A solas con el conscripto

El ex soldado decidió abrir la puerta del lugar donde se produciría el encuentro. Un momento histórico, una reunión a solas, un simbolismo de reconciliación en la que todos asumen sus responsabilidades, con la verdad tallada en la frente.

Por Director

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Chile / Justicia y DD.HH / Portada

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conscri

 

Tiene las manos cruzadas. Sus prominentes ojos, tal vez lo que más llama la atención de su rostro, se pierden entre la gente que pasa de un lado al otro. Está sentado. No cruza las piernas. Espera en un pasillo, ansioso, nervioso. Ríe, se pone serio, vuelve a reír. El ex conscripto sabe que lo que viene no es fácil, aunque ya dice “sentirse aliviado”, cuando ante todo Chile en el programa En La Mira de Chilevisión contó su verdad. Fernando Guzmán, quien fuera uno de los soldados que estuvo en la patrulla que detuvo y quemó vivo en julio de 1986 a Rodrigo Rojas De Negri y a Carmen Gloria Quintana, dice estar preparado. Me saluda afectuosamente, mientras, unos metros más cruzando detrás de la puerta, espera la mujer de pelo blanco, rostro firme, ropa negra, bufanda lila. Es Verónica, la madre de Rodrigo Rojas.

 

La confesión

 

Hace frío en la tarde del viernes recién pasado en Providencia, pero aquello no impide que el encuentro entre ambos sea al aire libre. Ocho meses antes, el 14 de noviembre del 2014, Fernando Guzmán Espíndola, 50 años, dijo ante el ministro Mario Carroza lo siguiente:

 

“El teniente Castañer (Guzmán se refiere a Julio Castañer González, hoy ex coronel del ejército) los desafiaba con un encendedor, insultándolos de porqué andaban haciendo fogatas”. El conscripto relata los momentos posteriores en que Rodrigo y Carmen Gloria fueran detenidos por la patrulla militar, en la calle Hernán Yungue, Estación Central.

 

“El teniente Castañer (…) ordenó a un conscripto que vestía de forma militar, del cual desconozco su identidad (…) rociarlos con combustible que estaba en un bidón, a la mujer la roció desde la cabeza a los pies y al hombre por la espalda ya que estaba boca al suelo (…) además, a la mujer le tenían la ‘trompetilla’ del fusil metida en el ‘poto’ (…) El fuego lo inició el teniente Castañer, con el encendedor”.

 

Su confesión ante el juez Carroza, y su disposición de revelar esto ante la opinión pública en la investigación que los periodistas Alejandro Vega, Pedro Azócar, Tatiana Lorca, Paz Díaz y varios más realizaron para el programa En La Mira, permitieron un vuelco histórico en la investigación de este caso. El propio Julio Castañer, junto a otros seis ex militares, presentes en la patrulla, fueron detenidos esta semana y procesados, casi todos por homicidio calificado, y uno como cómplice. Todos están recluidos en el Batallón 1 de Peñalolén.

 

Para seguir viviendo

 

Si bien ninguno de los 7 inculpados reconoció la versión del conscripto Fernando Guzmán entregada hoy, 29 años después del crimen (todos concordaron en que ninguno vio quien le encendió fuego a Rodrigo y Carmen Gloria), sí reconocieron que lanzaron los cuerpos de ambos en una zanja en Quilicura. Ninguno dice haber visto al responsable de tal crueldad, pese a que fueron testigos directos de lo ocurrido, estando a metros de las llamas que finalmente acabaron con la vida de Rojas De Negri y que dejaron gravemente herida a su acompañante. Nadie vio nada, pese al operativo, del que ellos eran protagonistas, y que estaba en curso. Nadie vio nada, aunque la orden superior siempre fue estar atento a lo que ocurría, duplicando los sentidos para estar alerta y para aprender de los métodos en las detenciones. Nadie vio nada. Increíble, dudoso, extraño. El pacto de silencio, que el propio ex soldado Guzmán dijo siempre existió y que él decidió romper, se mantiene en varios otros ex uniformados más que históricamente han preferido callar. Por qué, para qué. Lo único claro, es que el “pacto de cobardía”, como el propio ex conscripto llama, es la traba para esclarecer una verdad corrompida y oculta por el antiguo y actual ejército chileno.

 

Eso fue algo que, precisamente, no soportó más Fernando Guzmán. “Desde el año 95 que estaba tratando de decir esto”, cuenta. “Que ya se saquen la cagá de uniforme, si ellos nunca han sido militares. Van a seguir (siendo) soldados conscriptos y van a morir soldados conscriptos”. Es el noble y certero llamado que este hombre realizó a sus antiguos compañeros de armas. “La verdad es lo único que tengo (…) es lo único que me dejaron”, puntualiza. Verdad, que para muchos involucrados, inculpados, testigos, víctimas, les serviría para seguir viviendo en paz.

 

A solas

 

Por eso, con esa convicción, pero con el pálpito acelerado, el ex soldado decidió abrir la puerta del lugar donde se produciría el encuentro. Un momento histórico, una reunión a solas, un simbolismo de reconciliación en la que todos asumen sus responsabilidades, con la verdad tallada en la frente.

 

Así, Guzmán camina, con dificultad por un problema físico que lo aqueja, hacia la banca donde espera Verónica De Negri, visiblemente nerviosa, de suspiros largos, profundos, llevándose a ratos las manos a su cara, como queriendo botar la rabia e impotencia que ha arrastrado por 29 años. “Estoy mucho más aliviado que antes, ahora sí (…) la mochila era muy pesada, y la soporté solo mucho tiempo”, le dice el ex conscripto, luego de abrazarla, muy emocionado, en ese primer saludo entre ambos. “Ve que la verdad libera”, le responde la madre de Rodrigo. Luego, una conversación sincera, directa, sin tapujos, emocional. Un momento especial, en que el firme rostro de una mujer que parece inquebrantable, a ratos parece bajar la guardia enrojeciendo sus ojos, mientras escucha el relato del conscripto que estuvo con los demás militares en el momento en que quemaron y mataron a su hijo. Un momento intenso, histórico, imborrable para las ocho personas que fuimos testigos y presenciamos esa conversación, que duró poco menos de media hora. Encuentro, que la gente pudo ver el viernes pasado en Chilevisión Noticias.

 

“Valorizo altamente ese acto de valentía que usted ha tenido”, le decía Verónica De Negri. “Si hubiese podido hacer más por él, yo encantado”, le responde Guzmán, haciendo referencia a la imposibilidad de salvar a Rodrigo mientras era quemado por los oficiales de la patrulla militar.

 

Luego le pidió perdón. Luego le pidió un abrazo. Luego le pidió otro abrazo. Así fue el cara a cara de quien estuvo del otro lado de la línea, con la conciencia retorcida por 29 años, y de la que se quiso liberar, frente a la madre del joven que murió salvajemente en uno de los crímenes más horrorosos de la dictadura de Pinochet.

 

Ahora la puerta del patio donde se reunieron, la abrieron juntos. Cálida despedida entre ellos, y de ellos con nosotros, quienes presenciamos la reunión, y que nos guardamos la emoción en la garganta. Es un nuevo paso hacia la justicia, un empuje para que otros ex uniformados se atrevan, como no se atrevió la justicia por años a investigar, tampoco el poder político, con su lógica de “justicia en la medida de lo posible”, y el ejército, que sigue guardando silencio. Como dijo Carmen Gloria Quintana, en un contacto telefónico que me concedió desde Canadá: “al interior de las Fuerzas Armadas existe todo un aparataje para mantener la impunidad en todos los caso de violaciones a los derechos humanos”. Así precisamente es, lo que no significa que así seguirá siendo. La esperanza de que más Fernando Guzmán aparezcan, es la única esperanza para muchas víctimas, que pacientemente siguen aguardando el momento en que los asesinos que siguen sueltos, de incógnitos, entre nosotros, paguen, de una buena vez, sus crueles y cobardes pecados.

 

 

 

@juliosanchez_


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