María Emilia Tijoux y la violencia en el fútbol: “La competencia está entendida como una declaración de guerra”

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Este fin de semana nuevamente un partido, incluso antes de comenzar, terminó en una batalla sobre el césped entre hinchas de dos equipos del fútbol profesional chileno. Quisimos ahondar en qué hay detrás de la violencia que esta vez tuvo como protagonistas a barristas de Colo-Colo y Wanderers, y conversamos con la doctora en Sociología de la Universidad París VIII y docente de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, María Emilia Tijoux. La también investigadora se ha dedicado a abordar el tema de la exclusión de niños y jóvenes, y los problemas de la desigualdad y sufrimiento social en Chile y Francia.

Ayer nuevamente integrantes de dos barras de fútbol se enfrentaron en medio de una cancha y al final del día lo único que se escucha es que son “delincuentes”. ¿Qué lectura hace usted de estos hechos de violencia en los estadios?

Estos “hechos de violencia”, como todo el mundo los denomina, son vistos como una particularidad, como si fuera el único hecho de violencia que existe. Son momentos efectivamente violentos, pero que están protagonizados por gente proveniente de sectores generalmente pobres. Lo que vincula, por lo demás, siempre pobreza a violencia, lo que es un tremendo error, cuando la violencia está instalada en la vida todos los días, en la violencia de la economía, en la violencia de trabajar como animal, pero eso aparece como algo normal. Por otra parte- y ahí soy menos especialista- pienso que el negocio del fútbol y los últimos hechos que han pasado con delincuentes comprobados, como (Sergio) Jadue y otros, también han remecido. Algún lazo debe haber entre esa frustración de los barristas o de los que siguen a los clubes con respecto a ello. Luego está la cuestión de la competencia. Me da la impresión también de que el hecho de que se compita –e incluso antes de competir o antes de lo que debería llamarse jugar- ya está entendido como una suerte de declaración de guerra, que no tiene mucho sustento en cuestiones objetivas de una guerra, pero que está vinculada, insisto, a la guerra de la vida, a la guerra de todos los días. Pueden muchos de ellos verlo como una “oportunidad” para luchar públicamente en la calles.

Foto partido

Me cuesta pensar que toda esta gente sea delincuente. A lo mejor es la misma persona que va conmigo en el Metro a trabajar a las 6 y media de la mañana. Entonces esa misma persona que está frustrada, que está explotada, que está sufrida cotidianamente, como hincha encuentra la oportunidad de lanzarse colectivamente. Y aquí sí hay una cuestión que funciona en colectivo, porque cuando se está en grupo –y eso uno lo ve también cotidianamente: gente que se emborrachó y que viene de una fiesta puede llevar a cabo actos violentos, incluso una violación-, ese colectivo, la horda o la masa, lleva, conduce, y si hay además dos que se oponen en torno a lo que sería un partido de fútbol, eso adquiere proporciones mayores. Si bien hay que enfrentar estos hechos y preocuparse por ellos, me parece que hay que buscar sus condiciones de producción. Hay que ir a buscar estructuralmente por qué ocurre eso y por qué le ocurre más a unas personas que a otras y preguntarse si acaso en esos grupos no hay distintos tipos de personas que encuentran una suerte de objeto colectivo como para poder salirse de sí.

“APARECE DE MANERA MUY BRUTAL LO PEOR DEL SER HUMANO Y DE LA CONDICIÓN CHILENA”

Uno podría decir también que en este comportamiento hay elementos que comparte la sociedad en general, como el machismo. Por ejemplo, a los hinchas rivales siempre se les intenta descalificar en femenino: Las “madres”, las “zorras”, las “monjas”…

Eso es parte de la sociedad en general, porque nadie califica de violenta las redes sociales repletas de horror, repletas de sexo, crimen, deseo de aniquilamiento, racismo, fascismo, machismo. Y son también estos deportes con tanto dinero por detrás. Porque converso con gente que conozco que era futbolista o jugaba en otras épocas y no estaba de por medio la cantidad de dinero que ello supone. Y sí, estoy totalmente de acuerdo en que aparece de manera muy brutal lo peor del ser humano y de la condición chilena. Y yo sí pienso que es una condición chilena racista, fascista y machista y ese conjunto nos hace seres muy perversos; que necesitamos mirarnos a nosotros mismos y preguntarnos cómo somos capaces de hacer lo que hacemos.

Claro, porque también uno lo puede ver en el público, por ejemplo, cuando se enfrenta la Selección Chilena con Perú o Bolivia y hay pifias, insultos…

Por eso es que estos hechos necesitan ser procesados –o al menos que haya alguien por ahí en el Gobierno que se preocupe de estas cosas-, pensados de manera inteligente, no solamente vistos inmediatamente como un lugar del delincuente, porque pueden estar súper equivocados, se pueden encontrar con un dueño de casa o una señora buena onda. Es el lugar donde se afiatan todas estas características de una sociedad vinculada con lo religiosos y lo militar conjuntamente –como diría (Jorge) Larraín- y aparece lo peor en torno a esas dos cuestiones. Porque efectivamente es muy probable que después de los hechos muchos se sientan “culpables” de haberlos llevado a cabo y estén pidiendo perdón. Porque este es un país donde la gente pide eternamente disculpas. Bueno, yo maté y pido disculpas. Y no es tan sencillo. Es preciso una mirada hacia nosotros mismos, detenerse un poco más en el tipo de individuos que somos y cómo nos ven a veces en otros lados a causa de este lugar tan extraño que tenemos.

LA GENTE “BIEN”

En el fútbol profesional hemos conocido casos de jugadores chilenos que llegan curados a concentraciones y hasta de un arquero que mató a una persona manejando ebrio. Sin embargo, cuando se trata de juzgar esto se hace vista gorda y se ocupa esa frase de que “a los ídolos se les perdona todo”…

interiorEs lo que te decía recién, que aquí estamos llenos de perdón, pero no a cualquiera. A un chico que roba un celular se le amarra, se le desnuda, se le expone y más encima todo el mundo se ríe, lo filman y lo fotografían. Pero esa suerte de idolatría, de construcción de dioses que hacemos a cada rato, implicaría que cualquier cosa que hagan, por muy terrible que sea, se olvide inmediatamente. Yo creo que esta condición de impunidad y de olvido y de un recuerdo fusilado con una memoria que ya no sirve para nada, nos caracteriza como sociedad y eso sí tiene que ver con la historia de nuestro país y luego con el broche final de la dictadura que terminan amarrándolo como un paquete de regalo perfecto los gobiernos posteriores. Hay impunidad en este país. Entonces se le pega a un niño en la calle y la gente no reacciona, tiene que venir un programa de televisión para que comiencen a hablar de eso. Y el crimen contra la chica ya se olvidó, poco importa; seguramente sus padres no lo van a olvidar nunca, pero a él se le perdona. Yo creo que si dejara de ser exitoso toda la sociedad estaría en contra de él y recordaría ese hecho, pero mientras sea exitoso la cosa no va ser así. Mientras sea exitoso van a continuar pensando que su crimen es un crimen que no pensó o que fue una casualidad de la vida no más.

Usted mencionaba hace un rato a Jadue, un delincuente declarado culpable por el FBI, y podríamos sumar una serie de políticos encausados por lo mismo en Chile…

Claro, son muchos más, pero todos son perdonados.

¿Y por qué a nuestras sociedades les cuesta tanto romper ese círculo vicioso de la elección de representantes vinculados a lo delictivo?

Porque probablemente la cultura de las mafias -y yo diría también el deseo de muchos de ser como ellos, de lograr rápidamente éxito, de tener mucho dinero de un día para otro, de conseguir fama de un día para otro-, es un proceso donde hay mucha envidia, hay mucho deseo de ser así. Jadue es uno y quizás ha sido uno de los más condenados, pero hay muchos que han sido incluso juzgados y están libres, pero es “gente bien”, “se viste bien”, “habla bien”, “estudió bien”, y ese “bien” está vinculado a la verdad y a la belleza y ahí nos podemos remontar hasta a los griegos, pensando que entonces lo feo, lo malo, lo falso está en el lugar de los pobres. Entonces rápidamente estos personajes se convierten en una suerte de ídolos mafiosos envidiados también. Y la gente lo dice, ¿no?: “Mira qué rápidamente lo consiguió”, “mira que es tonto uno que no lo pudo hacer, que no se atreve”. Bueno, entonces cuando hay esta posibilidad de manifestarse violentamente todo eso que no pudo hacer, toda esa frustración surge brutalmente y es inmediatamente catalogada, juzgada, como “delincuencia”. Y el delincuente está en todos lados, pero el ejercicio de la justicia no está en todos lados. Y también el gran problema a mi modo de ver es la reflexión que hay que hacer entre derecho y justicia: aquí hay gente que no tiene derechos humanos. Y ese mundo que no tiene derechos humanos será constantemente agredido, agraviado e insultado.

¿Qué rescataría del fútbol como deporte, como práctica colectiva?

Es bello el fútbol. En primer lugar es un deporte de equipo. Yo lo que conozco es poco, no me gusta un club, pero ver la necesidad de que la gente en un equipo se consolide por la relación, por la interacción que tiene que tener uno con el otro, por la consideración con el otro, para poder conseguir un gol… el gol es producto de un trabajo en equipo y ese trabajo de equipo es una maravilla. Ahora, también puede ser que a veces nuestros equipos pierdan porque todavía no han logrado consolidar, más allá del movimiento con el balón, la necesidad del otro. El otro es necesario para mí, eso lo encuentro bellísimo en los deportes de equipo. El fútbol no es el único, pero es el que más se practica en Chile. Además es un deporte que puede practicar cualquiera, porque es también concebido como el lugar, el deporte de los pobres. Y de ahí también todos los insultos, todas las bromas y todas las burlas que sufre el futbolista por su color, por sus rasgos, por su tamaño, por su forma de hablar, por su forma de vestir cotidiana, que son brutales y que tampoco sobre eso se dice ninguna cosa.

Está como naturalizado…   

Exacto.

Por Daniel Labbé Yáñez

Fotos M. E. Tijoux gentileza Festival Cielos del Infinito

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