Expandillero César Andrade: «Una pandilla es un grupo de gente joven que quiere tener una oportunidad»

El ex integrante de los Latin King comenta cómo fue su experiencia perteneciendo a ese grupo y reflexiona sobre los códigos y los valores dentro de la organización
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César Andrade nació en Ecuador. A los 16 años se metió en los ‘Latin King’. Poco después se convirtió en King Manaba, uno de los líderes. Se mudó a España, pasó dos veces por la cárcel y ahora ha escrito su historia junto al antropólogo e investigador Carles Feixa en ‘El Rey. Diario de un Latin King’.

Aparece en el documento de identidad como César Andrade, pero también se le puede llamar King Manaba. Este es su segundo nombre. Su segunda identidad. La que adoptó a los 20 años en un bautizo no religioso. Fue la pandilla la que le otorgó esta existencia nueva: la de ser laureado como miembro destacado de los Latin King, donde se había introducido de adolescente. Ahora, este pandillero ha contado su historia en El Rey. Diario de un Latin King, publicado a principios del mes de marzo en la editorial Ned  junto al antropólogo Carles Feixa.

En este libro, donde se reproducen las conversaciones que ha tenido con Feixa (investigador y profesor de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona) durante 15 años, Andrade relata desde dentro el testimonio de la pandilla. La voz de un latin king que cree que pertenecer a uno de estos grupos es como ser de un equipo de fútbol: un sentimiento perenne. Porque la banda es una familia. Entre ellos se llaman hermanitos y en conjunto forman La Nación, una isla con sus propias reglas. Explicar el día a día y lo que supone para cada uno ser parte del clan ha sido el motivo que le han impulsado a escribirlo, así como derribar algunas imágenes erróneas que se tienen de ellas y exponer su situación actual como mediador y partícipe de Transgang, una invetigación sobre bandas latinas en 12 ciudades europeas.

«Yo no venía de una familia desestructurada. Mi madre era ama de casa y mi padre trabajaba, que era lo habitual en Ecuador», comenta Andrade por teléfono. «Al contrario: mis padres siempre me inculcaron bueno valores», se defiende Andrade, nacido en 1976 en la provincia ecuatoriana de Manabí, en el centro del país sudamericano.

César Andrade, miembro de los Latin King
Foto : Cortesía de César Andrade

Uno de los malentendidos que suelen atribuirse a los miembros de Latin King o de otras pandillas es que es el desarraigo lo que les introduce. «Es verdad que atrae el sentirte importante, sentir ese valor, salir a las calles y ganarte el respeto. Eso me empujó», comenta, «pero todo era salir a enfrentarte con otras pandillas (que a lo mejor pasaba porque éramos jóvenes y de sangre caliente), también hacíamos cosas buenas: ayudábamos a los desfavorecidos, a los más vulnerables, y limpiábamos voluntariamente las calles o el barrio».

Otro de los mitos es que para entrar hay que pasar unas pruebas, que a menudo incluyen algún tipo de violencia o acto delictivo. Él lo desestima: «Yo sí que las pasé en Ecuador, y a lo mejor hay quien lo sigue haciendo, pero no es obligatorio», arguye. Ni siquiera hay que tener unas aptitudes concretas: «No hace falta ser de ninguna manera, solo tener ganas de unirte. Lo que tienes que tener es respeto por las leyes. Con el pasar del tiempo, cada persona le coge cariño a las reglas y a la gente».

Tampoco hay códigos. Es cierto que suelen identificarse con unos colores (en su caso, el amarillo y negro), que mantienen un saludo propio y que usan una jerga peculiar, pero no se deben a un culto concreto. «Eso se lo han inventado los medios. Ni ropa determinada, ni tatuajes», subraya. «Si acaso, se escribe ADR (Amor de Rey o Amor de Reina), pero no hay nada más. Y tenemos nuestros rezos, pero el que quiere lo hace y el que no, no», concede.

Su idea de pandilla es «un grupo de gente joven que quiere tener una oportunidad». El problema, dice Andrade, es que «desde fuera, en los medios», se les presenta como si sólo «robasen o se pegaran». «Y sí, en un principio también hice cosas malas, pero no significa que solo peguemos o trapicheemos. No estamos de acuerdo con la violencia. Condenamos ese tipo de actos», cuenta quien, de hecho, estuvo dos veces en la cárcel. La primera vez fueron cuatro años, de 2009 a 2013. La segunda, unas semanas de 2015. Se le condenó por tráfico de drogas y después fue acusado por lo mismo, aunque se desestimó.

«Toqué fondo», suelta lacónico sobre esos dos periodos, a los que prefiere no regresar. En el libro sí que narra algunas vicisitudes de su vida en prisión. Estuvo en máxima seguridad, con apenas una hora al día de salir al patio. Y allí dio un vuelco a su futuro. De esos años previos —en los que se coronó como líder de la banda en Santo Domingo, una ciudad cercana a Quito, la capital— le quedan las riñas con grupos rivales y una huida a España, donde recaló en 2003. Estuvo dos años en Madrid y se mudó a Barcelona, donde aún reside y donde conoció a Feixa, investigador de bandas latinas. «Empezamos a hablar y dijimos que teníamos que publicar mi historia», rememora, «pero fueron pasando los años y hasta que nos sentamos nada». Le da pena haber tardado tanto, porque uno de sus objetivos era que lo leyera su padre, fallecido recientemente. 

Siguió siendo pandillero. «Lo que te enseñan los Latin King es que tienes que tener fuerza interior para salir adelante», esgrime, «es una felicidad completa». En Ecuador había más bandas, como Los Vatos Locos o Los Ñetas, que aún permanecen junto a Dominican Don’t Play u otras. «Mi relación con los hermanitos es otra y no estoy muy al corriente», afirma quien quiere dejar claro que la vida en una pandilla no es solo producto de la desesperación.

«Por ejemplo, hay muchas personas que llegan a España y son jóvenes, se ven muy solos porque los padres trabajan mucho, y van al parque, a buscar a alguien», explica.

En la vida de un latin king, matiza, hay tres etapas o estadios. La primera es «el primitivo». Es «el más inconsciente o intuitivo». «Suele corresponder a la adolescencia», indica Andrade. El segundo se trata del «conservador», cuando el miembro se dedica «más al trabajo o la familia» y «deja de lado a La Nación». Y la última es cuando eres «el Nuevo Rey». «Te das cuenta de que tienes que pensar en la verdadera fortaleza viene de la unidad frente a la opresión», matiza.

King Manaba ha pasado a este peldaño. Desde su posición llegó a juntar a los Latin King con Los Ñetas en la iniciativa Unidos por el Flow. Y consiguió registrar la banda como una asociación en Barcelona. Algo que terminó fracasando por «la constante represión y el acoso policial». De una tímida apertura se tornó a una «mano dura» que acabó con una idea «positiva». «Se nos criminaliza desde los medios o algunos partidos políticos», apunta Andrade, que lo compara con lo que pasa ahora con los llamados MENAS (menores no acompañados). «Ocurre lo mismo. No somos bandas criminales. Y ellos son jóvenes como cualquier otro y hay que abrirles puertas para que tengan oportunidades».

Feixa opina lo mismo en el prólogo: «Aunque ha habido algún caso grave (cuyas víctimas suelen ser los propios pandilleros), en general los delitos supuestamente cometidos son de escasa entidad económica, vinculados al pequeño tráfico de drogas, a peleas o a la simple pertenencia al grupo».

Ese asedio es una de las razones para que después ninguno quiera dar la cara. Y de que ambos estén trabajando de nuevo juntos en el mencionado estudio Transgang, abogando por dar a conocer el funcionamiento interno de estas hermandades, lejos de prejuicios.

Con este análisis combina sus tareas de mediador. También hace un curso de técnico de sonido mientras comparte piso en el barrio de Sant Martí, orgulloso de su vida de pandilla. «Hay gente que reniega. Cuando sale o tiene un desencuentro no lo quiere reconocer. Para mí, ser un latin king es un sentimiento. Me enamoré, me casé y luego se me convirtió en un amor verdadero. Aunque no esté en activo al 100%, este sentimiento que no va a salir de mí. Es como un hincha del Madrid o del Barcelona», reconoce César Andrade o King Manaba, dos nombres para una misma persona.

Cortesía de Sputnik


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