Poblanos haciendo cultura

Rocko Arroyo: clavado del audio, sazonador musical, añejador de líricas

Rocko es un músico de sesión y productor musical de origen poblano. Para él el contenido lírico y la madurez forjan la buena música.
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[Primera advertencia: esta es el resultado (guajiro) de una entrevista curiosa. Tomo prestadas las palabras del buen Rocko y las convierto en esto que verás a continuación.]

[Segunda advertencia: ten a la mano audífonos y abrid vuestro tercer oído musical.]

Rocko en palabras de Rocko

Desde que tengo uso de razón he sido Rocko, es hasta el pase de lista de la primaria que me voy enterando que mi identificador de nombre es otro. 

Mi nombre es Rocko. Mi acta dice Jaime, pero ese nombre no me pertenece, es una herencia de mi abuelo paterno, una herencia que sirve para llenar papeles oficiales pero no llena el yo que soy. 

Curioso porque Rocko surge como un apodo familiar, surge de los achaques de niño berrinchudo que sólo puede ser calmado con rock. El rockero de la familia. 

A pesar de ese temprano interés en la música, sí la ha renegado en el pasado, pero ella a mí nunca me ha abandonado. Tomó tiempo descubrirlo, pero sé que es mi vocación. 

Nací en la ciudad de Puebla, aquí me desarrollé hasta la prepa. Entré a estudiar una licenciatura en Matemáticas, como parte de esta renegación musical, con una idea sesgada de que primero era necesario desarrollar una profesión “real” (con énfasis en las comillas), con los estigmas inculcados de la familia de que no se puede vivir de la música. 

Fue hasta un 80 por ciento avanzada la carrera en Mates que me di cuenta de que de plano no era lo mío: lo mío era ser músico de sesión, ser arreglista, aprender a tirar líneas para los micrófonos, estar cerca del escenario, ya sea ayudando a otros o siendo parte del show. 

El interés por la música se forja desde una necesidad artística. Tuve la suerte de conocer a otros músicos más experimentados, con una escuela reflexiva, comprometida en verdad con el contenido lírico, con los arreglos musicales, todo eso que yo quería absorber. 

No me interesaba esa vida de rockero poser, de rockstar glam. Me interesaba más encontrar letras que generaran conexiones, crear un estilo propio, desarrollar historias honestas.

Añejando líricas

Ese sentido poético tuve que aprenderlo y madurarlo, en realidad lo sigo aprendiendo, lo sigo madurando (o intentándolo). Quizás ahora resulta un poco más fácil ver que eso es lo que me conecta con la música; alejado de los contrastes familiares que por un lado alientan, desde su sensibilidad, y por otro te atan a las múltiples posibilidades de fracaso, desde su racionalidad. 

Hay esta idea de que el músico surge de una casualidad y no de una causalidad, de que la música misma debe ser un eje secundario en la vida y no la vida misma. 

Ahora me doy cuenta, con una claridad más madura, de que la música no es ese estilo de vida estigmatizado; hay muchos ratos en que soy como un godín cualquiera: llenando formularios, mandando mails, haciendo llamadas empresariales. 

El camino a la buena música es serio, es maduro, es consciente. Una vez que llega esa madurez, esa depuración del entorno, llega la profesionalidad, la claridad. Esta música que antes surgía de lo visceral, lo radical, del momento, ahora se deja añejar, se deja crecer borrador tras borrador, se filtra y se traduce a perspectivas más pensadas. 

El músico de sesión experimentado se encuentra con otros músicos y surge una sinergia de estéticas, armonías, ritmos y necesidades artísticas. En este torbellino musical uno funge como un escultor que embellece, como un chef que sazona. 

He madurado mi proceso creativo, en el sentido en que ya dejo un camino abierto para que mi yo del presente revise a mi yo del pasado; pongo un freno para que crezca y se traduzca con calma.

Vivir, salir – el álbum

Vivir, salir surge de unas maquetas acústicas que realicé en 2018. Entre 2018 y 2019 entran al estudio y ya para el 2020 salen cocinados como un álbum. 

Siempre agradecido con la gente que me ayudó con ese disco. Tuve la suerte y la fortuna de que buenos amigos confiaran en mi locura y juntos creáramos este disco. Mi lado melómano está contento con este disco. 

Mi lado poético igual está contento: Vivir, salir es un aterrizaje de mi vida en proceso de depuración, de la distancia entre la toxicidad que rodeaba al yo, al otro, al nosotros, al ellos. La lírica principal reconoce que es necesario viajar ligero y reconocer el dolor que puede producir buscar ser feliz en un espacio incorrecto. 

Como tal Rocko y los más buscados es un proyecto que nace de la realización de un videoclip, nace de la suma de energías de amigos del medio, de conjugar sinergias. 

El álbum sale en vísperas de la cuarentena y claro que yo no contaba con que el mundo se fuera a parar de esta manera. Sin embargo, ha sido un buen proceso, diferente a como venía trabajando, con mucha reinvención y adaptación por supuesto. 

Igual me parece sugerente el título, porque la pandemia nos dice “para vivir no salgas” y el título del álbum declara lo contrario, “para vivir hay que salir”. Siento que era su momento, a pesar del contexto en el que está, siento que el mensaje ha llegado a la gente adecuada. 

Portada del álbum. Arte de Conejo Muerto.

[“Vivir, salir” es un álbum neo folk. Su mensaje invita a una sanación de fuego, a un renacer al más puro estilo del fénix. Sus canciones, además de tener una estética auditiva suprema, sugieren esta lírica honesta clásica del folk y el country. (Además tienen una portada increíble con arte del Conejo Muerto, joyaza). Bravo. 

Estén a la espera de un segundo videoclip y muchas buenas vibras para Rocko y los más buscados.]

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