«Las Fuerzas Armadas: Chile o el Pentágono». La mirada del dirigente socialista Raúl Ampuero a días del Golpe de Estado

Raúl Ampuero fue Senador de la República de Chile por Tarapacá y Antofagasta entre 1953 y 1969 y Secretario General del Partido Socialista entre 1961 y 1967

Por Amauta

31/08/2023

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Memoria50Años

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Raúl Ampuero fue Senador de la República de Chile por Tarapacá y Antofagasta entre 1953 y 1969 y Secretario General del Partido Socialista entre 1961 y 1967. En 1967, en el XXI Congreso del PS chileno, se escinde con un grupo de dirigentes y militantes socialistas formando la “Unión Socialista Popular”, con duras discrepancias frente a la línea asumida por el Partido Socialista. Con todo, la USOPO apoyó la candidatura de Salvador Allende e integró la Unidad Popular, teniendo una bancada parlamentaria a los senadores Raúl Ampuero y Tomás Chadwick, además de los diputados Ramón Silva Ulloa, Eduardo Osorio, Oscar Naranjo, Andrés Aravena y Ernesto Guajardo.

Entre sus preocupaciones, Raúl Ampuero dedicó una particular atención al problema militar que implicaba la “vía chilena al socialismo” y en 1971, publicó un texto referido al tema: “El Pueblo en la Defensa Nacional”

«En la Mira del Pentágono», señalaba Ampuero en uno de los subtítulos de su texto de 1971: «La historia reciente proporciona abrumadoras razones para que los chilenos desconfiemos de la aparente resignación nortamericana ante el camino que hemos elegido; en consecuencia, debemos seguir con acuciosa atención los acontecimientos que se desarrollan a nuestro alrededor».

En este artículo que reproducimos, publicado en el último número de la revista semanal “Chile HOY” antes del Golpe de Estado, realiza un agudo análisis de la situación de las Fuerzas Armadas chilenas y su subordinación y dependencia a la política militar estadounidense. 

A pocos dias del Golpe, Ampuero remataba su artículo con un «confiamos también en que la Operación Unitas XIV sea la última incursión de la flota yanqui en las costas de la Patria. Debemos optar por la defensa de Chile o la defensa del Imperio».

Por su enorme valor histórico, reproducimos íntegramente el artículo «Las FF.AA.: Chile o el Pentágono» de Raúl Ampuero.


Las Fuerzas Armadas: Chile o el Pentágono

Por Raúl Ampuero. «Chile HOY» año II, número 65, 7 al 13 de septiembre de 1973. * Las negrillas son nuestras

En estos primeros días de septiembre, coincidiendo con el tercer aniversario de la victoria de la Unidad Popular, una delegación de altos dignatarios chilenos asiste en Argel a la Conferencia en la cumbre de los Países No Alineados y, simultáneamente, en Caracas, con la reserva habitual, una delegación militar de parecida jerarquía participa en la reunión de comandantes en Jefe de los ejércitos americanos. Para cerrar el panorama de un mes particularmente activo en acontecimientos ligados a nuestra política exterior, antes y después de la fecha que señala simbólicamente la independencia nacional, varias unidades de nuestra marina de guerra se agregarán a una Fuerza de Tarea de la escuadra yanqui para participar en la Operación Unitas XIV.

Los Países No Alineados, como se sabe, se denominan así porque rehúsan tomar partido en la política de bloques, o, para decirlo en términos más actuales, porque proclaman una total autonomía en la conducción de su política exterior, particularmente en el terreno militar. En cambio, tanto el cónclave de generales como los ejercicios navales que tendrán por escenario nuestro litoral se inscriben en el marco de ciertos compromisos -el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca y el Pacto de Ayuda Mutua– que obligan a Chile a  “aportar la plena contribución que le permitan sus recursos humanos, sus riquezas, sus facilidades y su estado económico general para incrementar y mantener su propia fuerza defensiva, así como la fuerza defensiva del mundo libre”

AMBIGUA CONDUCTA

La simultaneidad de estos hechos pone en evidencia la ambigua conducta del Gobierno Popular en un campo de especial importancia. La línea pragmática que se halla en la base de una situación tan contradictoria busca justificación en la  natural prudencia  con que debe conducirse un país pequeño en sus pleitos con la potencia hegemónica, pero oculta al mismo tiempo la dramática verdad de un proceso que alcanza a la vida entera de la nación.

No se exagera cuando decimos que la tarea de hoy -y que ha tomado en sus manos el Gobierno- consiste en consumar la Segunda Independencia de Chile. No es ésta una metáfora: es una finalidad que deberemos aceptar con todas sus consecuencias, entre ellas, las represalias de cualquier orden que desatan y desatarán los intereses desalojados del manejo de nuestros asuntos vitales. Es innecesario describirlas: cada chileno las conoce desde que arrebatamos el cobre a los norteamericanos. Ahora bien, el deterioro de las relaciones con la metrópoli imperial, efecto inevitable de un acto de soberanía respaldado por la nación entera, por la unanimidad del Congreso y explícitamente consagrado en el texto de la Carta Constitucional, no ha parecido afectar hasta ahora los vínculos militares vigentes entre Chile y los EEUU. Ni los lazos jurídicos e institucionales  (TIAR – PAM – Junta Interamericana de Defensa), ni aquellos de carácter material y financiero. Se da así el caso de un país trabado en una feroz contienda diplomática, comercial, jurídica y política, contra un adversario despiadado y cínico, que mantiene a pesar de todo una inexplicable dependencia doctrinal y logística de su estructura militar con respecto a ese mismo adversario

Es una contradicción que no se puede disimular en nombre de ningún practicismo. La propia crisis política que se vive exige una decisión perentoria. 

Hasta aquí un cierto respeto reverencial por el llamado “profesionalismo” de los hombres de armas ha permitido presentar a los militares como víctimas de la tensión política, tironeados desde la derecha y desde la izquierda con móviles mezquinos, perturbados en su tarea por la introducción alevosa de ciertos dilemas ideológicos en los cuarteles. 

Ese no es el problema. Lejos de constituir una  sórdida conspiración para dividir a los soldados, lo que ocurre es que las opciones en juego comprometen en tal grado el conjunto de la vida nacional y su futuro que la alternativa “liberación o dependencia”, “libertad o dictadura”, “socialismo o fascismo”, no puede soslayar a las Fuerzas Armadas, sino que, por el contrario, plantea una disyuntiva de hierro a todo el aparato de la Defensa Nacional y a las doctrinas en que se inspira. Podrá estimarse una afirmación imprudente o atrevida, pero lo cierto es que nuestro actual poderío militar carece de autonomía: sólo puede funcionar con eficacia al amparo y bajo la dependencia del Pentágono. Y para deslindar responsabilidades debemos añadir que llegamos a esa penosa situación por el increíble sometimiento de los gobernantes civiles a los principios de la defensa hemisférica y a los criterios impuestos por la “Guerra Fría”

ÚLTIMAS ESPERANZAS

A medida que la oligarquía agraria y monopólica y los inversionistas extranjeros y sus agentes pierden poder en el manejo de la economía y se reduce su significación social, ponen sus últimas esperanzas en aprovechar esos mecanismos para descomponer el soporte militar del Gobierno legítimo, aplauden los devaneos gorilas de algunos oficiales y alientan el golpe. Toda la retórica “democrática” se disuelve en una persistente incitación para que las Fuerzas Armadas hagan un escarmiento con los trabajadores, atropellen a los sindicatos, “arrastren el poncho”, para colocar al Presidente de la República y a sus representantes en una posición falsa ante los militares o ante el pueblo. 

El Gobierno ha facilitado este turbio juego con su indecisión para plantear el problema en sus verdaderos términos. Aquí lo sustancial no es una cuestión de honor o de prestigio, ni tampoco de legalidad o ilegalidad -eso es sólo palabrería que disfraza el verdadero designio de los sediciosos-, sino de estar al servicio de Chile o al servicio del Pentágono. Independizar a las Fuerzas Armadas de su actual supeditación a los intereses y concepciones yanquis es una tarea impostergable.Y los primeros que deben comprender la absoluta prioridad de este objetivo deben ser los propios militares. Basta ya de debates adjetivos, que orillan el nervio de las verdaderas decisiones. 

Este no es un punto de vista nuevo. ni tampoco una tesis extremista o una deformación doctrinaria de la izquierda. En los contactos previos a la reunión de Caracas, dos generales de carrera, Comandantes en Jefe de sus respectivos ejércitos -Mercado Jarrín, del Perú, y Carcagno, de Argentina-, han convenido ya en plantear un profundo viraje en las concepciones militares videntes, orientándolas a establecer una estrecha asociación entre las Fuerzas Armadas y los pueblos latinoamericanos en la conquista de la liberación nacional y en la resistencia al imperialismo. En Buenos Aires, el principal promotor de estas ideas es el General Juan E. Guglialmelli, de sólido prestigio militar e intelectual en el país vecino, quien viene sosteniendo sus puntos de vista en la revista “Estrategia “ y en sus conferencias ante la Escuela Superior de Guerra. En una nueva versión del profesionalismo que él propugna, ha dicho: “Las Fuerzas Armadas protegerán y participarán activamente en el desarrollo del proceso liberador, codo a codo con su pueblo”. Y al anotar los riesgos de la actual dependencia, ha tenido el coraje de advertir la posibilidad “de que ese aparato militar gravite a través de los abundantes canales de “enlace” que el sistema ha creado sobre sectores militares, con el propósito de que éstos actúen contra sus propios gobiernos cuando así convenga a la política estadounidense o a los intereses de los grupos vinculados con el  Pentágono”

Una opinión tan explícita y terminante, emitida por un oficial de la vieja escuela, miembro de un ejército de profunda tradición conservadora, parece inconcebible en nuestro medio. En boca de un militar chileno, en esta hora de fondas transformaciones revolucionarias, daría material para acusarlo de extremista y arrastrarlo eventualmente a los tribunales castrenses. 

Las Fuerzas Armadas no pueden quedar al margen de la historia; más aún, que otras instituciones están al servicio de la soberanía del país y están en el deber de participar, en consecuencia, en la lucha que llevamos adelante para consolidarla en todas sus dimensiones. Cualquier actitud negativa o prescindente es una decepción, porque la defensa nacional no es un quehacer abstracto, neutro, intemporal; tiene, por el contrario, un contenido políticamente definido y concreto en cada etapa de la existencia de la nación. La defensa del Chile de hoy está orientada contra la agresión imperialista externa y de sus agentes en el interior de la comunidad; mal podrían las instituciones armadas o sus integrantes mantener afinidades ideológicas con los EEUU y menos aún, relaciones de dependencia material. 

Esperamos que las noticias de Caracas confirmen una nueva actitud de parte de los representantes chilenos. Y confiamos también en que la Operación Unitas XIV sea la última incursión de la flota yanqui en las costas de la Patria. Debemos optar por la defensa de Chile o la defensa del Imperio



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