Persiste silencio de los culpables de la desaparición de Carlos Millán

El 1º de octubre de 2009 se cumplen 4 años de la desaparición del estudiante de la carrera de Turismo de la Universidad Austral CARLOS MILLAN CÁRDENAS

El 1º de octubre de 2009 se cumplen 4 años de la desaparición del estudiante de la carrera de Turismo de la Universidad Austral CARLOS MILLAN CÁRDENAS. Fue visto por última vez la mañana de ese día en un campo deportivo.

Hace cuatro años cuando desapareció Carlos Millán Cárdenas, estábamos en elecciones igual que hoy, en Chile, en Valdivia. Las promesas por ejemplo de un registro de desaparecidos, de actuar en red a nivel nacional para estos casos, de apoyar a las investigaciones no redundaron en algo concreto. El drama, en cambio, de la familia de Carlos y de los miles de ciudadanos que se movilizaron en todo Chile para su búsqueda, se sigue agravando con el paso del tiempo. Más aún en plena investigación sucedieron cosas que fueron asentando una forma de perverso silencio culpable o inocente pero silencio al fin que termina en la tesis del misterio sin resolver, la idea dramática de un final inconcluso en que no sólo no hay culpables, tampoco hay resultados de la investigación que lleven a una pista o hipótesis.

Desde que la puerta del cuarto de Carlos Millán fue abierta y entró una larga lista de personas antes de la policía, algo comenzó a estar mal en lo que rodeó a la investigación. La entrada al cuarto que ocupó Carlitos, como le llama la familia, hasta las primeras horas de Octubre de 2005 en una pensión de calle Anibal Pinto de Valdivia fue un escenario en que las ropas, los cuadernos, los números, mensajes, permanecieron sin mayor revisión o seguimiento. La misma basura en un pequeño cesto no fue guardada sino por la propia familia y los abogados que tras hacer una clasificación completa del contenido pudieron reconstruir parte importante de lo que sucedió en las últimas horas de Julio de ese año, entre boletas de compras o recibos de cajeros automáticos. Nada podía atribuirse a una conducta fuera de lo normal, esto corroborado con los testimonios sobre su participación activa en las actividades de su carrera universitaria durante la semana y su presencia animada en la fiesta de la noche del 30 de Septiembre en el Club de la Unión permiten mirar a un Carlos, exitoso académicamente, esbelto, con el cabello suelto disfrutando, rodeado prácticamente sólo por conocidos. Exactamente lo contrario de lo que luego aparecería en lo que llamaron perfil psicológico y que llevó al intendente de la Región de entonces, Jorge Vives, a citar a la madre de Carlos a una reunión. En ese encuentro le dijo personalmente que su hijo se había suicidado. Sin embargo el Fiscal del caso, Juan Pablo Lebedina, nunca se atrevió a sostener esa hipótesis, por lo menos públicamente.

La relación entonces con las instituciones fueron el centro de la acción de la familia que se concentró en dos demandas esenciales: búsqueda e investigación. Las condiciones para la búsqueda no eran de las mejores, no había una camioneta doble tracción para entrar en los lugares donde se debía concentrar la búsqueda, no existía un robot submarino que sea propiedad de la marina o de las policías, este aparato sólo fue posible de utilizar tras la ida a la Moneda de los padres de Carlos para solicitarle al Ministerio del Interior que gestionara el rastreo. Los resultados seguían siendo nulos y la situación de los familiares de Carlos se hacía cada vez más insostenible en Valdivia. La solidaridad de la población de Chiloé que salió a las calles de sus ciudades con el rostro de Carlos fortaleció a los padres a pesar de tener que pedir sucesivas licencias psiquiátricas para continuar la búsqueda en Valdivia. En una reunión incluso la propia psicóloga de la fiscalía local les hizo notar que no tenían la condición de víctima, que la víctima no estaba, por lo tanto el apoyo de la fiscalía no era obligatorio.

Las diligencias solicitadas por la familia ante la fiscalía respecto de investigar el caso fueron desde análisis de objetos del propio Carlos, interrogatorios de los círculos cercanos, hasta la revisión de un computador desde la casa de un funcionario de la policía uniformada. Sin embargo no habían pistas ni hipótesis posibles, lo que se repetía en cada reunión ya sea con las policías o con el propio fiscal. Sólo un aspecto terminó por dejar ante los ojos de la familia la sensación de vértigo propia de la injusticia con la que aún convive diariamente. Una mañana, alrededor de las 9:15 horas, de la primera semana de búsqueda, una voz joven y femenina vibró en el teléfono fijo que estaba dispuesto para recibir información sobre Carlos:
– Yo sé lo que le hicieron, lo mataron, pero yo no estuve de acuerdo.
Al otro lado escuchaba la hermana de Carlos, Carolina, que alcanzó solo a preguntar quien eres, qué pasó…

Se solicitó a la compañía telefónica que entregara el listado de llamadas recibidas, derecho al cual tiene acceso el titular de la línea. Sin embargo pasaron días sin respuesta, hasta que se denunció por una emisora local y se le pidió al Fiscal que interviniera. Luego de una nueva demora, finalmente llegó el listado de llamadas recibidas pero sin datos durante toda la mañana del día en cuestión. Esa mañana se recibieron como todos los días decenas de llamadas en ese número que ahora aparecía silenciado por varias horas alrededor del único testimonio directo recibido. Luego de variadas gestiones legales se logró una excusa de parte de la empresa telefónica en orden a un desperfecto técnico cualquiera y se informó que la llamada existía y fue realizada desde un teléfono público en el terminal de buses de la ciudad. Ahí terminaba otra esperanza, quizás la más directa que se tuvo en ese periodo respecto de saber qué pasó, por qué Carlos fue visto por más de un testigo al otro día de la fiesta en el complejo deportivo de la salida sur de Valdivia, por qué en dos ocasiones investigadores de la policía civil destinados exclusivamente al caso salieron de Valdivia sin que se pudiera recibir informes exhaustivos de lo realizado. Sólo hay silencio en torno a la desaparición de Carlos Millán Cárdenas, un largo silencio que recorre las calles allá en el sur y que mantienen a muchos sin decir aún todo lo que saben, seguramente porque creen que el olvido puede cubrir la conciencia.

Por  Víctor Godoi Millán

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