Fatídica extinción de la política poética

La responsabilidad de ser escuchado es de quien hace uso de la voz, debe de contagiar a tal grado de ser meritorio a la escucha

Por Jorge Hernández Aguilera

«La poesía es un gesto de adolescente frágil, inerme, que apuesta lo poco que tiene por algo que no se sabe muy bien qué es y que generalmente pierde».

– Roberto Bolaño.

Desafortunadamente, la política se ha resumido históricamente a una transacción electoral. Las audiencias creadas en los mítines políticos suelen encaminarse a tener una participación simulada, en reciprocidad al maltrato recibido por el interlocutor; el candidato. Un interlocutor que no cumple su función, pues generalmente no dialoga, no escucha, solamente habla. Se expresa con la única aspiración que la palabrería vacía sea llenada por asincrónicos aplausos, de igual forma involuntarios.

Es entonces cada mitin una escena teatral, con un guion aprendido y trascendido de memoria en memoria; en la memoria colectiva.  Donde el candidato finge que le interesa el bienestar social y que su proyecto se encamina a resolver las problemáticas ciudadanas; a su vez, la gente finge escucharlo y motivarse por lo que promete. ¿Cómo se puede entender entonces que alguien asista un domingo en la mañana a un evento que le es francamente irrelevante?

El sarcasmo democrático avanzó a tal grado que quienes acceden grupalmente a ser objeto de lo aforísticamente llamado como “movilización”, lo hacen prestando su cuerpo para llenar los huecos que impiden tener una buena fotografía del acto político, pero no prestan su conciencia, no prestan su atención. Pareciera que el ente colectivo que está sentado con la finalidad de escuchar y aplaudir se desprende de sí mismo. Se encuentran sentados, pero ausentes, no ponen atención al orador que no transmite nada, que sus palabras sudan toxinas sin sal. La retórica artificial no es agria ni dulce; es discurso inoloro e incoloro.

Al final, la gente cede su tiempo, pero no su convicción. La transacción se consume con el hastío que provoca la monotonía. El acarreo debe recompensarse con algunos utilitarios; playeras de mala calidad con distorsionadas imprentas de logos partidistas, gorras, o en el mejor de los casos un apoyo económico.

De igual forma los tradicionales “líderes” de colonias amagan con que no llegarán los raquíticos apoyos para quienes no se presenten al abultamiento, o en sentido positivo, que llegarán unos gramos más de frijol agorgojado si aceptan sumarse a la movilización.

Indudablemente, la responsabilidad de ser escuchado es de quien hace uso de la voz, debe de contagiar a tal grado de ser meritorio a la escucha. No solamente tener una retórica atinada, sino, una congruencia entre lo que expone y su permanente actuar. El mayor afrodisiaco hacia las multitudes es la consecuencia.

La película “Neruda”, dirigida por Pablo Larraín y protagonizada por Luis Gnecco y Gael García da muestra gráfica inmejorable de lo anterior.

En la escena una mujer proletaria y militante comunista dialoga con Pablo Neruda. La conversación se intensifica, rozando el reclamo. La mujer interroga a Neruda, -yo lo que quiero saber si es que cuando llegue el comunismo, ¿Todos vamos a ser iguales a Neruda o iguales a mí? Que he limpiado letrinas de los burgueses, desde que tengo once años. El personaje de Neruda responde fulminantemente: Van a ser todos iguales a mí. Van a comer en la cama y fornicar en la cocina.

La vida política debe – impostergablemente – acercarse a la poesía y alejarse de la frivolidad. De la contaminación producida por subordinarse al poder económico.

No podría entenderse la inmensidad de espíritu, de voluntad y resiliencia del presidente López Obrador; sin enlazarla con su mentor político. Un político poético. Un poeta que hacía política: Carlos Pellicer Cámara.

“El poema es la declaración pasional más grande que un hombre puede hacer a un héroe: la admiración más rendida en medio de una tristeza que hubiera querido ser grandiosa.” CARLOS PELLICER CÁMARA

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