Las tres poetas son reconocidas nacional e internacionalmente

3 poetas mexicanas que tienes que leer

La recomendación de esta semana son tres mexicanas cuyo trabajo mantiene vigente a la poesía nacional.

Las letras mexicanas nos han brindado una gran cantidad de poetas desde Sor Juana en el siglo XVI, hasta Rosario Castellanos y Margarita Michelena a mediados de los 1900. La cantidad es basta y siempre es bueno recordarlas así como su trabajo.

Como cada semana, te traemos tres poemas imperdibles de talentosas mexicanas. En esta ocasión serán de la jalisciense de 52 años, Mónica Neponte, quien ganara el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta, en 2003; de la poblana, Gabriela Puente, ganadora del Premio Navachiste en 2005 y que falleció a finales de 2020; y de la regia Juana Adcock, quien ha escrito para publicaciones como Magma PoetryGutterGlasgow Review of Books,.

El eco del cielo, Mónica Neponte (1970)

Origen

Por mera cuestión de ancestros mi nombre está cerca de las piedras.

La lengua ruda y lastimada que hablaron mis abuelos me pertenece ahora cómo algún día fueran suyos la pala y la pica. En tarea semejante a su designio minero me hundo en la caverna del lenguaje hasta hacer brotar la gema, pájaro que acude a la ventana de una niña. El secreto radica en descubrir si el ave es cuervo o petirrojo.

El lugar

Ahondo en el lugar con recelo, el tacto torpe –como si desprendiera la espina en el temor presagiado del dolor. Ahondo en el lugar sin la certeza de la piedra o el polvo.

La luz no conoce esta esquina. Pies y brazos siguiendo cómo Lázaro la voz, animal impreciso en el cuerpo de la noche.

Fuego

La lengua resplandece por el aire. La tierra es víctima de la violenta llama. Devora. Tras el silencio, un balbuceo toma la forma y la destruye. Pero es la luz que corrompe el infierno. Es la luz cuya herencia de ceniza forma el alfabeto legible a los cegados.

Oráculo

Está en el eco del cielo, en las cuentas de vidrio sobre el pañuelo del mago. Está en el hilo dorado con el que tejes mis ojos, en la sangre, en el índice de la bruja dormida; en el trazo del agua. Donde quieras que esté, ahí habita, cómo una mano sobre tu pecho o una voz, sonámbula, nombrándote desde otra orilla.

Liturgia

Signos en el rostro, cayendo en lluvia de sombras. Por la orilla nos acercamos, suaves en el caudal. Tocamos el reflejo: agua en la punta de los dedos, tocamos otra vez: aceite. Decimos fuego y otorgamos un reino de elementos a tu cuerpo. Ligera, desde el fondo de tus ojos habla el nombre.

El regreso

Conquistar la pluma y la caricia del sonido como quien vuelve a la casa del padre. Volver a esta hoja, desnuda ante la palabra y la razón del alfabeto, como una planta que ha decidido crecer a pesar del vidrio hundido en el calor terrestre. Construir de nuevo una ventana, la habitación y el orden del signo trazado en este mar blanco.

Espejismo

Palmeras en el paisaje nevado. El canto. Las perlas caen por la pendiente se hunden en el agua, se diluyen tras el círculo. Ondea. La playa se pierde en el color del estandarte, testamento de aire.

Si de eso se tratase.

Tejería, tejería, una imagen tras otra.

La mano palpando la ligereza del trigo, la mano alzada celebrando el viento, sin espinas en la lengua.

Si de eso se tratase la escritura.

De Papelera, Gabriela Puente (2006)

papeles falsos (el amor y el abandono )la cortina
de tus faldas solteronas
nubla el cuarto, la ventana.
yo floto.
de tus caderas, soy el péndulo.d e s e q u i l i b r i o

sostén ahora el tiempo
y equilibra la mirada
no tengas prisa, detente
no beses su aliento
respira y no mueras
mantén la cordura
no veas hacia adentro
lávate los dientes.

gobierna tu alma
frena tus impulsos
no corras descalzo
ya no te derrumbes
ya no llores más
no tomes su copa
respira profundo
sostén ahora el tiempo

Puertas que abiertas hacia adentro arden, Juana Adcock (2018)

Qué bendita dicha la de poder cerrar los ojos y ver alguien

cerrar los ojos

Que su antebrazo sienta las gotas y casi

antes de preguntar qué pasa se desmenuce su garganta en el suelo

Y qué bendita llave la que abría todas las puertas, la que

una tela humilde cruzábanos sus nudillos como manos en rezo

unos nudos temblorosos que se trenzaban en fardos, unos talones

¿quieres desnudar todos mis nudos? ¿abrir todas mis puertas?

sí, quiero abrir las puertas en tu pie: beso, las puertas en la uña de tu dedo gordo: beso, las puertas en tu astrágalo: beso, las puertas en tu sóleo: beso, las puertas en tu sartorio: beso, las puertas en tu pectíneo: beso, las puertas en tu hipocondrio: beso, las puertas en tu región del vacío, etcétera

Ayer vi los párpados volando hechos pedazos

los sitios salobres donde nos andábamos llorando

los huecos desanclados, desarraigados

el delgado canto que en la mañana nos alzaba

esa madre que no tengo, el huevo

detrás de mi cuello donde el hueco es el huevo es el hueco donde se gesta

el principio donde nace, esa sangre que se espesa, que se dispersa, que nos amarra

La neta: este piquete de avispa es mi única pertenencia, esa agua que se hacina detrás de las puertas en mi cara

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