Herzog en nuestro pasado Fidocs

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Sin mucha publicidad, si es que por ello se entiende algo más que unos pocos afiches e invitaciones por facebook,  comenzó y finalizó el Festival Internacional de Documentales de Santiago en su versión 2009.

Notables pero reducidos fueron los documentales que configuraron un menú prometedor, ad hoc a estos tiempos de crisis y despilfarro, y en donde la típica siutiquería cinematográfica cedió ante unas pinceladas de temáticas sociales. Demostrando una vez más, que nuestro patrimonio documentalista posee una riqueza que aún no agota todas sus posibilidades.

No obstante, como todo joven proletario y estudiante, o dicho derechamente; pobre y con poco tiempo, mis posibilidades de disfrutar de este festival fueron bastante reducidas.

Así que luego de evaluar todos los factores de la ecuación, y en vista de que conocía gran parte de los documentales que se exhibieron en la cineteca, tenía poco dinero y no conocía a Herzog. Me decidí por la única presentación que fue gratuita, la cual fue realizada en el Goethe Institut de Santiago. Instancia que nos permitió conocer a mushos shilenos, la impecable obra de este particular cineasta alemán.

Sin conocer algo más que su participación en la producción de la inmortal y extravagante película Nosferatu, me embarqué en una serie de documentales cuyos títulos y sinopsis, me dejaron un hálito de misterio y sorpresa digno de expectación y curiosidad.

De este modo llegué al Goethe con la esperanza de disfrutar una buena y simple exhibición gratuita, sin embargo salí con la impresión de haber conocido la obra de un gran maestro del documentalismo, una impresión que no cesará, estoy seguro, en un largo tiempo.

Dispuesto bajo distintos “focos temáticos”, encontramos en Herzog distintos intereses en su obra, que vistos como conjunto, poseen la continuidad e identidad que sólo un maestro puede darle a su creación.

El contenido preciso para la imagen precisa, la música, los escenarios, el contexto y el ambiente, todo confluye en una expresión que sin importar su contenido, conmueve y entretiene. Al punto que horas y horas de ver a Herzog se me hicieron más cortas que el viaje que hice para llegar a verlas.

Sería largo y latoso reseñar cada una de las obras que se presentaron, por eso describo la generalidad de un estilo único y admirable, en donde los documentales se confunden con una película, con una trama literaria, cuyo resultado es una estética posible de ser apreciada hasta por el más papas-fritas-con-ketchup Yingo fan shilensis.

Herzog es un maestro que refleja sus intereses de manera general, universalista, desplegando lo particular de la excepción humana (como los focos “Sobrevivientes”, “Excéntricos” “Aventureros” y “Artistas”), hacía la paradoja de las inquietudes más globales (como los focos “Religión”, “Política”, “Indígenas” o “Paisaje Salvaje”). Tomando siempre una temática a primera vista simple, de la cual extrae todo el néctar de las posibilidades e imposibilidades humanas. Herzog nos provoca desde la perspectiva de una persona que ha tenido una vida excepcional.

Nuestro ya histórico XIII Festival Internacional de Documentales de Santiago, no bañó nuestras calles de cultura. Tampoco contribuyó a aumentar el intelecto general de nuestra sociedad.

Nuevamente se redujo el estrecho espectro de la siutiquería, snobismo y arribismo de nuestro Chile postdictadura.

Sin embargo liberó contenidos que el vulgo corriente como nosotros, podemos apreciar y socializar. A la vez que disfrutar, insisto, de la obra de un verdadero maestro, a quien de antemano, invito a todo ser razonable a conocer e investigar.

Por Onnet