La parte crítica y la luminosa de hacer política.

Cómo hacer política en la BUAP

El aparato burocrático empieza a crecer desmesuradamente, sin ninguna proporción respecto a las necesidades de estudiantes y docentes

Por Guadalupe Grajales

Hace poco vi una película que relata la forma en la que se llevó a cabo la campaña del NO (así se llama la película) con motivo del plebiscito que Augusto Pinochet se vio obligado a llevar a cabo debido a las presiones internacionales. Él había llegado al poder en Chile debido al golpe en contra del presidente Salvador Allende en 1973 y quince años después, en 1988, se organiza el plebiscito para que el pueblo chileno decida si Pinochet se queda o se va. Ganó el no a Pinochet.

¿Por qué les platico esto? Porque la película, además de describir todo el contexto de represión y de persecución en que se da esta consulta, enfatiza más bien cómo los opositores al dictador optan por una campaña clara y no oscura, una campaña alegre y no triste, una campaña de esperanza y no de rencor, en fin, una campaña que veía al futuro luminoso y no al pasado oscuro.

Ver esa película me recordó las formas de hacer política en la universidad. Cuando en 1970 el Partido Comunista en Puebla, liderado por el maestro Luis Rivera Terrazas, logra fundar la Preparatoria Popular “Emiliano Zapata” los que nos sumamos al proyecto lo hicimos con regocijo y alegría. No importaba si nuestros alumnos, rechazados en la Benito Juárez, eran uno o dos años más chicos que nosotros, o incluso mayores; nosotros tomamos con gran responsabilidad y convicción la tarea docente y la sentimos como una obligación moral. Con el paso de los años y de nuestra vida en la universidad, nos dimos cuenta de la trascendencia de nuestra decisión de participar y marcó para siempre como fructífera esa forma de hacer política. 

¿Qué fue lo que pasó? Pues el movimiento de la izquierda en las universidades iba en ascenso, se iniciaba la reforma universitaria y ésta se hizo una realidad en los setenta y los ochenta en la BUAP. Sin embargo, a finales de esta década se da una crisis que divide a la universidad en dos y la forma de hacer política empieza a cambiar. Se pasa de una forma democrática a una burocrática de conducir. Cada vez más se agiganta la figura del rector y se desvanecen los verdaderos actores protagónicos que son los estudiantes y los docentes.

El aparato burocrático empieza a crecer desmesuradamente, sin ninguna proporción respecto a las necesidades de estudiantes y docentes, y el ejercicio del poder por parte de la administración central se reduce a dos reglas: la primera, mantener bajo control todo proceso de elección, pues el constituyente había consagrado en buena parte las formas democráticas de hacer política y eso incluía la elección de las autoridades personales y colegiadas; y la segunda, alinearse con el poder externo vigente. La segunda regla implicó, por supuesto, la más completa sumisión a las políticas públicas en materia de educación.

Y eso no ha cambiado. Llevamos al menos 32 años en que el grupo en el poder dentro de la BUAP se recicla con los poderes externos que le han tocado. El objetivo es claro: mantenerse en el poder. ¿Qué administración central se atrevería a “arriesgar” su comodidad en aras de propiciar el ejercicio de una verdadera autonomía en la consecución de los fines genuinamente universitarios, como la fundamental formación crítica del estudiantado y de la ciudadanía?

Pero como les decía, hay formas y formas de hacer política, y la más atractiva, para mi gusto, es la luminosa y propositiva. No hay que ser ingenuos tampoco. Porque hacer política requiere que diagnostiquemos la situación en la que nos encontramos para proponer las soluciones a nuestros problemas: esa es la parte crítica de hacer política. La otra parte es la constructiva, yo diría la parte del enamoramiento, pues es la parte en la que logras persuadir a otros de las bondades de tu visión de universidad. Tengamos un ideal de universidad y enamorémonos de él para alcanzarlo.

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