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A 40 años del Golpe: La tenacidad de Víctor Pey

El dueño de Clarín si que es una figura histórica. Combatiente en la Guerra Civil Española, libertario, exiliado por Franco, llega a Chile en el Winnipeg, amigo de Allende y Neruda. Hoy está a un paso de su mayor sueño: sacar nuevamente el Clarín.

Su departamento se ubica en un tercer piso sin ascensor al lado de la Plaza Ñuñoa. La sala principal es amplia, luminosa y no está decorada para la vida social. Más bien parece el cuartel de operaciones de un militante tenaz. El mueble de escritorio ocupa el centro de la sala y sobre él destaca el computador encendido, la impresora lista, y el teléfono a mano.

Es una mañana soleada de fines de julio del 2013. Víctor Pey me recibe quizás con pocas ganas. Me han invitado a escribir en la edición impresa de Clarín, y yo acepto siempre que sea una entrevista a este personaje que espera no una edición única impresa de su diario a los 40 años del golpe, sino una permanente, que rompa el consenso del duopolio mediático. Espera hace 40 años que el Estado chileno cumpla con sus compromisos e indemnice de una vez por todas a los dueños de Clarín.

-¿Por qué crees que el Estado, y especialmente los gobiernos de la Concertación se han opuesto tanto para que Clarín tenga la compensación exigida?

-Porque Clarín sería el denunciante de los desequilibrios, de los abusos, de las irregularidades que están habiendo y que ha habido también en la Concertación. ¡Y eso no les conviene!

Víctor Pey tiene 98 años y decir que no los representa es ya un lugar común. Me observa sagaz mientras tomo notas, y antes de partir el diálogo le advierto entre bromas que esto no es como en el tango, donde él conduce y su pareja de baile se deja llevar. –En este diálogo dirijo yo-, le digo para romper el hielo, pero a él no le gustan las entrevistas e intenta una sonrisa que no alcanza a concretar.

Lo imagino ese día de octubre de 1998 enviando por Internet a su socio y amigo, Joan Garcés, la pequeña nota aparecida en el diario El Mercurio, en la que se consignaba el viaje de Pinochet rumbo a Londres. Pinochet no se lo soñaba, pero estos hombres que no cejan le fueron siguiendo los pasos minuto a minuto, hasta que Joan Garcés logró que el juez Garzón le lanzara la orden de captura en Londres.

Pinochet preso no había sido mérito de nadie más que de esta dupla que conforma la Fundación Presidente Allende y que espera con ardiente paciencia que Clarín vuelva a ser un diario independiente que circule por todo el país.

La fotografía de Segismundo Pey, y Manuela Casado, sus padres, se ubica en el centro del escritorio. El, un ex sacerdote que fundó diarios, escribió libros y no dio tregua a la jerarquía de la Iglesia católica. Ella, hija de un masón dueño de la primera casa de fotografía, de Soria.

Víctor Pey dice que sabe de derrotas, pero que todo lo volvería a hacer. Su lucha en la columna de Buenaventura Durruti, el anarquista con quien combatió en Barcelona durante la Guerra Civil Española; las armas que fabricó junto a su hermano Raúl, luego de las requisas de las fábricas metalúrgicas para hacer armas que defendieran la república.

La huída de España el día que cayó Barcelona y que Chile era sacudido por el terremoto de Chillán. El campo de prisioneros que compartió con su hermano Raúl, en Francia; la visita a Neruda en París, y la llegada de los Pey en el Winnipeg. Son todos fragmentos de una larga historia marcada por el talante de anarquista independiente al servicio de las causas de la izquierda.

De allí su vínculo estrecho con Salvador Allende, su cariño por la Paya. En fin, todo lo que se sabe, más lo que sin duda desconocemos porque finalmente Víctor Pey, en época de guerras o de paz, nunca ha bajado la guardia.

SAINTE-MARIE Y LA VENTA DE CLARÍN

-¿Te influye la imagen de tu padre fundando diarios, escribiendo en los medios, haciendo sus libros, al momento de adquirir el diario Clarín, el 71?

-Sí, de alguna manera era un medio que no me era ajeno. Pero la verdad es que yo compré Clarín a la fuerza, porque Sainte-Marie en un momento determinado se tuvo que ir de Chile. Y no se tuvo que ir por ninguna amenaza. Lo que ocurrió es que como él había disparado contra todo el mundo, incluyendo la vida privada de la sociedad chilena, descubrió que su mujer tenía unos amores clandestinos con su primo.

-¿Cómo?

-Con el primo de ella, que era un repartidor de la Coca Cola de Reñaca. Y entonces él me dijo, -¡Víctor, eso si que no lo soporto! ¡No!-. Yo le respondí ¡Pero cómo se va a ir! Y se fue. Pero me vendió Clarín, y no fue por tanto. Él pudo haber sacado por Clarín, el doble, el triple del dinero, por lo que significaba Clarín para la derecha. ¡Era un ariete terrible! Él le decía a Allende, y con muchísima razón, -¡Oye, tú me debes a mí la presidencia!- Porque la verdad es que Clarin le hizo la campaña tanto a Tomic como a Allende, pero a Tomic le cobraba y a Allende no le cobraba. Y hay que pensar que Allende ganó por 30 mil votos nada más, de manera que sin el apoyo de Clarín habría sido más difícil que hubiera sido presidente.

-Curiosa la pequeña historia. ¡Mira la razón que lo hace irse de Chile!

-Porque no puede resistir que empiecen a disparar denunciando ese hecho, y él se separó de la mujer y se fue del país. Después yo llegué a Madrid y en Madrid me alojé unos meses en uno de sus departamentos. Con el producto de la venta del diario él compró tres departamentos en el centro Colón de Madrid. La vida que él hacía era de soledad y de amargura muy grandes.

LA TRAICIÓN

-¿Luego del triunfo del NO, imaginaste que la transición iba a ser como fue?

-No. Creí que iba a ser transición. Sin embargo, pienso que durante el primer gobierno, el de Aylwin, eran pocas las cosas que se podían hacer porque la presión del comandante en jefe era más fuerte y seguía haciendo lo que le daba la gana. Pero después, la situación en Chile y en el exterior cambió mucho, y el señor Pinochet no tenía ninguna posibilidad de hacer nada, pero ahí se produjo el regreso de Europa de los exilados chilenos, y a algunos los había cambiado sustancialmente. Se dio lo que en derecho se llama la ultra petita, ir más allá de lo que era necesario.Y entonces hay una traición indudable. Pero no estoy juzgando toda la actuación de Aylwin en la política chilena, porque al final del gobierno de la UP él encabezaba el sector más conspirativo de levantamiento y del aval que daba la Democracia Cristiana al Golpe que se veía venir. Me estoy refiriendo sólo a que dentro de la transición Aylwin tenía también sus limitaciones, y creo que dentro de las limitaciones hizo cosas positivas. El resto de la transición tiene distintas fases.

-¿Qué destacarías?

-No cabe duda de que ha habido mejoras y avances económicos y, sobre todo, en lo que se refiere a los DDHH han dejado de existir las consecuencias de la dictadura en materia de desaparecidos y asesinados.

Pero se dice que hay libertad de prensa, que aquí no se persigue a ningún periodista en este momento. Pero la libertad de prensa está limitada porque los espacios son copados sólo por dos empresas, El Mercurio y Copesa. Entonces, hay libertad de expresión teóricamente, dentro de lo que quieran imponer estas dos empresas. Y está todo el tema de la publicidad fiscal que en las épocas en las cuales ha habido “socialistas” en los gobiernos de Lagos, o Bachelet, no se hizo absolutamente nada para cambiar la situación.

ESE MARTES 11

-Hablemos de tu 11 de septiembre. ¿Qué episodios de ese día quedaron en tu memoria?

-Semanas antes del Golpe yo iba todos los días a La Moneda a eso de las siete, ocho de la tarde. Ya esos últimos días la situación estaba muy seria y nos quedábamos ahí con la Paya y con alguien más, hasta la madrugada. El día 10, estando ahí en la secretaría privada -Allende se había ido a las ocho de la noche, y nosotros nos quedamos en el despacho del gabinete-, llegaban las informaciones diciendo que en Los Andes habían camiones, que en tal regimiento había movimiento. Existía una sensación de alarma que se agravó mucho esa noche. A eso de las doce y media o la una, la Paya llamó a Tomas Moro. Estaba reunido Allende con Joan Garcés y con el Ministro del Interior y otras personas, y estaba también el periodista Augusto Olivares, “el perro”, quien servía de interlocutor. El “perro Olivares le dijo a la Paya que el doctor nos pedía que nos fuéramos, porque mañana iba a ser un día duro y que ya era muy tarde. Y salimos de La Moneda con la Paya. Yo me fui para mi casa, en Tobalaba, y ella siguió para El Cañaveral.

-Llegas a tu casa. ¿Quién te avisa?

-Llego a mi casa, y a eso de las seis de la mañana me llaman por teléfono, yo tenía el teléfono en el velador, y era el “perro” Olivares que estaba en Tomás Moro: -Víctor te llamo de parte del doctor, dice que te vengas para acá porque la Armada se ha sublevado-. Me levanté de inmediato, subí a mi auto y partí a Tomás Moro. Cuando iba llegando vi que salía una caravana de vehículos con tanquetas de carabineros y me di cuenta que en uno de los autos iba Allende. Pero como había quedado de ir, llegué y entré en Tomás Moro, dejé el auto afuera, en vez de entrarlo, felizmente, y esperé un rato. La Tencha estaba en el segundo piso. Yo no la vi.

LAS LLAMADAS DE ALLENDE

-Te quedaste en el primer piso, esperaste y después…

-Me quedé en lo que era el despacho de Allende. Donde estaban los teléfonos, los citófonos. Al cabo de media hora llamé por el citófono interno -había un citófono que se comunicaba con La Moneda- y ya habían llegado. Y entonces hablé con Allende y le dije que si yo iba a La Moneda.

-¿Cómo sentiste a Allende cuando hablaste con él?

-Con absoluta tranquilidad. Sin ningún temor. Me dijo que no era solamente la Armada sino que la rebelión era también del Ejército y de la Fuerza Aérea y que el gobierno iba a resistir, y me preguntó por el general Prats. Me preguntó por él porque días antes Allende me había pedido que le buscara un lugar porque Prats temía por su vida.

-¿Porque había sido amenazado o porque tenía antecedentes?

-Lo único que sé es que él temía por su vida y Prats no era un hombre de alharacas, se lo había comunicado a Allende. Allende me pidió si podía encontrarle un sitio que fuese distinto de todos los que la gente conocía y que tuviese ojalá dos teléfonos para poder tener seguridad y vinculación con él. Y yo le había encontrado el sitio. Estamos hablando del día martes y esa petición había sido la semana anterior. Supe que el domingo Prats con su mujer fueron al departamento porque me lo ratificó Orlando Letelier mucho tiempo después. Eso lo sabía Allende, por eso me preguntó -¿y el General?-. Entonces le respondí -¡debe estar en la casa, no lo sé, pero debe estar¡ –¡Llámalo! y tú me llamas de nuevo. Contáctalo- me dijo Allende. Y traté de llamar a algunos de los teléfonos pero no contestó ninguno de los dos, nadie. Volví a llamar a La Moneda y le dije que no lo había encontrado, que no era habido. Porque él quería que Prats fuera para allá. ¡Y se frustró con eso!

-¿Ese día vuelves a hablar con Allende?

-No hablé más y después empezó el tiroteo de los vecinos, de los francotiradores que estaban alrededor de Tomás Moro. Eran todos de derecha y disparaban perdidos. Cuando me fui, lo primero que hice fue intentar llegar a Clarín. Ya en el centro comenzó el bombardeo de La Moneda. Me guarecí en un portal y cuando pasó el bombardeo me fui al departamento de una persona amiga. Me quedé ahí.

-¿Qué sentiste ante el discurso de Allende?

-Sentí que literalmente era un discurso de despedida donde además le pide a la gente que no se deje provocar y que no venga a La Moneda. Era una rendición completa. Él, muy íntimamente lo había pensado y lo había elaborado bastante. Y termina diciendo: -Pagaré con mi vida la lealtad del pueblo-. Su muerte significa un acto político de una grandeza… ¡Hay que ver el amor que él tenía por la vida! Estando asilado en la Embajada de Venezuela, llegó el embajador y nos informó: -Allende se ha matado-. Ese acto hizo que el nombre de Allende nos protegiera a todos los que estábamos esparcidos por el mundo. Por la gloria, la majestad y el heroísmo que había significado. Allende pudo haberse acomodado, como hacen muchos gobernantes, pero con su actitud, con ese gesto llevó adelante los hechos con una consecuencia que lo condujeron al martirio.

-¿Te imaginabas que el golpe tendría estas características?

-Sí. Yo venía del franquismo. Sabía que no se trataba de un golpecito más, sino que tendría caracteres muy trágicos. Allende muchas veces me preguntaba sobre la Guerra Civil Española. No fue una sorpresa. Yo no era una persona conocida públicamente. De manera que cuando veía que el Golpe venía, tenía previsto un departamentito donde llevé un frigeder y le puse alimentos para guarecerme ahí unos días. Pero resultó que en uno de los bandos militares leyeron una lista de personas que tenían que presentarse antes de las cinco y media de la tarde y, como estaba yo en esa lista, opté por esconderme.

-Allende pide que busques sitios de seguridad, mucho antes lo has hecho con Neruda y la Hormiga, cuando el poeta es perseguido. Sabes de redes y de bajo perfil…

-Bueno, luego del Tancazo, el alzamiento del 29 de junio, Allende me pidió que organizase una casa muy reservadamente para que en el caso de que hubiese un golpe militar pudiesen ir ahí los hijos de los grupos de personas que estaban alrededor de La Moneda . Porque el día del Tancazo todos fuimos a La Moneda, pero los que tenían hijos no sabían qué hacer. Fue la propia Tati la que le insistió en eso y él me pidió que buscase rápidamente una casa. Arrendé una por calle San Pablo que tenía varios dormitorios, piezas con camas y le entregué las llaves, no a la Tati, sino a Isabel Allende. Pero por las características del Golpe, esa casa nunca se usó.

-Eso corrobora lo que te digo. ¿Es herencia de la guerra civil española y de tu lucha al lado de Durruti?

-No sé si de todo esto se pueden sacar algunas conclusiones en la vida. Por supuesto te he citado los fracasos. Porque han sido derrotas. Sin embargo, hoy haría lo mismo. Creo que es el único camino con el que uno puede estar tranquilo con su propia conciencia, satisfecho consigo mismo. Haber vivido y mirar para atrás y estar satisfecho, no de todo lo que se ha hecho, porque tampoco podemos decir que ahora somos blancas palomas. No todo. Pero yo no cometí ningún crimen. Naturalmente que en España fabriqué mucho material de guerra… Eso es así, muchas veces lo he pensado.

-¿Y te complica el tema?

-No. Lo volvería a hacer, porque fue una guerra no solamente de defensa de un país, sino de una manera de ver la vida, y una ideología determinada. ¡De las derrotas no he quedado derrotado, sino que le aconsejaría a cualquiera que lo hiciese!

***

LA ALERGIA DE LA HORMIGA

-Cuando escondías a Neruda y a la Hormiga en el departamento de la calle Eulogio Sánchez, en el centro de Santiago, tú les llevabas comida pero nadie lavaba los platos, ni Neruda, ni la Hormiga. ¡Ella no se calaba ni un rol de ese tipo!

-¡No se los calaba! Es un departamento ubicado cerca de la calle Vicuña Mackenna. Era pequeño y tenía una cocinita. Yo les compraba comida en el Waldorf, y un día veo que se habían amontonado en la pequeña cocinita los cuatro platos y los cubiertos que tenían. Y ella me dice –yo no puedo lavar, ¿me los podrías lavar tú? porque tengo problemas con mis manos.- Y yo le respondí -¡no te preocupes por las manos!-, y le compré unos guantes de goma, y ya.

-Pero Neruda tampoco se mojaba las manos.

-Eso ni se planteaba como posible. Ni se planteaba.

-La Hormiga era bastante avanzada, autónoma. Tal vez fue la más independiente de las mujeres de Neruda…

-Sin ninguna duda. En esa soledad de ese tiempo clandestino ella hizo en ese departamento una vida independiente. Yo le llevaba papel kraft y pintaba caballos, sus famosos caballos. Pienso que ella tenía incluso mucha más capacidad que el propio Neruda para soportar el encierro y las vicisitudes. Y fueron varios meses. Luego, cuando supe que los dos intentos que había hecho el Partido Comunista para sacarlo del país habían fracasado, me dediqué a elucubrar una manera de lograrlo. Y la escogí a través del fundo de Pepe Rodríguez, quien era muy amigo mío y de una lealtad, una fortaleza y una decisión salvajes. El secretario general del Partido Comunista en esa época, era Galo González. Y él autorizó esta operación que terminó con Neruda en Argentina.

Por Faride Zerán

El Ciudadano Nº146 / El Clarín Nº6.923

Septiembre 2013

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