Opinión

Elección de Rector en la BUAP 4. Lo que cambiaron en la universidad

El grupo de funcionarios que han dirigido la Benemérita Univerisad Autónoma de Puebla, reformularon contenidos, materias, duración de estudios y tipo de conocimientos, con la idea de hacerla "competitiva" y "articulada al mercado", en el marco de lo que se llama neoliberalismo

Por Enrique Condés Lara

Durante las tres últimas décadas, en la BUAP se impusieron reformas y modificaciones a la currícula de las diversas carreras y estudios que en ella se imparten, que cambiaron el tipo de formación que brinda y el perfil de sus profesionistas y egresados. A tono con la ideología, visión del mundo e intereses de los mandamases de la ANUIES, la SEP y el CONACYT; el  grupo de funcionarios que han dirigido la Universidad poblana, reformularon los contenidos, materias, duración de estudios y tipo de conocimientos, para hacerla (supuestamente) competitiva y (supuestamente, también) articulada al mercado, en el marco de lo que genéricamente se denomina neoliberalismo.

Pusieron el acento en la competencia y en la calidad, pasando por alto que, en este sistema, el mercado del trabajo selecciona a partir de otras bases.

En primer lugar, la pertenencia de clase: la selección es supra escolar: hijos de ricos que estudian en escuelas de ricos, tienen preferencia para los puestos directivos, los mejores salarios, las posiciones de mando.

En segundo lugar, la calidad está condicionada por factores económicos, sociales y culturales: ingresan al bachillerato y licenciaturas de la BUAP jóvenes con deficiente formación: con carencias de información general y pocas lecturas, con problemas de redacción y ortografía, con pobre manejo de matemáticas, monolingües, sin hábitos de estudio consolidados. Y por más esfuerzos que realice la Universidad para cubrir tales insuficiencias, la calidad final de sus egresados estará limitada por ellas.

Por si fuera poco, la calidad que han impulsado se basa en una especialización sinónimo de parcelación y fractura del conocimiento; es decir, no saber nada más allá del particular campo de actividad de cada quien, que reduce al profesionista al nivel de mero tornillo de la grande y compleja maquinaria productiva y social. En dirección absolutamente contraria a lo que postulaba el programa de Universidad Democrática Crítica y Popular. La educación, decía, debe ser “integral, es decir, globalizadora del conocimiento y de la verdad. La necesaria especialización –apuntaba— no debe convertirse en parcialización del conocimiento, en mutilación de la totalidad, propiciadora de tecnócratas.”  

Además, abandonaron los principios de solidaridad e inculcaron en los estudiantes un alto grado de individualismo, que los induce a enfrentarse uno al otro, a la indiferencia ante las problemáticas sociales y políticas del país y del mundo, y a estar desunidos ante los poderosos.

Paralelamente, en ese periodo modificaron las condiciones laborales y el perfil de profesores e investigadores, entonces un componente muy dinámico y crítico de la Universidad. Plegados a los lineamientos educativos gubernamentales, ampliaron las percepciones de los académicos por medio de distintos y nuevos conceptos que llamaron “estímulos”: por calidad en el desempeño académico, permanencia, dedicación a la docencia (programa de Estímulos al Desempeño del Personal Docente);  con el Programa para Desarrollo Profesional Docente, que es para Profesores/investigadores de Tiempo Completo, de la misma o de distintas instituciones, reunidos en Cuerpos Académicos para desarrollar docencia e investigación sostenida en temas afines o comunes; y además, para algunos, con el Sistema Nacional de Investigadores. Así, los deprimidos salarios de profesores e investigadores –que se mantuvieron tal cual—, dejaron de reflejar los ingresos reales recibidos, sin crear derechos como definitividad o por antigüedad, pero con obligaciones y compromisos que modificaron sus condiciones y cargas de trabajo.

En poco tiempo, a los académicos se les convirtió en una prioridad alcanzar los puntajes “pilones”, les llaman— por clases, tutorías, asesorías, publicaciones, traducciones, organización o asistencia a congresos, seminarios, diplomados, certificados, productividad, etc., etc., requeridos en inacabables formularios, indispensables para mantener sus “estímulos.” Más cargas de trabajo, más clases, más tutorías, más asesorías, más certificados, más seminarios y cursos de actualización con  “constancia con validez curricular”, publicaciones, etc., etc. (otra vez).

A su vez, los sistemas de evaluación empleados, del que los mentados formularios forman parte, también están basados en la competencia y en indicadores numéricos que homogenizan indebidamente las diversas áreas del conocimiento y quehaceres universitarios, como si fuera posible evaluar de la misma forma a una astrónoma que a una antropóloga. Los evaluadores no leen una línea del trabajo que evalúan, se limitan examinar indicadores “objetivos” que no son, ni pueden ser considerados más que pistas, indicios, señales; sería indispensable, para hacer las cosas bien, leer y juzgar los trabajos de investigación, justipreciar la actividad docente y sus resultados, la labor de asesorías, tutorías y  apoyos a los estudiantes, más que limitarse a su cuantificación.

Esa asfixiante estandarización en la que todo mundo tiene que hacer lo mismo, al mismo ritmo y en el mismo tiempo; ha hecho estragos, motivando una desesperada y angustiante carrera por alcanzar los puntajes y el surgimiento de aberraciones en el mundo de la academia.

Con la urgencia de pilones, apareció un grave problema: la simulación; es decir, la acreditación de eventos, actos, conocimientos y “logros” sin valor, o con escasa calidad. Congresos que no aportan nada nuevo, conferencias improvisadas, ponencias sin trascendencia, plagiadas o presentadas ya con anterioridad con algunos retoques, asistencia o impartición de cursos patito, publicaciones cuyos contenidos son de poco valor, superficiales, mal hechas que a nadie interesan, nadie lee y quedan finalmente embodegadas pero que, como todo lo anterior, aportan puntitos, tanto para el autor como para la institución que las edita y con las que puede documentar también avances y desarrollo. 

No obstante, la cúspide de la simulación son los doitores, que no doctores, ubicados en diversas áreas y en posiciones directivas. Se trata de personajes que cuentan con papeles –acreditaciones de universidades francamente patito o de instituciones privadas desconocidas—, aparentan saberes, cumplen las apariencias, pero carecen de la formación requerida. ¡Y cómo dan lata! Tratando de cubrir sus deficiencias, las exhiben más.

Es mucho lo que hay que corregir en la BUAP, pero su amañado sistema electoral y de gobierno está para impedirlo y garantizar la continuidad de los que la manejan. Es lo que en primer lugar habría que cambiar.


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