Memoria que calla, memoria que muere

Marinakue y la necesidad de contar.

A diez años de la masacre de Marinakue, Curuguaty, la nula justicia paraguaya parece conformarse con las apariencias y el olvido. La prensa masiva, la de las grandes empresas e intereses, cada año resta más y más importancia al hecho social que marcó la historia reciente del Paraguay. Una nota en el día aniversario y basta, como si los hechos no siguieran sucediendo en toda su actualidad: aún la tierra sigue secuestrada por una empresa de grandes relaciones con el poder, aún la reparación es insuficiente a las familias de las víctimas y las personas sobrevivientes/víctimas. Todavía la reparación pública, los compromisos de no repetición, esperan cajoneados en el algún escritorio. La verdad, fue sepultada por un fiscal engominado que siempre vestía fúnebre.

La reparación hasta el momento la ha hecho el pueblo solidario que, en distintos formatos organizacionales, o a pura voluntad individual, se embarcó contra viento y miedo ese mismo 15 de junio de 2012, en la mañana, a movilizarse por tierra, libertad, justicia, verdad y reparación pública. Lo que ha habido de esas cinco demandas hasta el momento es lo que el pueblo solidario logró; el poco de verdad, el poco de justicia, el poco de libertad, han sido construcciones sociales, logradas por una mezcla de constancia, rotación, flexibilidad táctica y horizonte estratégico. De ello habla la pregunta ¿Qué pasó en Curuguaty? e iniciativas como la Articulación x Curuguaty, Somos Observadores, Anulación Ya, así como figuras que ya descansan de tanta lucha, tales como el Pai Oliva, nuestro querido artista Ángel Domínguez y el incansable luchador migrante Humberto Jara por citar algunos.

Otra reparación social que hacemos es mantener la memoria viva de una lucha que sigue habiendo, porque una memoria que se calla, memoria que muere y Marinakue necesita que la contemos, no solo porque es nuestra cariñosa reparación, sino porque es la memoria de la resistencia que venimos haciendo a la reinstalación golpista del Estado Colorado que nos oprime, porque de esa masacre vino ese golpe que nos trajo esta década de neoestronismo con aroma a tráfico, narco, próvida y empresarial. Es necesario, entonces, contar nuestra memoria de la lucha por Marinakue con la dimensión que haya tenido: poca o mucha, temprana o tardía, meditada o repentina, con los gestos en los cuales se manifestó, desde quienes llamaron a una radio a preguntar ¿Qué pasó en Curuguaty? o acompañaron alguna huelga de hambre, todo hizo a una lucha social que consiguió mucho para el contexto represivo y saqueador que todavía permanece. Mucho, entre ello, la libertad de todas los campesinos y las campesinas imputadas siendo víctimas.

Es una memoria social que no entrará en ninguna publicación oficial, de ninguna autoridad de ningún ámbito. Ese contar hace también a la misma lucha, porque el relato de una lucha amplía esa misma lucha. Por eso es que el poder se satisface en el olvido, el silencio y la negación, asuntos que a veces toman forma de exceso de información.

Nuestra memoria personal es un hecho social que cumplimos fielmente en la intimidad. La memoria social es la membrana construida a partir de ese hecho social cumplido en la intimidad. Nadie está solo cuando recuerda ni ningún recuerdo es solitario. Lo comunitario es íntimo. Y al dejarlo salir en forma de relato devolvemos lo social a lo social. Marinakue es la razón de una lucha que debe ser contada contra todo control con forma de olvido y prioridad.

Por Pelao Carvallo

15 de junio de 2022

A 10 años de Marinakue, Curuguaty.


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