LA RABIA

Aquel nefasto gobierno había terminado sin gloria ni pena hace ya varios años. Pese a algunos intentos por sancionar a Piñera, al jefe de los pacos y a otros, incluso ante organismos internacionales, nada había pasado. Los tribunales, independiente de qué tribunal se trate, saben que tienen que atacar a los más vulnerables, y lamentablemente Piñera nunca llegó a ser uno vulnerable. 

 
Por Silvio Cuneo

Lucho siempre se enojaba, pero desde aquella fatídica tarde todo parecía molestarle aún más. Esa certeza de no poder cambiar el pasado le daba mucha rabia e impotencia. Sabía que no tenía sentido, pero siempre se repetía con furia ‘¿por qué fui ese día’, ¿por qué estaba dónde estaba?’ .

Lo que le daba más rabia era saber que no era culpa suya haber ido ese día, pero no haber ido le habría evitado tanta ira y dolor. Manifestarse es un derecho humano, pensaba, y sabía que la culpa era del paco culiao que le había disparado el balín en su ojo izquierdo y de ahí su condena a vivir tuerto para siempre. También le daba rabia la impunidad del paco culiao y la indemnización le parecía una burla, aunque con ella se había podido poner un implante que se veía bien, pero por el cual él no veía. 

Trató de no pensar, pero pensaba. Trato de no sentir rabia, pero sentía rabia. Curiosamente la ira con el paco culiao que le había disparado era menor que con los altos mandos. Sin dejar de culpar al ignoto paco del balín, su furia se dirigía principalmente contra el jefe de los pacos, el dictador Piñera y sus cercanos. 

Aquel nefasto gobierno había terminado sin gloria ni pena hace ya varios años. Pese a algunos intentos por sancionar a Piñera, al jefe de los pacos y a otros, incluso ante organismos internacionales, nada había pasado. Los tribunales, independiente de qué tribunal se trate, saben que tienen que atacar a los más vulnerables, y lamentablemente Piñera nunca llegó a ser uno vulnerable. 

La depresión y la rabia, más que algún tipo de impedimento físico, hicieron que Lucho dejara de estudiar y ya llevaba varios años trabajando como camarero en un restorán del barrio alto. Al inicio le daban rabia los garzones viejos que maltrataban a los recién llegados. Ahora, ya como garzón viejo, le daban rabia los garzones jóvenes que se pasaban equivocando, pero también le daban rabia cuando no se equivocaban. Su falta de visión por el lado izquierdo lo hacían romper más de alguna copa, cuestión que también le daba rabia. 

Con el paso de los años logró disimular su cólera. Respiraba hondo y no se notaba, pero la rabia estaba ahí.  Una tarde, mientras llevaba copas por el pasillo que unía la cocina con el comedor, escuchó que su jefe comentaba que el jueves siguiente habría una gran recepción conmemorando los 15 años del triunfo del segundo gobierno de Piñera. Cerrarían el restorán para los ilustres invitados que serían el mismo Piñera y sus ministras y ministros. Se quedó sin aire y pensó en una venganza.  

Su jefe, que confiaba en él y que ni siquiera conocía el episodio del ojo, le pidió expresamente que tratara con mucho respeto a los invitados. Lucho respiró profundo y se comprometió a tratarlos con total gentileza. No sabemos bien cómo pudo conseguir dos sendos rifles de perdigones ni tampoco cómo pudo meterlos la tarde del miércoles antes de la ilustre cena, pero lo hizo.  

Aquel jueves trató a los invitados con especial pleitesía. Fue su jefe quien lo presentó directamente a Piñera y este sonrió y saludó con menos despotismo que el habitual al cuarentón y leptosomático camarero.  

La cena partió con un gran antipasto variado que incluía jamón ibérico, queso al horno, empanadas de cebiche, ostras, carpaccio de pulpo, pinchos varios y otras cosas. Lucho observó que Piñera apenas probaba bocado, mientras que, a su derecha, el exministro Chadwick comía como si no hubiera comido nunca. Cecilia Pérez, sentada justo frente a Piñera, deslizaba su pie descalzo bajo los pantalones de Piñera, pero este con asco rápidamente la esquivaba. Karla Rubilar, otra que comía a la par con Chadwick, hablaba con la boca abierta dejando escapar pedazos de pulpo masticado en el pulcro mantel blanco.

Abundaban vinos chilenos, mendocinos, californianos, franceses e italianos, además de champán, cervezas y jugos naturales. Tras un par de horas todos parecían contentos y orgullosos. La mayoría no pudo comer postre, pero Rubilar y Chadwick quisieron probar las delicias criollas y se comieron las sopaipillas pasadas y los con mote con huesillo, mientras que los tiramisú, las cremas catalanas y las baklavas no fueron tocados por ninguno de los comensales. Tras la comida, la mesa se llenó de botellas. Más de 20 bajativos de hierba, limoncello, amaretto, güisqui, ouzo y lo que puedan imaginar. Lucho, que observó a todos atentamente, calculó que todos estaban borrachos. 

Lucho, aprovechando que los invitados reían y adulaban al exdictador, con parsimonia pero sin disimulo, tomó los rifles que ya estaban cargados, y esperando cegar a Piñera y a alguno de los comensales (un poco de justicia talional, pensó), disparó el racimo de perdigones apuntando directamente a Piñera que, cuál Jesús de la última cena de da Vinci, estaba al centro. Para mala suerte del camarero y buena del bribón, Piñera no recibió perdigón alguno. Chadwick, en cambio, quedó con la cara ensangrentada y parecía haber perdido un ojo. Rubilar, por su parte, era un montón de sangre y varios perdigones habían desfigurado su poca agraciada faz. 

Lucho sabía que estaba perdido. Soltó ambos rifles y salió caminando a paso lento del restorán. Los gritos desgarradores que escuchó en un momento habían desaparecido para él. La imagen de Chadwick y Rubilar llenos de sangre le recordaron un chancho y un mono maltratados en un zoológico chino o en un matadero. Sintió a lo lejos las sirenas de los pacos y volvió a sentirse perdido, pero nada le importaba. Imaginó que un periodista encorbatado describiría la escena del chancho y el mono como algo dantesco y le volvió a dar rabia porque seguro que ese periodista jamás había leído al Dante. 


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