Apuntes para considerar el Poliamor en nuestras vidas

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Es el amor. Tendré que ocultarme o huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado,
(…) Es ya lo se, el amor:
la ansiedad y el alivio de oír tu voz,
la espera y la memoria
el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías,
con su pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos que cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.

Jorge Luis Borges, El amenazado.

La compleja vida poliamorosa retoma importantes elementos de carácter transgresor en su proceso de cocción, ante el escenario de las diferentes peripecias sociales en el campo de las relaciones. Sin duda se trata, sino de una inédita posibilidad de amar y vivir en la honestidad de la no-monogamia, sí de una alternativa clarísima ante los conflictos emocionales en que viven las parejas en un ámbito que absorbe frutos del heterosexismo, el matrimonio, sus implicaciones de familia y todo aquello que ha henchido a la institución amorosa.

¿Es probable que el poliamor efectivamente se instale en los escenarios amorosos de nuestro país y sus decisiones de vida?

Es factible que sus detractores, en diversos campos, respondan que existen con urgencia otros temas que corresponden a una agenda colmada de problemas económicos, políticos, sociales, etc., y que puede resultar ocioso reflexionar e involucrarse en la vida de cama y amor de las personas, y, que, si bien el tema de la infidelidad es vigente, pertenece a una viña privada y al campo subjetivo de las emociones, precisamente en el espíritu puro de la sin razón.

Además, cuando se intenta profundizar sobre los semblantes de la infidelidad y sus causas, se recurre a los argumentos socio biológicos que, supuestamente, evidencian la fragilidad del compromiso ante el temblor de la carne, y fortaleciéndose por el imaginario popular a través de canciones, telenovelas, albures, etc.

Jugando por un lado a la censura y la vara juiciosa, pero, por otro, celebrando los esquemas de poder donde se exalta la virilidad o el triunfo de una supuesta nueva “feminidad”, que ya alcanzó en niveles estadísticos a la osadía masculina y que ahora también engaña y reta a su modo la fundación familiar.

Lo que desafortunadamente se obvia con estas prontas y casi automáticas respuestas, es que ni el amor ni las decisiones que en torno a él se toman, son propios para ser clasificados y, peor aún, expulsados del ámbito cultural, el cual ya desde hace más de seis siglos moldea el corazón.

El amor no es un tema que corresponda sólo al ámbito privado, y, aunque los amantes efectivamente se pierden en la vorágine de la magia -pero también en la paradoja del desencanto-, sus procederes son moldeados por un aprendizaje donde, por ejemplo, los resabios patriarcales se desenvuelven en el cortejo, la seducción, el juego de los roles y, posteriormente, en la división del trabajo, la economía familiar, y donde los gozos sexuales en papeles de activo y pasivo, siendo cada uno de éstos espacios donde se encuentra el sabor áspero de la posesión y la propiedad; desdibujándose la singularidad y los deseos del sujeto, actuando bajo las pautas colocadas por los mass media y sus envoltorios repletos de estereotipos, prejuicios, dogmas, etc.

La discusión de lo público y lo privado ha evidenciado los conservadurismos con los que se cubre con un manto muy grueso, por ejemplo, el silencio y la invisibilidad de los actos de violencia que han ocurrido contra las mujeres durante siglos, y, que ha permitido, bajo el “pretexto” del carácter íntimo de la situación, que se den las más atroces situaciones cobijadas por un espacio de aparente voluntad, y, otra vez, de subjetividad, que implicaría –señalan- poner las reglas de la interacción entre los humanos.

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Pero… ¿Que no es el amor un acto condicionado por la edad, los contextos sociales, los estatus culturales, los regímenes legales y que, generalmente está asociado con matrimonio, propiedad, familia, etc.?

¿Es el amor un fetiche de consumo en el que se han permitido nuevas formas de enajenación? -Qué decir del Encanto y los globitos del catorce de febrero.

¿Será que intentaron empaquetar al amor y ofrecerlo como una mercancía que llegó de lo público para habitar lo privado?

Las preguntas están abiertas. Aunque el gozo y la sangre pueden ser elementos intrínsecos del amor, también nos han adoctrinado que el sacrificio y el sufrimiento también lo son. Por lo que queda aún por develar todos los arraigos e implicaciones históricas que pueden hacer del amor un asunto ideológico y político.

De ahí que ahondar en todos los vaivenes de una relación amorosa y poner sobre la mesa temas como: celos, honestidad, lealtad, comprensión de la libertad y la autonomía de los cofrades amorosos; e incluso plantear el por qué del amor, implicaría analizar sino se trata en realidad de un espeso maquillaje que sublime la necesidad de compañía o miedo a la soledad, siendo éstas, cuestiones que sitúan en el abismo la tan añorada estabilidad.

Sería un craso error apostar a nuevas verdades y establecer paradigmas que celebren el poliamor como el fin de la infidelidad, pues este fenómeno sin duda cultural, es de sumo complejo; pero el hecho de plantear la posibilidad poliamorosa estableciendo que sí es factible un intento incesante entre los amantes para significarse y plantear con honestidad los apetitos y pretensiones con otras personas fuera del ámbito monogámico, puede resultar insólito, pero también como una prueba de un acto de amor profundo. No hay desplazamientos o falta de entrega, sino todo lo contrario, la amistad, la cofradía permite una honestidad que permite la creación de nuevas tardes, y una intimidad aparentemente prohibida por lo social que desafía nuestras propias vulnerabilidades.

¿Podemos ser capaces de proyectar nuevos consensos en planos de equidad? ¿Es posible establecer pactos que de modo efectivo nos permitan acceder a saberse en la mirada del otro, la otra, respetando su campo de otredad?

¿Somos capaces de iniciar un proceso complejísimo de reelaboración de nuestros esquemas culturales, deconstruyendo y cuestionando cada elemento que damos por innato en el controversial concepto de la naturaleza humana?

Escudriñar las diversas posibilidades y probabilidades e iniciar un replanteamiento de nuestro modo de amar, nos permitiría, por ejemplo, enfrentar las falacias sociales que acomodan una gran trampa para nuestros miedos, tal como la sinuosa afección de los celos; además del desafío de reapropiarse, resignificarse en cuerpo y deseos, en símbolos y nuevos enigmas.

¿Yo soy el otro? ¿Somos los otros?

¿Hay posibilidades de colectividad ante el amor? O será que definitivamente tuvo éxito el cuento grotesco que pintaron de rosa para enseñarnos que entre más posesión igual a más amor, y que en las sumas triunfaba la contradicción: te doy egoísmo, te doy entrega. Dame dolor, te doy dolor.

Llega el amor, ¿tendré que ocultarme o huir?

por Diana Marina Neri Arriaga