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Cazando velas en Dawson

El 11 de septiembre de 1973 una razzia militar relámpago capturó a prácticamente todos los dirigentes sociales y políticos de izquierda en Punta Arenas. Rápidamente, la mayoría fue conducida por la Armada a la isla Dawson, en medio del Estrecho de Magallanes. Otros, aun más desafortunados, terminaron con sus huesos en el regimiento Cochrane, del Ejército, donde los machacaron sin piedad.

Viajaron en cubierta, arropados con una frazada cada uno, cortesía de los marinos. Era un remolcador, según creen recordar los veteranos, y avanzaba tan lentamente que sospecharon que los echarían al mar. Pero no. Al llegar a la apacible bahía de Puerto Harris, tras formar y contar al “personal”, comenzó una caminata de 15 kilómteros por la costa, hasta llegar a una especie de minivalle cercado naturalmente por el mar, dos promontorios y una ciénaga: Río Chico.

Al llegar -cuenta Francisco Alarcón, ex preso político y hoy presidente de la Agrupación de Derechos Humanos de Punta Arenas- se sorprendieron de ver que el campo de prisioneros ya estaba listo; una serie de barracas de madera, recién construidas, ordenadas en el lenguaje alfabético del Ejército norteamericano: Alfa, Bravo, Charlie, Delta (A, B, C, D, etc). Allí fueron distribuidos y comenzó la lucha contra el frío, primero, y el hambre poco después.

En el centro, y aislado del resto, había otro grupo de cabañas, de mejor calidad. La curiosidad de los prisioneros quedó pronto satisfecha: era el hospedaje preparado para los jerarcas de la Unidad Popular. Todo eso habría sido construido en agosto de 1973, según relata un arquitecto, lo que confirma la cuidadosa preparación del Golpe de Estado.

El campo de prisioneros de Río Chico funcionó entre septiembre de 1973 y mediados de 1976, cuando fue desocupado y desmantelado. Uno de los ex prisioneros, llevado allí por unos meses a los 17 años de edad, fue más tarde convocado al servicio militar obligatorio, y tuvo que regresar a Río Chico, esta vez a desarmar las barracas. Dice que durante los dos años de servicio jamás le contó a nadie que había sido militante de las JJ CC y preso político. Luego confiesa que mantuvo el silencio hasta hace muy poco, por miedo.

Unas levísimas trazas en el pasto seco es todo lo que queda del asentamiento de las barracas. Alguien comenta que el lugar está maldito, pues nada ha crecido allí desde 1973. Aunque el sitio fue declarado patrimonio histórico por el Consejo de Monumentos Nacionales, no hay un sólo letrero que diga que eso fue un campo de concentración de presos políticos. En lugar de aquello, al medio hay un cartel: “Campo de Entrenamiento Río Chico”.

La isla Dawson es grande (1330 km cuadrados) y estar en medio del Estrecho la convirtió en estratégica. Más de tres horas dura la travesía desde Punta Arenas, por la costa sur de la isla, hasta la bahía de Puerto Harris. Mirando el mapa, uno se da cuenta de que pudimos ver apenas una mínima parte del inmenso territorio, asignado a la Armada en exclusiva por el Gobierno Popular, en 1972.

En isla Dawson funciona un número indeterminado de instalaciones militares. Es un espacio secreto y vedado para los civiles. Según la Armada, es una “Sub Base Naval destinada al apoyo logístico y entrenamiento de los buques de la Tercera Zona Naval”, y en ella viven cerca de 300 personas. Ni siquiera los pescadores pueden acercarse a sus costas, y en caso de tormenta pueden guarecerse en las caletas, pero no desembarcar. Algunas personas con acceso a información estatal nos dijeron que la isla es un inmenso arsenal de pertrechos sofisticados.

¿Todo preparado, entonces, para una invasión argentina? Tal hipótesis es dudosa, puesto que la nueva doctrina militar argentina no contempla ya la lucha por territorios. Más bien, los militares argentinos se concentran en la defensa del agua dulce y de sus recursos naturales, potencialmente amenazados por “potencias superiores”, que los analistas identifican con Estados Unidos.

La doctrina militar argentina incorpora además la resistencia civil como parte de sus planes defensivos, un concepto aun lejano para los estrategas chilenos, aparentemente aun empantanados en la doctrina de la seguridad nacional y su “enemigo interno”, y -al contrario que la mayoría de las fuerzas armadas de la región- todavía firme y abiertamente vinculados a la estrategia de Estados Unidos.

El gasto militar chileno es muy superior al argentino, tanto en términos monetarios como del PIB, y la pregunta que muchos se hacen es si este inmenso poderío bélico está destinado sólo a complacer a los mandos militares, o si Chile tiene además alguna misión especial. Estados Unidos revisó su doctrina estratégica para concentrarse en Asia y el Pacífico, donde radicarían las mayores amenazas a su dominio mundial, y tal vez el inmenso aeropuerto de Dawson esté pensado mirando al oeste y no a los vecinos.

Pero nada del supuesto arsenal se dijo, ni se vio, ni fue en absoluto tema de la visita efectuada por los ex presos y sus familias a la isla Dawson, a inicios de octubre.

Lo que primó en este viaje peculiar fue todo lo contrario: amistad y cortesía entre marinos y civiles. Puerto Harris es una limpia y ordenada villa militar, con una escuelita básica, y centro de salud. Una antena de la empresa Claro garantiza las comunicaciones personales. Los tripulantes de la pequeña patrullera “Piloto Sibbard” se deshicieron en atenciones para los 40 viajeros, y toleraron sin protestas la invasión del puente de mando y de los limitados espacios de alimentación y descanso.

El comandante del Sibbard, Capitán de Fragata Ismael Chappuzeau, es un tipo jovial, pero se pone serio y atento en cada etapa de su trabajo. Todos parecen ser así, desde el puente de mando hasta la cocina, pasando por el cabo López, el enfermero de a bordo, eficaz organizador del almuerzo y poseedor de un irónico sentido del humor. Es una nave austera, construida por Asmar, donde muy pocas cosas recuerdan que se trata de una embarcación militar.

Al llegar a Puerto Harris, se destacaba desde lejos la figura alta y erguida del contraalmirante Kurt Hartung, con su largo capote negro y una bufanda blanca. Impecables él y todo su séquito, que viajó en helicóptero a esperar y atender a los ex presos y sus familiares. Con él viajaron también los corresponsales locales de televisión.

Hartung presidió un recorrido por los otros dos monumentos nacionales de la isla: los hornos de la Fundición de la empresa ganadera Gente Grande, y la iglesia construida sobre los vestigios de la antigua capilla de una congregación salesiana, los dos antiguos concesionarios de Dawson. Nada se habló de los cerca de 800 indígenas que originalmente habitaban la isla, y de quienes no hay descendientes ni trazas.

En Río Chico, el almirante y los marinos tuvieron que tragarse un acto político en que se denunciaron las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura, y se exigió nuevamente “verdad y justicia”. En silencio soportaron además una versión desmilitarizada del Himno Nacional, y también demandas de que la isla se abriera a los civiles.

El almirante no se hizo eco de los discursos, y en una breve alocución subrayó su condición de anfitrión e interlocutor de Francisco Alarcón, el dirigente comunista de los derechos humanos que le pidió hacer el viaje. Su deseo, dijo, era que todos se sintieran “en casa”. En entrevista aparte, dijo no sentirse aludido por las graves denuncias sobre las instituciones armadas y los derechos humanos, porque él es “no deliberante” y porque en la Armada le enseñaron que un “dueño de casa” es siempre atento con sus “visitas”. Tanto asi, que accedió a tomarse una foto con los civiles, poniendo como única condición que de fondo se pusiera sólo la bandera y no lienzos políticos.

Podía haberse ahorrado todo eso, pero no lo hizo. Pudo también haber dicho que su gesto era de humildad de la Armada frente a su pueblo, pero tampoco lo hizo. Estuvo allí, participó, y marcó las distancias.

Según todos los testimonios, Dawson no fue el infierno que parecía. El frío fue el principal enemigo, pero no hay testimonios allí de torturas adicionales, ejecuciones o desapariciones. Los trabajos forzados (reconstrucción de la iglesia, por ejemplo) no se rememoran como una especial forma de maltrato. Los presos podían pescar y mariscar, y recoger madera para calentarse. El verdadero terror era ser llevados de regreso a Punta Arenas, a los interrogatorios del regimiento Cochrane o de la casona habilitada por la DINA-CNI en el centro de la ciudad, para torturar y asesinar, hoy en manos de los grupos de derechos humanos.

Los ex presos se mostraron sinceramente agradecidos de los marinos, y en especial del almirante, como si viajar y estar allí fuera la concesión graciosa del propietario de la isla, y no un derecho. Alguien dijo que agradecerían públicamente el gesto y la amplitud del jefe militar. Y uno se queda pensando si los marinos de 1973 eran como éstos: amables, solícitos, eficientes, amistosos. Los de esa época, al menos, demostraron estar prontos a convertirse en bestias al toque de un pito marino. La clave puede ser la distancia que marcó el almirante: allá ustedes y aquí nosotros.

No se habló de reparación, perdones ni arrepentimientos. Tampoco se hizo apología del Golpe de Estado. Pero en Puerto Harris, a la salida del muelle 2, hay una plazoleta y un letrero para no subestimar: Plaza Almirante Merino.

Por Alejandro Kirk S.

Periodista

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