Entrevista a Facundo Soto: «La poesía es una especie de conexión»

Sobre el autor 12666272_10153950663014044_1475472033_n

Facu Soto (Rodolfo Facundo Soto) nació el 30 de marzo de 1972 en Buenos Aires. Es escritor, periodista y  psicólogo. Fue jugador de fútbol en Los Dogos. Lleva editados varios libros en distintos géneros, donde escribe sobre la sexualidad, sobre la búsqueda, sobre los encuentros.


— Para vos, ¿qué es la poesía?

— No sé lo que es, te puedo decir donde está. Está en un montón de lugares, es externa a uno; la clave sería poder verla o encontrarla. El formato puede ser múltiple: el lenguaje como la típica poesía, puede ser visual como esculturas, pinturas. Todo esto ya en pretensión de arte, pero después, si uno está en esa sintonía, puede encontrar situaciones poéticas casi todo el tiempo. Qué se yo,el universo de las hormigas es altamente poético como está organizado, sus estructuras, sus movimientos. No solamente haciendo oda a la naturaleza, por ejemplo los sonidos de los celulares, a toda la cuestión tecnológica uno le puede criticar cosas porque son nuevas, estamos aprendiendo a usarlas. Justo tengo un poema que se llama «¿Qué es la poesía?»


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— ¿En qué sentido estamos aprendiendo a usar las nuevas tecnologías?

— Por ejemplo no sabemos manejarnos bien en cuanto a la comunicación en redes sociales. Pasa que uno manda tres mensajes, el otro te responde uno, no hay una cultura todavía, estamos aprendiendo. Pero no a usarla técnicamente, sino a usarla sentimentalmente, a nivel comunicacional. Al margen de esas críticas, la tecnología está buenísima, hay actos poéticos cuando suena un celular si sabes apreciarlo. Ahí está la poesía para mí, escribirla ya es otro acto, mucho después de poder sentir esa conexión. Eso, la poesía es una especie de conexión.

— ¿Te acordás cómo fue tu primer acercamiento a la poesía como género literario?

— Sí, flasheé con «La» Pizarnik, estaba enamorado de ella, leía sus cartas, su poesía completa. En esa época era más adolescente que ahora y tenía una novia (¡mujer!) a la que le hacía leerme fragmentos de Pizarnik, me encantaba que me leyera ella. Podía pensar que ella era Pizarnik, o que se había encarnado en ella. Le encontraba mucho sentido, creo que eso fue lo que más me gustó. Por otra parte, yo no leo muchos poetas «clásicos», y si lo fueran son re contra clásicos como Homero, La Divina Domedia (la cual estudié metódicamente un cuatrimestre con un profesor llamado Wenceslao Maldonado, un canto por clase); Joyce también me parece mágico, por más que sea una traducción re pedorra.

La poesía está en un montón de lugares externa a uno; la clave sería poder verla o encontrarla. El formato puede ser múltiple

— ¿Cuándo empezaste a escribir poesía?

— Escribir como una cuestión terapeútica o egoísta…bah, no sé si egoísta, sino para mí…

— Narcisista, ¿no?

— Claro, narcisista. Desde chiquito empecé, siempre preferí literatura y no matemática. Me copaba con Platero y yo y lo deformaba. No te digo que lo hacía porno, pero masomenos. Hacía collages con recortes de revista, ese tipo de locuras. Escribía un montón, me acuerdo de una carpeta azul con lunares blancos llena de cosas que hacía, las cuales no tenían ningún valor artístico -lo que hago ahora tampoco creo que lo tenga (risas)-, eran cosas muy personales y terapeúticas, muy del yo.

— Claro, que quizás no pasaron por ese proceso más de manufactura de transformar algo propio a algo literario, donde el otro meta su experiencia personal.

— Tal cual. Ahora, si yo le voy a dar algo de leer a otro, ahí es distinto. Lo invito al otro, le preparo un té,  quiero que se sienta bien. Soy mucho de tener en cuenta al otro, a veces demasiado. Entonces lo invito a que entre a un texto mío. Intento, dentro de mi locura, que sea esponjoso, que haya lugar para el lector, el chusmeante. La idea es que encuentre un lugar placentero, no quiero maltratar al otro. Hay gente que yo siento que me maltrata.

Soy mucho de tener en cuenta al otro, a veces demasiado. Entonces la invito que entre a un texto mío. Intento, dentro de mi locura, que sea espanjoso, que haya lugar para el lector, el chusmeante. La idea es que encuentre un lugar placentero, no quiero maltratar al otro. Hay gente que yo siento que me maltrata.

— ¿Cómo te maltrata?

— Cosas que vos decís «man, por lo menos corregilo», o pensar que eso no le va a interesar a nadie más que a vos. Es algo muy neurótico, hablalo con tu psicoanalista, no lo publiques porque es una garcha. Hay mucho de eso.

— ¿Qué autores tuviste o tenés como referentes?

— Te digo los más actuales: por ejemplo la primera vez que lo vi a Mariano Blatt y a Ioshua leer juntos fue una explosión. Flasheé porque era lo que yo quería escuchar, lo que yo estaba sintiendo, lo estaba diciendo otros y mucho mejor de lo que podría decirlo. Era bastante seductor y enseguida me identifiqué por esa corriente. Después Manuel Alemián, Washington Cucurto son personas que los leo mucho y me producen algo. Con gente de afuera también me pasó: André Bretón con esa cosa surrealista, su procedimiento. Cucurto una vez me señalaba que yo miro más afuera y no tanto a los latinoamericanos, ¿no? Puede ser cierto. También me fascinan la generación beat.


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María Gomez, Margarita Vega, Facu Soto, Mariano Blatt, Washington Cucurto y Damián Ríos


— Es decir que no te gusta mucho la poesía latinoamericana.

— No me engancho mucho con eso.

— También hay que tener en cuenta que es de difícil acceso, sacando a los autores más consagrados como Mario Benedetti o Pablo Neruda no es tan sencillo ver sus libros en las librerías.

— Sí, a los más contemporáneos es difícil de conseguirlos directamente. Antonios Cisneros, por ejemplo, me gusta mucho, Claudio Bertoni de Chile también. Son casos muy puntuales. Hay mucha poesía que envejece rápido, está atada mucho al momento en el que es escrita. Lo que te contaba de Pizarnik, que la amaba, no sé si leyendo algo de ella ahora por ahí está bueno, pero otras veces también te pueden parecer ñoñas. Con los latinoamericanos a mí me pasa mucho. Enrique Lihn, que a Cucurto le encanta, tiene cosas que capaz eran re vanguardia pero a mí ya no me parece novedoso. Ese es otro tema, creo que hay mucha idealización de los autores.

— Sacralización, ¿no?

— Sacralización, tal cual. Hay una frase de Charly que me gusta mucho que es «yo no soy mejor que vos, vos no sos mejor que yo», somos todos iguales. Inclusive me parece que no hay una superioridad entre gente que es artista y el pibito que vino acá a pintar la casa. Era un genio en los detalles, en las cosas que veía, en su rapidez. El tipo decía «Las cosas se hacen bien o no se hacen» y era súper creativo. Ahí es donde uno tiene que aplicar la mirada poética que te decía antes.

— ¿Qué autores contemporáneos te gustan?

— La poesía de Malén Denis, está bueno lo que hace ahora. José Sbarra, un poco antes, me fascina. Marcelo Díaz, de Bahía Blanca. Creo que me gusta la poesía que no es muy lírica, sino la que es directa, cruda. Flasheé mucho con Bukowski yo. Al contrario, no me gustan los hermanos Lamborghini, me aburren.

«A mí lo que me interesa es que la poesía te produzca una emoción fuerte, que te sacuda. Bukowski me sigue generando eso».

— Fabián Casas sostiene que Leónidas Lamborghini es uno de los autores fundamentales de la poesía contemporánea porque es uno de los primeros que desestructuró los versos y los temas. 

— Sí, puede ser. A mí no me marcó mucho. Lo mismo con Arturo Carrera, me parece sobrevalorado. Está muy bien escrito, pero no me causan mucho. Con Bukowski empecé a escribir poesía desde otro lugar, más cercano a la narrativa también, que también es acercarse a los grandes clásicos como Homero. A mí lo que me interesa es que la poesía te produzca una emoción fuerte, que te sacuda. Bukowski me sigue generando eso.

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— En esa dirección, Walter Lezcano también nombra a Bukowski como uno de sus mayores referentes.

— Totalmente, yo creo que a nuestra generación nos abrió un camino. Raymond Carver también está bueno. Después vas encontrando poesía en narrativa también.

— A la hora de escribir, ¿tenés alguna rutina o mecanismo?

— Sí, se me ocurren cosas todo el tiempo, tengo muchas ideas. Lo que trato de hacer es que no sea algo muy catártico. Intento trabajar no tanto con la forma, sino dejar que se escape un poco para verlo, pero no para cualquier lado. Esa idea de que los personajes se mueven solos no me gusta, me parece muy 60’s, muy cortazariana y mucho no me gusta Cortázar ahora. Yo busco más lo punk, que me sacuda. Yo quiero determinar qué forma va a tener el río o la laguna. Un poema mío me puede servir como ejemplo de lo que digo: «Planeando» (¿Porqué necesitamos a Superman?, La carretilla roja, 2015). Ahí enumero una serie de cosas de planeamiento y son dos registros: uno tiene que ver con planificar y otro con el sentido de planear en el aire como un pájaro. Conviven esas dos voces y hay pequeños juegos. Si la poesía se trata de juegos con el lenguaje, bueno, juguemos. Mi forma de trabajo, entonces, es esa: se me ocurre una idea y pienso su forma, lo trabajo y lo hago divirtiéndome, que es algo muy importante.

Mi forma de trabajo, entonces, es esa: se me ocurre una idea y pienso su forma, lo trabajo y lo hago divirtiéndome, que es algo muy importante.

— Hay una frase en el mundo editorial que se suele repetir bastante que es «La poesía no se vende», ¿por qué creés que pasa eso?

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— A veces uno necesita hacer religión de algo y se suele poner a la poesía en un lugar inmaculado. En ese sentido hay un libro de Heidegger que se llama  Poesía y verdad donde él investiga sobre los orígenes de la poesía y pone a los poetas como visionarios, chamanes. En algún punto hay algo de eso, pero en todas las artes. Pasó con la llegada a la Luna o los Supersónicos y el uso de celulares.

— Para alguien al que le gusta la poesía o quiere empezar a escribir, ¿qué consejo podrías darle?

— Que pierda todo el miedo, que no tenga ninguno. Ni para vivir, ni para escribir.

— Como autor con libros de temática gay, si bien quizás en los últimos años se pudo romper el prejuicio de los libros homosexuales sólo para homosexuales, ¿pensás que aún es difícil llegar a un público masivo?

— Sí y no. Sí se rompió el prejuicio en el sentido de que hay algunas editoriales que prueban de hacer cosas nuevas, que antes no se publicaban. Después hay prejuicios que tienen que ver básicamente con el prejuicio humano. Todavía mucha gente piensa que una persona gay es igual a una persona hétero y no, no es igual. No en el sentido de que uno es mejor que el otro, sino porque históricamente son recorridos distintos. Hay una discriminación de muchos años y eso no es algo que no tenga sus efectos e implicancias. Muchas veces tuve que mentir y es una mierda, está bueno hablar, decir que estás bien cuando estás mal no está bueno. En el ambiente literario me parece que hay todavía bastante machismo y se desconoce del tema.

Sí se rompió el prejuicio en el sentido de que hay algunas editoriales que prueban de hacer cosas nuevas, que antes no se publicaban. Después hay prejuicios que tienen que ver básicamente con el prejuicio humano. Todavía mucha gente piensa que una persona gay es igual a una persona hétero y no, no es igual. No en el sentido de que uno es mejor que el otro, sino porque históricamente son recorridos distintos.

— ¿En qué sentido?

— Hay prejuicios, si bien hay una cierta apertura. Tiene que ser algo que fluya como más natural. Por ejemplo, un editor me dijo: «Ya sacaste varios libros gays, mandame otro que no sea de esa temática». Yo le pregunté por qué y me contestó: «Porque sino la editorial va a quedar pegada como si fuera una editorial gay y nosotros no somos gay». La verdad, y se lo dije, le tendría que chupar un huevo. Vos estás pensando en lo que piensan los demás de vos. Tenés miedo de que te identifiquen con lo gay, es muy cruel, me hace sentir mal. Mucha gente es muy copada, muy intelectual, pero esas pequeñas sutilezas no están buenas.

— Quizás por su muerte, en este último tiempo resurgió un poco la obra de Ioshua. ¿Qué recuerdos tenés de él?

— Lo conocí bastante, compartimos lecturas, ferias, nos encontrábamos a tomar cerveza, a caminar. Hasta el último año y medio, cuando él entró en una depresión fuerte por su enfermedad y, también, quería un reconocimiento que no tenía y se enojaba con todo el mundo. Yo lo ayudé en lo que pude, pero a lo último ya era difícil porque él no se dejaba ayudar. Era copado pero siempre tuvo su costado medio punk: le gustaba discutir, pelear, siempre con buena onda. En los últimos años yo decía que me encantaba leerlo, pero era difícil interactuar con él. Él tenía siempre esa actitud punk y a veces le salía caro, porque hay que negociar algunas cuestiones. Él era taxativo: si pensaba que su libro valía tanto y no se lo daban, no lo vendía ni tampoco comía. Hemos tenido charlas donde llegué a conocerlo bastante, creo que llegué a sacarle la ficha. Pasaba algo con él que estaba bueno: a mí me respetaba, no sé cuando no estaba conmigo, pero cuando estábamos juntos había un guiño, una conexión de estar en el mismo lado, en la misma onda. Él me escribió la reseña de mi primer libro de poesía, Albahaca.

— ¿Tenés contactos con los recitales de poesía que hay ahora y con la poesía slam?

— Sí, tuve dos experiencias con el slam: una buena y una mala. La buena fue cuando estuve con Karina Maccio. Estuvo buenísimo, hicimos improvisaciones en vivo. A mí me parece que hay que dejar de ser conservador, que tiene que ver con los miedos que te decía antes y salirse del formato clásico. La mala fue cuando un tipo me dijo que me iba a mandar una carta documento por unos videos a YouTube que se llamaban «poesía slam» porque él había registrado el nombre. Me pareció cero onda a pesar de que uno suele idealizar el mundo literario. El chabón solo quería hacer guita. Sagrado Sebakis contestariamente a él siguió con la movida con alguna variante.

Me parece que hay que seguir haciendo más cosas para que la poesía deje de estar solo en el papel y se pueda abrir. En los 90’s se hizo mucho eso. Se tendría que hacer más, con más propuestas. También para que sea más accesible para la gente que no es tan cercana al género.

— ¿Qué opiniones tenés de esos movimientos de poesía oral?

— Me parecen que están copados. Son propuestas, no sé si nuevas, pero sí recicladas. Se podría pensar como un cadáver exquisito o una nueva versión de algo. Me parece que hay que seguir haciendo más cosas para que la poesía deje de estar solo en el papel y se pueda abrir. En los 90’s se hizo mucho eso. Se tendría que hacer más, con más propuestas. También para que sea más accesible para la gente que no es tan cercana al género.


Esta entrevista también forma parte de la serie ¿Qué es la poesía? de la revista digital La Primera Piedra.

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