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¿La llamada“Reconciliación”, qué nombra?

La gran mayoría de nuestros desaparecidos, muertos y torturados en manos de los esbirros de la dictadura vivieron la experiencia del horror porque participaban y compartían un proyecto de transformación social.

 Eran militantes políticos y luchadores sociales por la igualdad y el socialismo con consciencia histórica. Así también fueron percibidos por los enemigos de estos ideales: los civiles miembros y servidores de la clase dominante y su brazo armado militar dispuestos a todo para detener los cambios necesarios para construir una sociedad y vida dignas. Para eso había que quebrarlos espiritualmente primero y enseguida exterminarlos físicamente. Creando con el Terror y la Barbarie ejemplos disciplinarios para el futuro.  Fracasaron.

Los agitadores de la “Reconciliación” tendrían que saberlo. Ninguno de nuestros caídos murió en vano. El proyecto social de emancipación por el cual lucharon sigue vigente y con el componente moral de sus vidas éste se perfila con mayor nitidez. Se mantiene, reactualiza y otros lo retomarán. Siempre. No se puede detener el curso de una secuencia histórica de recuperación de fuerzas sociales transformadoras que comenzó el mismo 11 de septiembre de 1973 con la Resistencia, continuó con más fuerza casi toda la década del ochenta en las Protestas, para de nuevo levantarse con ímpetu el último lustro con los movimientos sociales antineoliberales.

Todos los caídos y los combatientes de la vida asesinados o muertos contra la dictadura son nuestro patrimonio histórico y ético. No sólo están en la memoria individual militante y colectiva, sino que están representados en el pensamiento y acciones nuestras por construir alternativas al capitalismo y su régimen político. Tanto en la mirada crítica, intelectual e inventiva, como en la lucha política y callejera contra la lógica del Capital y sus seudo instituciones democráticas y micro relatos distractivos actuales.

La “Reconciliación” de ellos y la Memoria Activa nuestra

Los llamados a la “Reconciliación” de la elite concertacionista, del Gobierno y de connotados derechistas han reaparecido con insistencia en este cuarenta años del Golpe cívico-militar del 11 de septiembre del 1973. Como siempre con su eco mediático. Es una farsa tenebrosa cuando Reconciliación busca rimar con olvido. Es un atentado contra la memoria hablar en esos términos. Es querer unir lo que se opone; aquello que es antagónico e irreconciliable. Lo seguirá siendo, mientras no cambien las condiciones sociales, políticas y económicas reales surgidas de los pilares estructurantes construidos durante y afiatados después del golpe con la violencia militar pinochetista.

La llamada “Reconciliación” es una maniobra para desfigurar las secuencias de la historia de Chile en nombre de un “presentismo” sometido a la lógica mercantil del lucro y a la impunidad amparada en los pactos pasados, actuales, presentes y futuros entre concertacionistas recalcitrantes y derechistas arrepentidos y duros. Acuerdos celebrados los primeros años de posdictadura “para no abrir las heridas” y, para, según ellos, no activar nuevamente los “boinazos y ejercicios de enlace” o demonios golpistas. Fueron pretextos para impedir la Verdad y la Justicia. Lo hicieron en nombre de la transición pactada para salvar la seguridad del Capital y su proyecto de gobernabilidad neoliberal (exactamente lo mismo que en España). Para arrogarse el papel de administradores del sistema; con el fin de manipular las expectativas de cambios posdictadura, fruto de la lucha de masas anti dictadura. Y para no cumplir las tareas de democratización del país y reconquista de derechos sociales y económicos.

Los “Reconciliadores”: distorsionarlo todo para vivir en la bruma

Persisten los olvidadizos de la llamada “renovación socialista” después de cuarenta años. Vuelven a la carga. Editan libros desmemoriados. Los Ricardo Nuñez y los Oscar G. Garretón repiten a coro la cantilena oportunista: “Todos fuimos culpables”. Ricardo Lagos una vez más se hunde en el oprobio al justificar al ex general Cheyre diciendo que era un joven oficial que estaba en guerra a partir de sptiembre del 73. Ni nombran las conspiraciones militares antes y después de que asumiera el Gobierno de la Unidad Popular, ni el crimen del General René Schneider a manos de militares golpistas y de la CIA. Que nos cayó como un rayo y nos demostró a quienes salíamos de la adolescencia el implacable engranaje del carácter de clase de las FF.AA y del Estado chileno explicado tal cual por Lenin en El Estado y la Revolución. Así como leyendo después a Marx comprendimos el funcionamiento de la mecánica explotadora del Trabajo por el Capital y la lógica expansiva de la acumulación de la riqueza en manos de unos pocos. ¡Gracias a los clásicos! Eso no ha cambiado ni con toda la fraseología democratoide actual. Como lo escribió Walter Benjamin: “ni el sentido de las palabras estarán a salvo” en sus bocas (la de lo vencedores de la clase dominante y sus nuevos comparsas). Los que cambiaron para peor fueron ellos: los “reconciliadores”.

¿Y el de hoy, el Estado criminalizador de los movimientos sociales a la Hinzpeter y el modelo neoliberal ultra sofisticado para explotar y concentrar la riqueza en manos de una burguesía financiera y extractiva y exportadora globalizada, con el agravante de que el sistema económico es también depredador de la Naturaleza, son tan diferentes a la lógica interna del capitalismo de 1970? Hoy “chorrea”, dicen. ¿Y a qué precio? ¿Otro olvido?

El pretexto del viraje ideológico de algunos arrepentidos es haber vivido exiliados en los países burocráticos del Este y cambiado la mirada debido a las aberraciones de lo que llamaban el “socialismo realmente existente” y al marxismo dogmático. En ese que muchos nunca confiamos. Sin embargo, esto no justifica el ser subdesarrollados éticos y cognitivos para aceptar los esquemas liberales y procapitalistas del actual dogma neoliberal sin ninguna distancia crítica. Para transformarse en compañeros de ruta de los neoliberales. De los cuales recién algunos pocos concertacionistas comienzan recién a desligarse. De profesores y profesoras de “materialismo histórico” se mutaron en aprendices de brujo de las formas y técnicas capitalistas e imperialistas de dominación. Al mismo tiempo, sus “sociólogos” quisieron hacer desaparecer la “centralidad del Trabajo” en las sociedades capitalistas para mejor justificar la misma explotación económica, los ataques contra la clase trabajadora y sus derechos socioeconómicos. Sólo habían “movimientos sociales” anodinos que reivindicaban por separado sin cuestionar el sistema ya que sólo exigían reformas o reconocimiento identitario dentro de él. A ellos el poder de administrar el modelo y negociar con la derecha empresarial. Al resto de los ciudadano de votar por ellos. Es la matriz ideológica de los “reconciliadores”, “renovados” y de mucho “progresista” de las terceras vías.

 ¿Y qué persiguen?

 Así quieren borrar la memoria histórica, la consciencia sociopolítica alcanzada por un pueblo, la organización de poder de los trabajadores y el pueblo entre 1972-1973 (las cuales temen y denostan), las responsabilidades políticas, las promesas traicionadas, los crímenes planificados para desestabilizar al gobierno de Salvador Allende, el rol del imperialismo norteamericano, las conspiraciones de la derecha y la DC. Sus propios errores estratégicos e inconsistencia política. Les molesta reconstituir los hechos que acusan e interpelan. Huyen la realidad. Quieren sumergirse en la cultura del olvido posmodernista. Donde el instante pasajero, la imagen, la “comunicación estratégica”, el poder y el dinero mandan. El relativismo cultural del todo es igual en nombre de una visión ideológica y dominante de los Derechos Humanos como ritual formal y retórica con predominio de la amnesia, resultado de una concepción de la vida donde todo fluye, todo es “líquido”, corre y nada es sólido. Entre el confort de lo indiferenciado para tranquilidad de la falsa consciencia de  los protagonistas, de los cómplices del silencio y los beneficiarios del golpe militar. En la disolución de las responsabilidades. El todos esconde el Yo responsable del rendimiento de cuentas. De lo no hecho.

Comprender el presente a la luz de la historia

No es nuestra concepción de la historia. El actuar de los nuestros tuvo peso moral e histórico y fue parte de luchas sociales. Consistencia ética y no la liviandad del ser en el “desierto de lo real”. El presente del Capital y sus poderosos medios ideológicos que todo lo transforman en simulacro no lograrán triturar las razones que motivaron la lucha de nuestros caídos y el llamado que su ejemplo y muerte implica para los vivos que quedamos y los otros más jóvenes que retoman las banderas de la lucha. Son conceptos y hechos que mantenemos. Habrá que luchar con la razón para impedir la deformación de nuestra Historia. Aprender de las derrotas y ajustar la acción colectiva en el nuevo escenario del 2014 con la neoconcertación en el Gobierno. También de los ejemplos y victorias como las recientes que son pequeños hechos. Pero avances innegables en la construcción de nuevas perspectivas estratégicas de poder de los de abajo. El conocimiento nos ayuda y el primero es el histórico-político. Y la fidelidad al acontecimiento que pudo haber sido y que podrá nuevamente ser es un tributo a los nuestros.

En un país donde los conspiradores civiles del golpe militar no han sido juzgados; con Constitución de factura militar e instituciones económicas y políticas neoliberales planificadas para explotar, resultado del aplastamiento con las armas de la organización sindical y popular es imposible re-conciliarse. Re-conciliarse es volver a un estado o situación de armonía idílica, en este caso, falsa. En Chile, desde la fundación del Estado en los albores del XIX nunca ha habido paz social, conciliación. Preguntémosle al pueblo mapuche, a los pobladores de Puerto Montt de los sesenta, a los trabajadores de la Santa María de Iquique antes, a las matanzas de campesinos, a los saboteadores y hambreadores del 72. Esa es la violencia evidente, la otra la latente y estructural se expresa en la desigualdad social, la explotación de los trabajadores, los mineros muertos en las minas, la salud precaria, los femicidios, la represión disfrazada de leyes, la usura, los abusos, las enfermedades mortíferas del ecocidio ambiental, el encerramiento de los más pobres y los jóvenes en prisiones inhumanas. Desde los inicios del Estado chileno una aristocracia oligárquica arrogante es dueña del poder y la riqueza, castiga y reina impune sin conocer eso que llaman Estado de Derecho. Y ha empeorado en la era del capitalismo globalizado.

La cantilena virtuosa de la “reconciliación” es el auto ensalzamiento de la elite que se reencuentra en el binominal y los negocios; la palabrita clave de los discursos de los concertacionistas arrepentidos y de las homilías religiosas. Hoy tienen adeptos en la derecha. Cantan victoria. Pero no en las investigaciones históricas. Allí las instituciones republicanas siguen manchadas con sangre.

Abrir perspectiva

La historicidad en la cual nos situamos “se define como una relación con el presente en tanto que historia […] que le saca al presente su cotidianeidad inmediata y al hacerlo nos autoriza a tomar esta distancia que es al fin calificada de perspectiva histórica”. (Fredric Jameson). No hay presente sin vínculo creativo con el pasado desde el cual las luchas anteriores nos interpelan y donde el ejemplo de nuestros luchadores cobra sentido. Tenemos filosofía; ellos sólo adoran el becerro de oro obnubilados por el fetichismo de la mercancía y su lucro.

¿Por qué no afirmar con voluntad de poder la irrupción de la perspectiva del mundo por construir? La misma promesa actualizada por la cual se movieron los sueños de nuestros caídos. Darle curso, organización y fuerza hic et nunc (aquí y ahora) a ese proyecto unitario y diverso de transformación social. Contra viento y marea, sin caer en las trampas de los que lucharon algunos meses con los estudiantes y que hoy tienen la misma candidata que Jorge Awad, el patrón de los banqueros, el democratacristiano defensor del Capital y representante de los propietarios del plusvalor del Trabajo y los intereses de la usura bancaria. Hay que empezar por ahí. Por dónde pasa la memoria y la fidelidad histórica con los nuestros. Por nuestra autonomía e independencia de clase, por una ética inquebrantable de lealtad con los nuestros y por sus ideales de Justicia e Igualdad.

El periodista Juan Pablo Cárdenas, ejemplo ético del periodismo democrático, nos invitaba en su comentario matinal en Radio Universidad de Chile, este 29 de agosto, a contra manifestar en el acto de “Reconciliación” organizado por el piñerismo en La Moneda. Ahí estarán presentes entre nosotros ellos mismos, defendiendo su memoria y la nuestra, nuestros muertos y desaparecidos, denunciando la vil maniobra de recuperación neoliberal y posmodernista.

 Por Leopoldo Lavín Mujica

 El Ciudadano

 

 

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