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La dictadura militar y los jóvenes de hoy

Los resultados de la última encuesta del Centro de Estudios de la Realidad Contemporánea (CERC) realizada a propósito de los 40 años que se cumplen del Golpe Militar que puso fin al Gobierno de la Unidad Popular en 1973 y dados a conocer hace unos días atrás, arroja datos concluyentes acerca de la percepción que tiene la población chilena mayor de 18 años acerca de tal suceso, sus consecuencias y la figura de Augusto Pinochet. En tal sentido, un 63% de los encuestados indica que el golpe destruyó la democracia, y un 75% que se mantienen las huellas dejadas por la dictadura militar, siendo un 63% de los que se manifiestan por esta opción, jóvenes que tienen entre 18 y 25 años de edad. Sin embargo, llama la atención que respecto del 15% que no tiene opinión sobre el gobierno mismo de Pinochet, un 39% sean jóvenes del mismo rango etario.

Ahora, y sin perjuicio de las críticas que podrían realizarse a CERC en cuanto a la metodología empleada, el universo de encuestados y a los intereses de clase a los que responde, resulta interesante atender a sus números como un parámetro para comprender como ha impactado el golpe y la dictadura militar a la actual generación de jóvenes.

Así, podemos concluir que existe una visión generalizada de que las consecuencias de la dictadura son nefastas en diversos ámbitos, aun cuando no haya una visión negativa mayoritariamente compartida acerca de la figura de Pinochet y la dictadura propiamente tal. Ello, guarda coherencia con lo que ha experimentado nuestro país en los último diez años, donde hemos visto el surgimiento de diversos movimientos sociopolíticos que han levantado voces de protestas en contra del modelo político, social y económico legado de la dictadura. Las críticas al sistema educacional chileno, al de salud, de previsión social, de repartición de las cargas tributarias, de explotación de nuestros recursos básicos, etc., se han levantado con fuerza a partir del año 2006, jugando la población joven un rol fundamental en ellos.

Pero lo más importante, es que los jóvenes han brindado lecciones de integridad moral y democrática, al demostrarle a la clase política tradicional, principalmente de izquierda, que la sintonía con lo social  no se alcanza dentro de los estrechos límites que establece el marco institucional heredado de la dictadura, sino discutiendo desde abajo y con real participación de las bases en la toma de decisiones. Y, es más, este grupo de jóvenes ha tomado conciencia que el liderazgo no se ejerce cuando ya han comenzado a salir canas en el pelo, sino a temprana edad, comprendiendo que, a lo largo de la Historia de la humanidad, han sido los jóvenes y no necesariamente los viejos los que han logrado los grandes cambios de paradigmas y las transformaciones que la sociedad de una época determinada demanda.

Pero, ¿cómo explicamos este movimiento a la luz del discurso que se ha tratado de implantar en el Chile postdictadura de que los jóvenes “no están ni ahí”? Probablemente, la clase política en su análisis reduccionista consideró que el “estar ahí” implicaba necesaria y exclusivamente el avalar el modelo de democracia liberal representativa, votando por los mismos de siempre cada cuatro años, y participando en el marco de una institucionalidad de origen espurio. Sin embargo, esta misma clase política no observó desde sus puestos de poder que el “estar ahí” se manifiesta en las calles, mediante la lucha que dan diariamente los esforzados jóvenes provenientes de la clase trabajadora que no se sienten representados por los que hicieron de la política de los acuerdos su estandarte, y que su fuerza se sustenta en el trabajo que hagan en interrelación con pobladores y otros sujetos sociales en relaciones de horizontalidad, planteando nuevos paradigmas de organización y lucha política.

Sin embargo, es necesario comprender que este movimiento de jóvenes que se manifiesta por la construcción de un nuevo sistema jurídico sustentado en una Constitución democrática que sea el fruto de una Asamblea Constituyente y que aboga por un modelo educativo universal, público y gratuito, que ponga fin a las desigualdades sociales impuestas por el sistema neoliberal, no es el resultado de un proceso de generación espontánea que surge de las demandas propias de un actor sectorial, sino, por el contrario, es el resultado de un proceso de construcción de conciencia que encuentra sus prolegómenos con las ideas de avanzada de medianías del siglo XIX y cuyo punto de inflexión se manifiesta en la década de 1960 y principios de 1970, con los jóvenes de la época que encabezaron la lucha por el término del sistema de explotación capitalista y su cambio por un régimen participativo sustentado en el ideario de alcanzar la real justicia social.

En tal sentido, adscribimos a la corriente historiográfica social (Alfaro et. al., 2011) que sustenta que los movimientos sociales actuales y, principalmente el estudiantil, es expresión de la voluntad y el acto de recuperar la hebra rota en nuestra historicidad por el golpe de 1973. Es decir, son depositarios de los sueños no alcanzados por sus padres de refundar nuestra nación, construyendo un país donde se pusiera fin a la precariedad que afectaba a las clases populares, entiendo que es la educación la llave que abre la puerta hacia una sociedad libre y soberana. Esta generación, continuadora de la lucha de sus padres, recoge consciente o inconscientemente el legado de jóvenes como Miguel Enríquez, Bautista con Schouwen, los hermanos Vergara Toledo, Raul Pellegrín, Cecilia Magni, Guillermo Vargas y tantos otros que derramaron su sangre para alcanzar un Chile mejor.

Sin embargo, no debemos olvidar el gran número de jóvenes que ha caído rendido ante la apatía propia de la sociedad postomodernista tecnocratizante, que les resulta más fácil dar vuelta la página bajo el argumento de no haber vivido el periodo y que hay que concentrarse solamente en el presente y en el futuro.

A ellos no hay que condenarlos, sino extenderles los brazos para ayudarles a que vivan sus procesos de concientización acerca de lo nefasto que ha resultado el modelo impuesto por la dictadura para la precarización de sus vidas. Y en este sentido, la invitación no debe circunscribirse solamente a discutir sobre lo beneficioso o nefasto que pudo haber resultado el gobierno de Allende o el golpe militar, sino a como estos sucesos históricos han marcado nuestro presente y las proyecciones que podemos hacer hacia el futuro.

De allí que resulta necesario de tomar conciencia el rol que tiene el profesorado en general, y los historiadores en particular, en crear las condiciones para generar espacios de discusión y retroalimentación con los estudiantes, fomentando el análisis crítico y el ejercicio de la opinión. Ello, siempre teniendo en vista la importancia que adquiere la memoria histórica, como herramienta de construcción de la conciencia colectiva, entendiendo que, tal como lo sostiene el profesor Sergio Grez (2008), el ciudadano actual no requiere del relato de un pasado muerto que no guarda relación con las preocupaciones de los niños, adolescentes, jóvenes, mujeres y hombres de hoy, sino de la comprensión de una trama donde la relación entre el presente y el pasado es activa, transformándose en una historia puesta al servicio de las preguntas que el presente le plantea al pasado.

Por lo anterior, la invitación es a ver el vaso medio lleno y no medio vacío. Si muchos jóvenes de hoy no se manifiestan mayoritariamente respecto del gobierno de Pinochet,  no se debe a que no existe conciencia de lo nefasto y sanguinario que fue el régimen mismo, sino que centran su atención en las consecuencias que de él derivan y que los viven en su piel día a día. Ahora, es labor de todos recuperar la memoria histórica para comprender que los poderosos no se quedarán tranquilos al ver los progresos que puede alcanzar un pueblo libre, organizado y soberano y que sólo conociendo nuestro pasado, podremos avanzar hacia una sociedad mejor.

Por

Tomás Eduardo Garay Pérez

Abogado

Profesor de Historia de las Instituciones Jurídicas

Carrera de Derecho, Universidad de Atacama

 

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