Opinión

Educación laica y sexual en las escuelas

El conflicto con conservadores y católicos subió de tono cuando la SEP inició estudios para incorporar la educación sexual en los programas escolares

Por Enrique Condés Lara

Existe la creencia de que el debate por el contenido y orientación de la educación es reciente. No es así. El asunto, revivido con motivo de recientes cambios en los libros de texto gratuito, tiene un largo historial.

En octubre de 1931, a instancias de Plutarco Elías Calles, Narciso Bassols (1897- 1959), quien era un distinguido intelectual abiertamente marxista, fue designado secretario de Educación Pública por el presidente Pascual Ortiz Rubio. En los treinta meses que se mantuvo al frente de la SEP, Bassols impulsó la enseñanza rural y normal, fundó las Escuelas Regionales Campesinas que combinaban la preparación de maestros con la capacitación agrícola, hizo cambios en las misiones culturales y reformó los planes de estudio pero, antes que nada, afianzó el laicismo en la educación y combatió los colegios particulares confesionales que actuaban en flagrante violación de los ordenamientos constitucionales. En noviembre de 1931, explicó a la Cámara de Diputados: “La muerte del prejuicio religioso es, por fortuna, una consecuencia automática de la educación de las masas. Basta mostrarles con los rudimentos de la cultura, el absurdo del prejuicio religioso, para que vuelvan las espaldas a sus antiguos explotadores. Por ello la Secretaría de Educación Pública juzga que el mejor sendero para llegar a un resultado eficaz es el desarrollo intenso de la obra educativa. Convencida la Secretaría de que el opio religioso es un instrumento de sometimiento de las masas trabajadoras, cree también que la liberación económica de campesinos y trabajadores es otro factor decisivo para limpiar la conciencia de los hombres.”(Bassols: Reglamentación del Artículo Tercero. Obras, FCE, 1964)

Organizaciones religiosas, grupos y prensa conservadores reaccionaron de inmediato realizando demostraciones callejeras, publicando desplegados, propalando rumores, intentando huelgas y paros, etc. Era una afrenta que no podían permitir. Desde siempre, la iglesia católica se había reservado el derecho de educar espiritualmente a los niños, y las asociaciones de padres de familia, por ella influidas, reivindicaban el derecho de los padres a decidir la educación que sus hijos debían recibir conforme a sus creencias. Apenas dos años y meses antes, el Gobierno mexicano había logrado un informal entendimiento con el Vaticano que dio fin a la guerra cristera y estaba en curso una sorda e implacable cacería de antiguos jefes alzados, frente a los ojos ciegos y oídos sordos de la Iglesia. En ese tiempo, no podían ni los obispos ni los sacerdotes, ni ningún otro dignatario de la Iglesia, levantar abiertamente la voz contra la puntual aplicación del artículo tercero de la Constitución. Aún así, Pascual Díaz, arzobispo de México, expidió el 17 de enero de 1932 una Instrucción pastoral en la que ordenaba a los padres de familia: “I.…abstenerse de enviar a sus hijos a las escuelas laicas secundarias. II…preferir las escuelas católicas para lograr la educación cristiana de sus hijos. III. Si por circunstancias especiales alguno de los padres de familia tuviere dificultades insuperables para cumplir con esas prescripciones, deberá exponer esas circunstancias a su párroco o a algún sacerdote de su confianza, quienes estudiarán el caso…”

El conflicto con conservadores y católicos escaló un nuevo peldaño cuando la SEP inició estudios para incorporar la educación sexual en los programas escolares. Fue un nuevo bofetón para la Iglesia católica y las asociaciones de padres de familia para los cuales el tema era tabú. Soltaron rumores que algunos diarios dieron por ciertos y reprodujeron en sus páginas, y calificaron el proyecto de “complot comunista” para destruir la armonía social de México. El 30 mayo 1933, la primera plana del diario Excélsior destacaba que, según la Unión Nacional de Padres de Familia, “hay influencia del comunismo”; que “la educación sexual es extremadamente peligrosa”; que “no es un problema de urgente resolución” y que “no es necesario que la imparta la escuela”. La nota decía: “El actual movimiento en favor de la educación sexual en las escuelas está favorecido por el comunismo… para alcanzar sus fines principales consistentes en la corrupción de la niñez y la juventud, en el desprecio absoluto por el padre y por la madre, en la destrucción completa de la familia.” (Excélsior: Es Adversa la Opinión de los Padres a la Educación Sexual Impartida por los Profesores. México, 30 de mayo de 1933)

En las semanas siguientes, mantuvieron una escandalosa y desordenada controversia con la cual, más que debatir el asunto, pretendían desacreditarlo fomentando estados de ánimo adversos, temores derivados de distorsiones de la información, prejuicios, morbos. El secretario de Educación Pública explicó entonces: “La escuela primaria debe proporcionar al niño un concepto completo del mundo y de la vida. Está obligada, so pena de no cumplir su misión social, a satisfacer todas las inquietudes que el ansia de conocimientos del niño suscita en su espíritu. Debe dar respuesta a todas las preguntas que hace espontáneamente, conforme el ser humano va desenvolviéndose. Sin aceptar supercherías que quieren fincar la moral en la ignorancia, la escuela debe encauzar todos los instintos del niño apoyándose en el claro conocimiento de los fenómenos de la naturaleza, de los hechos, vistos de un modo limpio y sano, sin mistificaciones gazmoñas, ni anticipación morbosa. El tabú de la reproducción es un refugio de las supersticiones más primitivas, y mientras la escuela no llegue a vencerlos no habrá logrado eficazmente construir en la mente de las generaciones nuevas una noción racional, verdadera, y por lo tanto sana y moral de la vida.” (Bassols: Sobre la educación sexual. Obras. FCE, 1964)

En este punto, Bassols contó con el aval del presidente de la República, esta vez Abelardo Rodríguez, y con el de Calles, que era el hombre fuerte detrás. “Me ha llamado profundamente la atención –dijo abiertamente el presidente de la República, a comienzos de 1934– que prensa que se considera seria, dé acogida a versiones interesadas y publique dolosamente hechos o propósitos que pudieran dañar la reputación del Secretario de Educación Pública, con cuya labor se encuentra altamente satisfecho el Ejecutivo a mi cargo, y por tanto, lo respaldo en todos sentidos”. (Excélsior: Respalda a Bassols el Presidente. México, 10 de enero de 1934).

A pesar de ello, Bassols consideró conveniente renunciar al cargo. En el texto de su dimisión, le expresó al presidente Rodríguez la conveniencia de salir de la SEP ante las campañas que señalándolo a él como responsable y problema, en realidad estaban orientadas en contra del Gobierno y la Constitución. “…mi salida de la Secretaría de Educación no obedece a distanciamiento o discrepancia de pareceres con el Presidente de la República… agradezco la forma enérgica y rotunda en que me sostuvo usted”, escribió. Pero su salida de la SEP no representó el final de las políticas que impulsó. Eran parte de un proceso más general de reestructuración de proyectos y de recomposición de fuerzas que vivían los grupos en el poder y que desembocaría en el cardenismo y, en el terreno educativo, en la educación socialista.

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