Benito y el conejo

Bad Bunny, el adolescente que trabajó como empacador en un supermercado y que sin ninguna preparación o educación musical, hizo sus propias composiciones
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Columnas / México / Puebla

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Por Onel Ortíz Fragoso

La historia es ideal. Benito, el niño pobre de los barrios de Puerto Rico, hijo de una maestra y de un mecánico. Benito, el jovencito que descubrió su vocación el día que su madre le regaló un disco de Vico C. Benito, el adolescente que trabajó como empacador en un supermercado y que sin ninguna preparación o educación musical, hizo sus propias composiciones. Un chico como cualquiera, hasta que las benditas redes sociales le cambiaron la vida. Con los primeros visos de la fama buscó un nombre artístico, Benito Martínez no sonaba atractivo. Vio una foto de su reciente infancia disfrazado de conejo de Pascua, tenía cara de enojado. Por iluminación, decidió llamarse Bad Bunny.

Lo que siguió fue un huracán de acontecimientos con epicentro en la redes sociales, en las plataformas de música y de video, convirtiendo a este joven en una de las estrellas más luminosas del trap, rap, reguetón y demás géneros cuyas fronteras no distingo. El conejo malo, el joven que el fin de semana pasado llenó en dos ocasiones el Estadio Azteca.

Fama y dinero. Viajes a sitios exóticos, mujeres hermosas, autos caros, casas lujosas, joyas extravagantes. El sueño americano o mejor dicho el sueño puertorriqueño. El mismo camino, pero ahora global, que años atrás siguieron Menudo, Vico C, Riky Martín y otros cantantes. Los sueños de las cenicientas. El éxito de unos pocos se convierte en el sueño de miles. Puerto Rico es un territorio no incorporado a Estados Unidos, es decir una colonia. De vez en cuando es conveniente que uno o varios de los suyos brillen con luz propia en las pasarela del gran supermercado de Estados Unidos o mejor dicho, del mundo occidental. Al fin y al cabo son negocios y el capitalismo tiene la virtud de exprimir todo hasta dejarlo seco, sin alma.

Lo mismo ocurrió con Manos de Piedra Durán en Panamá, Shakira en Colombia, El Canelo Álvarez o Checo Pérez, en México. El éxito de unos, parece ser el triunfo de millones. Pero sólo parece. En fin, ese es otro tema.

Sé por qué no me gusta el trap, rap y reguetón. Escucho algunos representantes de estos géneros, porque soy de mente abierta y porque creo que en cualquier lugar puede encontrarse en garbanzo de a libra. Sin embargo, a la mayoría de los que les pregunto por qué les gusta el conejo malo, no me pueden contestar.

¿Por qué Bad Bunny tiene tanto éxito? ¿Representa a los adolescentes y jóvenes? ¿Al final de cuentas, qué representa? Creo que en éste caso la música estrictamente hablando tiene un papel secundario. Hablamos de un fenómeno de moda y la moda es cosa sería.

Bad Bunny y otros personajes representan de manera fiel una de las partes más significativas de la infodemia causada por las redes sociales, plataformas y aplicaciones. Lo diré breve. La televisión convirtió la conversación pública en un espectáculo. Esa es la historia de la segunda mitad del siglo XX. El internet y sus múltiples aplicaciones convirtieron a la primera mitad del siglo XXI en una representación. Una libertad dirigida, sin héroes ni tiranos, sólo comunidades definidas por un algoritmo todopoderoso. La inteligencia artificial sustituye a la razón humana. No tienes personalidad, sino perfil. No sigues a un Dios, sino a un influencer. Se crean enjambres digitales con sólo dos pilares: la creencia y la adhesión. No en valde, el propio conejo malo denomina a su movimiento como la “nueva religión”.

No se espanten, para el conejo malo, este joven bueno de los barrios pobres de Puerto Rico, lo mismo que para toda su generación de traperos, raperos y reguetonero, su único Dios es el dinero y para el mercado su utilidad es mantener a los adolescentes y jóvenes navegando en los enjambres digitales de la frivolidad.  

@onelortiz

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