Cuando la muerte no basta

En este caso tengo una sensación de frustración, porque esta persona murió sin ser castigada por su crimen o mejor dicho por sus crímenes
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Columnas / México / Puebla

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El 4 de octubre, Jesús Hernández, El Tirantes, el coyote de los juzgados, vendedor de favores y asesino de la joven cantante Yrma Lydya, murió en su celda del Reclusorio Norte de la CDMX a los 79 años de edad.

Las autoridades penitenciarias confirmaron que el asesino fue encontrado en su celda sin vida. De acuerdo con un reporte de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la CDMX (SSC), el 11 de septiembre, a las 11:19 p.m. El Tirantes fue trasladado del Reclusorio Norte al Hospital General de Ticomán debido a que presentaba mareo y confusión. El 12 de septiembre fue dado de alta y reingresado al penal. La mañana del martes 4 de octubre, su compañero de celda informó durante el pase de lista que Hernández Alcocer se sentía mal. A las 10:38 a.m. se le trasladó al servicio médico, al que arribó a las 10:40 a.m, en donde falleció.

Desde hace días, la muerte de El Tirantes da vueltas en mi cabeza como un rehilete.  No tengo ningún interés en el tema, más allá del seguimiento noticioso. Se confirmó que El Tirantes era una persona abusiva, violenta, acostumbrada a la impunidad y los privilegios. Dinero y relaciones que en esta ocasión no le funcionaron. Se valió de todo su poder y todo su dinero para evadir la acción de la justicia. No me sorprendió que los abogados de El Tirantes intentaron sembrar la hipótesis de que una persona había entrado al privado y asesinado a Yrma Lydya. El engaño no prosperó. Tampoco funcionó su petición para seguir su proceso en prisión domiciliaría, argumentando problemas de salud. 

La muerte de cualquier persona es un hecho lamentable. En este caso tengo una sensación de frustración, porque esta persona murió sin ser castigada por su crimen o mejor dicho por sus crímenes. Hay ocasiones en donde la muerte no basta. Esta es una de esas veces. Que conveniente para la Fiscalía de la CDMX. Que conveniente para los abogados de El Tirantes. Que oportuna llegó la muerte para este nefasto personaje. ¿Y los familiares de Yrma Lydya? ¿Y la justicia?

No soy de la idea que “muerto el perro se acabó la rabia”. ¿Aquí se acabó todo? ¿La víctima muerta, el asesino muerto, se cierra el expediente? ¿Se puede juzgar a un muerto? La muerte del imputado extingue la acción penal, así como las sanciones que se le hubieren impuesto, a excepción de la reparación del daño, providencias precautorias, aseguramiento y la de decomiso de los instrumentos, objetos o productos del delito. ¿Y la reparación del daño? Por supuesto que el dinero no basta. Lo menos que la autoridad podría hacer es que las propiedades de este oscuro personaje se repartan entre sus víctimas.

El asesinato de Yrma Lydya quedará como una anécdota más de esta gran ciudad de millones de almas. Como un reporte, como una nota roja rodeada de misterio, de una balacera en el Suntory de la Del Valle. Punto final.

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