proceso de experiencias autoritarias, en el que actores de derecha buscan el grupo social más débil para atacar la democracia liberal. Hoy son las personas refugiadas. Las convierten en chivos expiatorios, dicen que son todas criminales y que deberían perder sus derechos y ser deportadas. Ese discurso tiene un amplio apoyo en Alemania, y quizá en muchas sociedades. Pero es la puerta de entrada para un ataque a los derechos básicos y humanos de todos. Empiezan por los refugiados y migrantes; después vienen los jubilados, los desempleados, los enfermos.
Nuestra respuesta es un bloque unido contra la derecha. Lo que nos une es la lucha por una buena vida, buenas condiciones de trabajo, derechos laborales y sindicales para todos, sin exclusión. Cuando sumamos la narrativa de la libertad, las personas LGBTIQ+ también se ven reflejadas. Vemos a la clase trabajadora como un todo, no como el obrero de fábrica blanco y varón que todavía imaginan algunos en la izquierda. Zohran Mamdani hizo exactamente eso en Nueva York, y funciona. La clase trabajadora en su conjunto se ve afectada por el sistema capitalista, y al final todos terminan siendo víctimas de la desigualdad si no luchamos juntos. Por eso siempre tenemos que negarnos a entrar en el juego de los chivos expiatorios. La justicia social significa defender el derecho de todas las personas a vivir con dignidad, sin importar de dónde vengan, su religión, su género o su orientación sexual. Una lección que aprendió la izquierda es que tenemos que estar más unidos.
La propuesta central de la campaña de Die Linke en Berlín fue socializar unas 220.000 viviendas de los grandes consorcios inmobiliarios, unas ocho empresas con más de 3.000 departamentos cada una. Se apoya en el referéndum de 2021, en el que casi el 60 % votó a favor, y el partido la puso como condición para gobernar. El empresariado ya advierte que ahuyentará la inversión. ¿Cómo se llevará a la práctica, quién paga las indemnizaciones y cómo responde Die Linke a ese argumento?
El referéndum de 2021 fue un mandato democrático claro, y todos los partidos deberían saber que esto es lo que quieren los berlineses. Si le preguntas a un berlinés cuál es su mayor problema, la respuesta es el alquiler.
Uno de los ataques al plan es que es inviable económicamente. Pero tenemos propuestas concretas en las que el costo no sale del presupuesto de Berlín. Una entidad de derecho público se haría cargo de las viviendas y las financiaría con endeudamiento a largo plazo. Como el Estado pasa a ser dueño de los edificios, puede tomar préstamos con ellos como garantía, y las indemnizaciones a empresas como Vonovia pueden cubrirse con el tiempo con los ingresos por alquileres, mediante intereses y amortizaciones. Las estimaciones del costo total van de 8.000 a 18.000 millones de euros, pero el dinero no tiene que pagarse todo de una vez. Tenemos estudios jurídicos que demuestran que es posible y legal.
También rechazamos el argumento de que ahuyentará la inversión. Miren Berlín: hubo muchísima inversión y muchísima construcción, pero ninguna persona común puede pagar el alquiler en los edificios de los inversores. No necesitamos más departamentos caros. Berlín necesita inversión en viviendas que todos puedan pagar, y la vivienda no debería ser un modelo de negocio. Hay programas de la Unión Europea que apoyan la vivienda asequible, y Berlín podría usarlos. Si impulsamos más inversión social los inversores van a venir. Hablé con un inversor que construye vivienda asequible. No gana miles de millones, pero vive dignamente. Sigue siendo un negocio, y es posible.
Die Linke ya gobernó Berlín como socio menor en una coalición con los Verdes y los socialdemócratas, y pagó un costo electoral. Ahora encabezaría el gobierno. ¿Qué tiene que hacer distinto para que gobernar no desmovilice a la base que la llevó al triunfo en la capital?
El éxito de Zohran Mamdani muestra que no hay que continuar los errores del gobierno anterior ni limitarse a administrar las cosas un poco mejor. Hay que buscar caminos nuevos. Y hay que mantenerse firmes desde el primer día en lo que quieren los berlineses: una vida y viviendas posibles. No votaron para administrar el statu quo. Quieren un cambio.
Eso significa luchar con fuerza por nuestras demandas centrales, la asequibilidad y los alquileres, y también la seguridad social. La gente tiene que ver una diferencia. Por eso tenemos que mantenernos muy cerca de los votantes que nos dieron este mandato, y no tener miedo de los conflictos que eso trae. Nuestra candidata, Elif Eralp, recibió muchas amenazas. Hasta el canciller en un momento dijo que nadie debería sentarse a negociar una coalición, ni formarla, con ella. Eso muestra que tienen miedo, y también que tenemos una oportunidad real de ganar. Si no tuviéramos el poder de cambiar las cosas, no nos combatirían.
En el Parlamento usamos una amplia gama de pedidos de informes e iniciativas para presionar al gobierno, porque Alemania le suministra armas a Israel. Somos el único partido que hace esto, el único partido que muestra solidaridad con el pueblo palestino.
Hablas del miedo que provoca Die Linke. Justamente, apenas ganó, el partido enfrentó una ofensiva para declararlo «no apto para gobernar». Una de las acusaciones fue la de antisemitismo, que en Alemania se usa con frecuencia contra quienes expresan solidaridad con Palestina o critican el genocidio en Gaza. ¿Cómo sostiene Die Linke su solidaridad con el pueblo palestino frente a esa presión, y cómo evita que la lucha contra el antisemitismo se use para silenciar a la izquierda?
Vimos una enorme campaña contra Die Linke antes de la elección, y siguió después de que obtuvimos el 25,7 %, porque estamos comprometidos con un cambio real para la ciudad. Quienes se benefician del statu quo parecen tenerle miedo a ese cambio, y en ese contexto se instrumentalizó el antisemitismo.
Al mismo tiempo, el antisemitismo es un problema real en nuestra sociedad. Estamos en Alemania, donde los nazis deportaron y asesinaron a millones de judíos, de manera organizada por el Estado. Pero sin duda no es un problema exclusivo de la izquierda. Las investigaciones muestran que el antisemitismo atraviesa toda la sociedad y todo el espectro político. La AfD, en particular, representa una amenaza seria para las personas judías. Y la CDU (Christlich Demokratische Union, Unión Demócrata Cristiana), que es la que más fuerte nos acusó, tiene su propio historial: bajo el gobierno anterior de Berlín hubo un escándalo por la forma en que se repartieron fondos destinados a la lucha contra el antisemitismo.
Además, el término antisemitismo se usó de manera abusiva en muchos casos. Es importante distinguir entre el antisemitismo y la crítica legítima al gobierno israelí y al genocidio en Gaza. Por la historia alemana, el debate aquí es distinto al de otros países europeos. Tenemos que enfrentar el antisemitismo, porque está creciendo, y también vemos cómo se instrumentaliza contra los movimientos sociales. Siempre vamos a luchar por los derechos humanos de todas las personas, por el derecho internacional y por la libertad de expresión y de reunión. Y eso incluye poder hablar de Palestina en Alemania.
En el Parlamento usamos una amplia gama de pedidos de informes e iniciativas para presionar al gobierno y exigirle que rinda cuentas, porque Alemania le suministra armas a Israel. Hacemos preguntas escritas y orales sobre cuántas armas se entregan y de qué tipo, y llevamos mociones al pleno. El año pasado presentamos una moción sobre Gaza para hacer cumplir el derecho internacional, detener las exportaciones de armas y garantizar que la ayuda humanitaria llegue a la población. Hace unas semanas presentamos otra para hacer cumplir de forma consecuente el derecho internacional y poner fin al apoyo económico y científico a la política de ocupación ilegal de Israel en Cisjordania. Somos el único partido que hace esto, el único partido que muestra solidaridad con el pueblo palestino, y eso también explica por qué tenemos éxito.
Cada vez más voces de la sociedad civil y de organizaciones políticas piden prohibir la AfD. El 30 de septiembre tú misma le pediste al Bundesrat que iniciara el proceso. Pero ¿cómo se prohíbe a un partido que obtuvo cerca del 40 % de los votos en dos estados sin que se presente como víctima? ¿Qué tiene que hacer la izquierda, además de la vía judicial, para derrotarla políticamente?
La razón por la que la Constitución alemana permite prohibir un partido es la lección que aprendimos del NSDAP, el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán de Hitler, responsable de asesinatos masivos y de la Segunda Guerra Mundial. Los partidos que quieren ir por ese camino no deberían poder planificar ni llevar a cabo deportaciones masivas y asesinatos masivos. Y hacia ahí va la AfD: llama a la «remigración», a deportar a millones de personas. Lo dicen abiertamente, y creo que lo dicen en serio. Por eso apoyo usar la vía legal.
Pero si pienso en todo lo que tenemos que hacer contra la AfD, contra la derecha, contra los neoliberales y los capitalistas radicales, que es lo que es la AfD, diría que la prohibición representa quizás un 10 % del esfuerzo. El otro 90 % es la lucha política: en las comunidades, en las bases, en las escuelas, en las universidades, en todas partes. No deberíamos apostar a un solo camino sino a muchos para combatir a los partidos de derecha, fascistas, neoliberales y capitalistas radicales. La AfD es uno de ellos, y es una amenaza directa para las personas que quiere deportar.
En mayo estuviste en São Paulo, invitada por la Fundación Rosa Luxemburgo, en el encuentro «A Saída é pela Esquerda» (La salida es por la izquierda). Allí conociste de cerca a los gobiernos progresistas que entonces estaban en el poder en Colombia y Brasil. Hoy el panorama es el opuesto: en Colombia gobierna la extrema derecha con Abelardo de la Espriella, y en Brasil las posibilidades de que el bolsonarismo vuelva al poder son muy altas. ¿Cómo debería construirse una solidaridad y una estrategia común entre las izquierdas de Europa y América Latina frente a una extrema derecha que volvió a crecer en nuestra región?
Lo que me llevé de São Paulo, de mis contactos internacionales y de mis viajes es que los desafíos que enfrentamos son muy parecidos en todos los países. Un ecosistema de derecha se está fortaleciendo, junto a un ecosistema de oligarcas de las grandes tecnológicas que cooperan entre sí y trasladan el poder de los Estados a las empresas. La extrema derecha está organizada a nivel internacional. Para combatirla, nosotros también tenemos que actuar internacionalmente. Necesitamos redes más fuertes entre partidos de izquierda, sindicatos y movimientos sociales de Europa y América Latina.
La extrema derecha sabe apoyarse mutuamente, y nosotros también deberíamos hacerlo. Tenemos que escucharnos con solidaridad y aprender de las perspectivas y experiencias de los demás. En Brasil conocí al Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra, el MST. Ver a tanta gente organizada fue una experiencia muy fuerte. La organización es el elemento decisivo de nuestro éxito como movimiento global: primero a nivel local y nacional, después internacional. Podemos aprender del MST, y quizá ustedes puedan aprender de Berlín y de nuestra campaña puerta a puerta.
La solidaridad internacional también significa estar juntos contra el racismo, contra las relaciones coloniales y neocoloniales, contra el autoritarismo y la creciente desigualdad. Y, para redondear con lo que empecé, siempre tenemos que ofrecerle a la gente una alternativa real, que nunca se base en el miedo ni en la exclusión. Esa es la narrativa de raza y clase más libertad, una que incluye a todas las personas. Siempre tenemos que poner el foco en la seguridad social, la democracia y una buena vida para todos.
*Víctor Miguel Castillo es editor general de la Plataforma Global en Español de la Fundación Rosa Luxemburgo y miembro del Grupo de Trabajo CLACSO «Economías populares. Mapeo teórico y práctico en América Latina».
