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Esa complaciente indiferencia

      Hay quienes dicen que es inconveniente recordar el pasado, como si también fuera posible borrar la infancia o las alegrías y tristezas de adolescencia. A tantos años del golpe militar y todas sus dramáticas implicancias es bueno echar una mirada atrás y reflexionar sobre aquella grave tragedia, no para escarbar el pasado ni abrir heridas –suponiendo que están cerradas-, sino todo lo contrario. Reflexionar sobre nuestro pasado y aquellos sucesos ocurridos tiempo atrás, nos hará mirar hacia el futuro con mayor simplicidad y esperanza.

A estas alturas de la vida no sólo basta decir perdón. Antes que cualquier cosa es imperativo que se reconozcan los hechos y a las personas afectadas, es nuestra responsabilidad que se tomen medidas de reparación e integración para las víctimas. Así como imperativo es velar también por una sana incorporación de todos ellos a la sociedad en su conjunto. Esto no significa una renuncia a poder analizar cuáles fueron las causales de las transgresiones y violaciones de derechos esenciales, si es que no delitos, a muchos de nuestros compatriotas en su persona, y descifrar qué hubo tras todo esto, puesto que no fueron ellos, las víctimas y los agraviados los causantes, sino el estado y los integrantes de diversas instituciones quienes obraron de forma cruel, con vejámenes ajenos a toda norma, regla o sentido moral, sin que hasta el momento no se tenga plena claridad acerca de este proceder y qué motivos hubo para que se desataran estos acontecimientos tan oscuros.

Así también es primordial establecer mecanismos de autocorrección que protejan de hecho y de derecho nuestra precaria democracia, que ayuden a encontrar nuevos rumbos y respuestas coherentes para corregir la actual crisis social, especialmente de confianza, agravada todavía más por los desequilibrios económicos y la abismante diferencia en la distribución del ingreso nacional, ya que todo esto hace imposible el cierre de heridas que hoy, sin duda, permanecen abiertas.

Hoy, por experiencia, sabemos que tanto la economía como las instituciones necesitan controles. Hoy más que nunca es preciso implementar mecanismos de prevención y acogida y una preparación orgánica para convivir con ciudadanos cada vez más activos e informados, más demandantes y exigentes, pero a la vez constructores y promotores de las bases de una nación más justa, más humana y menos indiferente. Pues ha sido esta indiferencia o egoísmo recalcitrante el que muchas veces ha traído la simiente de atropellos y abusos, gran parte de toda injusticia y la ponzoña de otras muchas enfermedades.

Para nadie es un misterio que en épocas pasadas muchas instituciones y algunas organizaciones partidistas y gremiales de turno fueron financiadas en dólares desde el exterior. Existe bastante evidencia al respecto, sobre esto y quienes promovieron una gran hecatombe interna. Hoy se sabe quienes promovieron las privatizaciones de las empresas estatales y las instituciones de previsión social a gran escala, y que fueron sino los mismos que más tarde llegaron a convertirse en sus dueños, afirmando una peregrina razón acerca de lo beneficioso que sería instaurar el capitalismo popular. Hoy eso está en duda. Principalmente porque aquellos beneficios llegarían a través de un escuálido y fantasmagórico chorreo que imponía el modelo implementado. Pero este diminuto fruto del paraíso, la insulsa promesa de la tierra prometida en demasiados casos, nunca llegó. Sin considerar además, que a raíz de las privatizaciones, se desató una abrumadora cesantía en gran parte del país. Posteriormente, durante la crisis del año 82, a muchos bancos e instituciones financieras se les condonaron sus deudas, bajo una perspectiva social de ayudarles a continuar operando y ojalá recomponerse. Por tales medidas adoptadas, la gran población perdió grandes ahorros fruto de años de sacrificio y trabajo. Hoy pareciera empañado aquel mismo cristal de antaño, cuando se esgrimía a las familias una capacidad de entendimiento hacia el mundo corporativo, sus errores y su incapacidad de gestión, cuando se les llamaba a adoptar una mayor y comprensiva visión social. La pregunta que asalta entonces: ¿quiénes ganaron con todo esto? O bien, ¿el costo social, implicaba un baño de sangre?

Hoy más que nunca se hace imperativo realizar reformas estructurales a la sociedad, a la Constitución que nos rige, al sistema tributario, a los sistemas de reparación social, y qué decir de nuestros sistemas de prevención y jubilaciones, de nuestro actual sistema de salud y educación pública. Se  sabe que la educación necesita reestructurarse y que las demandas de la sociedad aún persisten sin ser oídas, que en salud es cada vez más urgente la necesidad de incorporar al plan auge las enfermedades de carácter psico-neuronal, como aquellas de carácter adictivo que afectan principalmente a jóvenes y adultos mentalmente estresados.

Aun nos queda mucho por aprender como sociedad. Inglaterra, y especialmente, Londres, pudo levantarse después de ser totalmente bombardeada; Japón y Alemania se levantaron de la destrucción no sólo gracias a su esfuerzo  creativo y económico, sino sobre todo a una disposición mental abierta y bien cuidada, junto a una sólida base espiritual. Un valeroso, comprometido e impagable aporte del estado. Porque no siempre dos más dos es cuatro, no siempre el fin justifica los medios utilizados, ya sea la muerte, la tortura o la desaparición de nuestros semejantes, para llevar adelante un objetivo. La indiferencia es familiar directo de la obsecuencia y medio pariente del egoísmo. Algunos le llaman mirar para el lado. Otros el Laissez Faire. Necesitamos erradicar la indiferencia que nos aqueja como sociedad para que no siga siendo permeada por la creencia irreal del todo vale, que todo vale para cumplir un objetivo. Incluso un golpe a nuestro sentido más humano o una tragedia mortal.

Por, Emanuel Garrison

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